Por razones médicas Roca Rey fue sustituído por Fabián Barba.


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FERRERA, TORERO DE OTRO COSMOS
Por: Sergio Martín del Campo. R. 
Fecha: 2018-04-23 03:26:47

Más de la mitad del graderío se cubrió por un público que salió impactado de la cuarta corrida de la Feria de San marcos. El motivo, un Ferrera impresionante, distinto, espiritual y de dimensiones desconocidas. La faena a su segundo, sin duda, ha sido una de las más estrujantes de cuantas se hayan realizado en la historia del edificio taurómaco de la “Expo-Plaza”.

Para esta función de toros, se anunciaron bureles de Begoña, aunque en el ruedo aparecieron cuatro quemados con la marca de la casa hermana, Santa Teresa (primero, segundo, quinto y sexto) y solo dos de los programados (tercero y cuarto).

En juicio global, formaron una partida de aceptable presencia, pero más bien descastada, con solo dos que dieron vértice al éxito. En una destanteada intervención, el juez mandó que se honrara con el arrastre lento al cuarto, un bueyón de carreta al que el diestro peninsular enseñó a embestir.

Con maravillosas verónicas e inclasificable remate enseñó Antonio Ferrera (palmas y vuelta) ante los aguascalentenses su media filial. No satisfecho, sacó al antagonista del caballo lidiando y toreando a la vez. Aquel llegó soseando a la muleta, sin embargo el peninsular demostró que es un diestro con altísima capacidad y oficio, y le extrajo pases que parecían imposibles, así por el cuerno derecho como por el siniestro, pese a que por tal flanco era aún más corto. Como quien saca agua de una peña. Lamentablemente no terminó bien con la espada lo que bien hizo con los avíos.

Con su segundo vino la locura. Lo inaudito. Aquel bovino se comportó como un buey propio para unirlo en el arado. En manos de cualquier otro torero había sido punto más que imposible ver una faena, pero el extremeño es de otra galaxia. Primero inició un diálogo con el adversario, mandó callar la música y luego hizo suyo al antagonista. Tal pareció que le hechizó y le enseñó a embestir. Dictó una conferencia entonces en la que declaró que el toreo es un milagro, un ejercicio científico y espiritual en el que juegan a partes iguales el espacio y el tiempo. El bicorne aquel iba tras la pañosa como hipnotizado, mientras el espada la movía rítmicamente, sin buscar las posturas ni las ventajas, y sí, por el contrario, el alma misma de la tauromaquia práctica. En un momento clavó el ayudado en la arena y se entregó abandonado a cuajar pases de milagrería, sin trampas y sin patrones, hasta formar esculturas vivientes, con movimiento y dinámica. A estas alturas el cotarro se encontraba de pie y gritando el consagratorio coro de ¡torero, torero! El rabo lo tenía en sus manos, empero vinieron dos pinchazos antes de un bajonazo.

Lo valedero de Fabián Barba (oreja y al tercio tras fuerte petición de oreja) ante su primero, fue un denodado quite al modo del “Indio Grande del Toreo”. Posteriormente el astado arribó al tercio final con cierta nobleza y recorrido, y el diestro le indagó muy bien el son y la distancia, y basado en eso le ruecó una faena decorosa y variada en la que resaltaron algunas tandas derechistas, bajando el telón de una estocada delantera y caída, aunque de efectos mortales casi inmediatos.

Espoleado por la muestra del coletudo extranjero, se fue a encajar las rodillas al centro del anillo recibiendo a su segundo con tres largas cambiadas buriladas que fueron en recio metal. Recuperado el aplomo, fue cogido espectacularmente, pero se rehízo y forjó lances muy profundos, terminando su muestra capotera con aseadas y ceñidas chicuelinas. Ya en el tercio de muerte el toro se vino a menos, quedándose corto y retornándose en los remos delanteros, pero el diestro se vino a más y con un gran anhelo, pese a los dolores por el golpe sufrido, robó una faena decorosa y cumplidora en la que no faltaron los muletazos de aliño, coronándola de una estocada caída pero hecha de manera enjundiosa.

Los lances iniciales de Sergio Flores (oreja y palmas) estuvieron cargados de torería, son y temple, virtudes mismas que aplicó en la faena muleteril durante la que grabó bloques de pases rítmicos, desdoblando el brazo y profundizándolo largamente, cuál era la embestida del noble cornúpeta, el cual obedecía el trazo de la sarga. Para hacer el honor a su relevante faena, ejecutó la suerte suprema dejando el estoque ligeramente contrario y por ello resultando de consecuencias mortales tardías.

Con frescura toreó nuevamente a la verónica al que cerró plaza. Al armar la tela escarlata reeditó su sólido sitio y el excelente momento profesional que vive. El toro en dos series embistió con nobleza y calidad, no obstante, cambió de lidia yéndose a menos en el ecuador de la ejecutoria del tlaxcalteca. Pero quedó de manifiesto su torería cuando marcó muy bien los tres tiempos de los pases muleteros. Se entregó a la hora buena de realizar la suerte de matar, pero la mancha fue que el alfanje quedó atravesado, saliendo la punta de éste por un costado del bicorne, siendo insuficiente la acción, lo que le obligó a lanzar un par de descabellos.