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EL INGRATO ENCIERRO DE XAJAY ANESTESIO LA SEGUNDA TARDE
Por: Sergio Martín del Campo. R. 
Fecha: 2018-04-21 03:11:44

La “Gigante de Expo-Plaza” se anotó en sus albos escaños apenas un punto arriba del cuarto de entrada. Esto para dar curso a la segunda función del serial San Marcos 2018.

la empresa, en diligencia comercial, adquirió un encierro quemado con la efigie ganadera de Xajay, cuya presencia reveló la doble moral del criador Javier Sordo Bringas. Esta partida de hasta siete ungulados aparecida en el circular escenario, se evaluó de cabalmente terciada. Hubo verde, amarillo, naranja y hasta entre azul y buenas noches. Incluso al salir al redondel el segundo y el quinto, se escucharon protestas en altos decibeles emitidas de la garganta del inconforme cotarro, que en justicia repelía la falta de seriedad y categoría del patrón del criadero queretano.

En lo que no hubo ni altas ni bajas, más bien compacta y pareja tesitura, fue en su juego. Las siete reses lidiadas fueron mansas, sosas y desrazadas. Cumplieron la mayoría en lo que fue un remedo de la suerte de varas, y al ser llevados los siete despojos al patio de carniceros, buena parte del cónclave hizo escapar sobre el viento pitos y voces de inconformidad.

El primer toro, durante el tercio inicial, se lesionó los cuartos traseros, condición que le hizo arribar al bloque muletero con el físico evidentemente mermado. Sin embargo, conservó nobleza, y ésta fue acogida por el peninsular Paco Ureña (palmas y al tercio), para con cariño, pericia, paciencia y calibrado procedimiento, mantenerlo en pie y entregar una labor meritoria, empero mal rematada con el estoque.

Un veleto cuajado, soltaron en cuarto turno; el mismo que dio continuidad al océano de mansedumbre. Pero el sólido oficio y la torería del murciano provocaron que su actuación no pasara desapercibida. Bien colocado, entibando las zapatillas y manejando la sarga con mando, fue acomodando una faena derechista durante la cual hurtó al antagonista pases formidables, burlando con talento las amenazantes facas, aquellas que siempre apuntaron a los faroles. Lamentablemente la posibilidad de una oreja se esfumó, pues el buen quehacer con las telas lo mancilló pinchando primero y matando de estocada baja después.

Con estética y buen tipo, Arturo Saldívar (palmas tras absurda petición de oreja, silencio y palmas en el de obsequio) veroniqueó al primero de su lote, y antes de dar su capa a la espuerta dejó en el centro del anillo un ramo de gaoneras. Tal amago de encanto se derritió durante el último tercio; ese descastado bovino pudo más que el empeño del coletudo, y el cuadro se fue cubriendo de tenue color y se inoculó de imperceptible aroma, terminado con una estocada pasada y tendida.

Novillón venido a más fue el quinto, y mientras estuvo presente sobre la arena, la frustración e incomodidad de la clientela se proyectó a través de gritos y silbidos. El diestro, consciente de ello, abrevió el bochornoso asunto sin cuidado de la ortodoxia al empuñar el arma.

Huecas sus aspiraciones, se atrevió imprudentemente a obsequiar un séptimo, proveniente de la dehesa titular. Aquel fue otro anovillado animal, aunque en descargo de la conciencia de su dueño, fue tardo, pero cuando iba tras las telas se tragaba nítidamente la sarga. Por su parte el espada se observó hacendoso y variado, construyendo una labor con momentos toreros que agradaron a la mayoría. A media faena, al de Xajay le salió lo manso, pero con talento el espigado diestro le ganó un paso adelante, le dejó el engaño en la mera testa y le desgajó buenos muletazos. Otro posible apéndice quedó en deseo cuando atizó un par de pinchazos insuficientes, viéndose luego certero al usar la de cruceta.

Al tercero de la función lo salvó de la hoguera lo bien armado que estaba; pero su aspecto fue de jovenzuelo. Al ser demandado en las partes de la lidia, manifestó falta de raza, y constantemente se rajó. Mientras tanto, la labor del aguascalentense Leo Valadez (silencio y palmas) se evaluó de obstinada, lo mismo que desabrida, sin consecución y, en lógico resultado, de modesto calado entre el escaso público. Con media espada tendida firmó esa su primera intervención.

Cerró la lidia ordinaria otro bóvido de anovillado perfil físico, para no variar. Un pinturero quite al modo de Miguel Ángel Martínez “El Zapopan”, delante de él, fue lo único digno de mención. En el último tercio el cornúpeta se dio a mansear y por ello el empeño y disposición del diestro casi se fragmentaron y se extraviaron en el obscuro abismo del olvido. Para mal terminar, dejó una estocada atravesada y delantera, desenvolviéndose luego de manera eficaz cuando sacó del fundón el descabello.