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EXITOSA FUNCIÓN PARA LA TERCIA DE ACTORES
Por: Sergio Martín del Campo. R. 
Fecha: 2018-04-22 03:51:49

Hay ocasiones que a los que figuran les da por salir de su zona cómoda y condescienden a lidiar astados de ganaderías que crían reses con casta.

El cartel propuesto por la empresa dejó los talonarios del boletaje agotados; como feliz consecuencia, la Plaza Monumental de Bailleres se anotó una entrada de lleno hasta los fortines. Esto durante la tercera corrida del Serial Taurino San Marcos 2018.

Para la lidia a caballo se corrieron dos toros de La Estancia, nobles y de buen juego, ganándose el arrastre lento el segundo, honor que mejor merecía el primero.

Para la lidia a pie se soltaron de toriles reses de Jaral de Peñas, de engañosa presencia, faltas de remate y con poca musculatura, aunque de buen tipo. Su desempeño resultó más bien en el círculo de lo descastado, salvando los colores de la divisa el segundo de Joselito Adame, aparecido en cuarto turno general. Un toro bravo, de esos que generan emoción y dan mérito a lo que se les haga. Como pleitesía a su casta y buena sangre, se ordenó el arrastre lento, cuando en realidad fue de vuelta al ruedo.

La extraña señora fortuna favoreció a Pablo Hermoso de Mendoza (pitos y dos orejas) con un toro de alta evaluación. Noble y con bravura, soportó en excelente estado físico la clásica labor del équite navarro, quien se acentuó variadamente, ya toreando a la grupa, ya al estribo, y siempre procurando armonía y templanza en relación con la clara embestida del adversario, al que en un tramo desgraciado despachó no sin verse a la mar de mal con la “Hoja de Peral”.

Su segundo fue un toro de excesivo pienso; y pese a que le agobió la gordura, su nobleza de sangre permitió que se realizara el toreo a la gineta. Y lo forjó el peninsular en nueva edición, poniendo en el redondo escenario entusiasmo, oficio y variedad, acertando, además, con los trebejos propios del rejoneo. Ya hecha la faena ecuestre, mató dejando el arma en sitio pasado y caído.

El galo Sebastián Castella (palmas, silencio y oreja en el de obsequio). Primero bregó haciéndose de las embestidas de su primero, y posteriormente le centró en su engaño para plasmar suntuosos lances, no entregando la capa a su mozo sino hasta cincelar nítidas chicuelinas. Vino luego un bloque muletero de interés, de correcta táctica y talentoso. El astado, con permanente intención de buscar el patrocinio de las maderas, al ir buscando la tela lo hacía con potencia, y entonces el extranjero le dejó inteligentemente el avío en la testa y así logró desgajarle muletazos estupendos, intensos y amplios, colocándose por encima del adversario al que despachó desempeñándose realmente mal con el estoque.

Frustrado por el mal juego de su segundo, quemado con la marca de Villa Carmela y que sustituyó al toro titular al haberse fracturado el cuerno siniestro cuando remató brutalmente en un burladero, regaló un séptimo, éste de Santa Fe del Campo, que, aunque noble le ahogaron los kilos. No obstante, el espigado coletudo le sacó el mayor provecho y le hurtó pases de uno en uno, granjeándose la aprobación de la mayoría. Puso punto final a la función con media estocada caída.

El tercer ejemplar se rajó al ser requerido con la muleta, pero dio un juego que, si bien, complejo para el diestro, de gran interés para el aficionado, pues al ir tras la tela lo hacía con fuerza respetable, remitiendo hacia las alturas salvajes cuchilladas. Ahí fue en donde apareció una torerísima actuación del aguascalentense Joselito Adame (silencio y dos orejas), quien con enjundia acerada y nítido oficio le extrajo sendas tandas derechistas que percutieron en los escaños. Un apéndice lo tenía prácticamente en su cuenta, sin embargo aquel pinchazo antecedió a la estocada y al descabello definitivo.

Con verónicas de manos caídas y usando muy bien las articulaciones de sus brazos, fueron las de recibo a su segundo, un toro enrazado, exigente, que embistió con recorrido extenso, llevando la cornamenta muy abajo y retornando siempre a la muleta en busca de pela. Por su parte, el coletudo buriló una faena maciza, recia, respaldada en el toreo clásico, de pocos adornos y corriendo la mano por ambos flancos. La emoción cundió en los tendidos, y ya exprimido el ímpetu del burel, se echó el alfanje al pecho, endureció el brazo y cobró una estocada de buena ejecución, aunque demasiado tendida en colocación. El toro realmente bravo no dispensa errores, chapuzas ni juegos, y el puntillero, al enviar el cachetazo final, fue elevado a las alturas, pues el bóvido, al sentirlo, mantuvo su casta hasta el último instante de su brava vida, y se levantó, dándole un susto tremendo que por nada llega a ser cornada seria.