Atras


LOS PUYAZOS DE SERGIO.
Por: Sergio Martín del Campo. R.
Fotografía del Autor
Fecha:
2017-12-19 00:28:51

El rey de los astros iniciaba a esconderse atrás de los recortes de las montañas; aquellas duras, agrestes, hermosas, pendencieras y retadoras de la faja zacatecana. El tentadero de piedra, su atmósfera y su polvoso suelo habían quedado dorados por los mensajes de lumbre y luz que había remitido, y la última becerra de una extenso versículo aún tenía fuerzas y casta para seguir embistiendo. Fue entonces que el más viejo de los toreros que ahí estaba y que había permanecido durante horas con sus pupilas encajadas y absortas en las diligencias de los chavales, se desprendió del burladero; con paso muy lento y con la cabeza inclinada se fue hasta donde se encontraba el ganadero. Se paró.

Justo abajo del palco del criador como un sacerdote que fuera a oficiar algún rito religioso y le hizo un brindis conmovedor; salido del alma de veras, terminado con un “Solo soy un romántico empedernido”.

Luego armó la sarga y se puso a practicar una tauromaquia añosa, honda, de las que ya no se ven. Era un concepto de toreo ido, del que ya casi todos se han olvidado.

Si, era Fabián Ruiz, el matador de toros aguascalentense al que no le bastó la vida solo para expresar su arte con los legendarios avíos de lidiar reses, por lo que echó mano de la música para componer piezas de claros destellos sentimentales, entre ellas bellos pasodobles.

Y ante una desoladora entrada en la vieja plaza de la “Ciudad de los Deportes” del DF se llevó a entidad otra corrida de la campaña 2017-2018.

La oferta ofrecida por la poderosa empresa de Alberto Bailleres fue de un rejoneador ibérico, Andy Cartagena, y dos nacionales de a pie: Fermín Rivera y Juan Pablo Sánchez. Dos de J. M. Arturo Huerta y cuatro de Torreón de Cañas, muy bien presentados éstos.

Entré al gigantesco y semivacío embudo y realizados los protocolos, el de a caballo enfrentó dos reses aptas para la lidia a caballo, ante los cuales el équite extranjero desenvolvió una tauromaquia fresca, novedosa, por momentos clásica y apegada a los códigos, y por otros instantes y pasajes espectacular, dedicada quizás a las galeras pero con mérito, sin duda.

Cerró su presentación el jinete cortando una oreja a su segundo, cuando antes, viéndoselas con su primero, perdió un auricular por los errores al empuñar el rejón de muerte.

Menos enviciado que el trillado Hermoso de Mendoza, dejó buena impresión ante la afición capitalina.

El potosino Fermín Rivera vivió una tarde destanteada. A su primero, falto de poder pero con mucha calidad en la embestida, le buriló suertes académicas, así con la capa como con la muleta; bien pudo haber cortado una oreja, sin embargo le abrió la puerta a un barranco al insistir en tres tandas claramente de sobra, pues ya tenía todo lo bien hecho; de ahí engarzó un pasaje pésimo con el acero bien fraguado con la ya casi nula fuerza del adversario, y su desatino general al plantear la suerte.

Su segundo, un toro fuerte, largo y cornialto, duró lo que fueron dos tandas breves con la muleta; después se dio a sosear y Fermín a pincharlo hasta escuchar los tres recados del juez.

Juan Pablo Sánchez le bien cortó un apéndice a su primero, un torazo al que le arriesgó como los hombres. Con firmeza notada le templó cuando aquel iba y le soportó impávido varios parones angustiosos. Faena de entrega y mérito que culminó con una estocada en la que empeñó su humanidad.

El sexto, de menor presencia que el resto de sus hermanos, fue una serpiente, pero el joven resolvió con algo más que decoro.

 
   

Noticiero Taurino

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