Atras


LOS PUYAZOS DE SERGIO.
Por: Sergio Martín del Campo. R.
Fotografía del Autor
Fecha:
2017-12-26 04:28:34

Con una tercia de espadas marginados, que imposible se ve puedan alternar con los que figuran y en combinaciones que generen competencia y emoción en los escaños, se dio la séptima corrida de la campaña 2017-2018 en la vieja y cada vez más sola plaza de la “Ciudad de los Deportes”. Únicamente falta el cartel absurdo y ocioso con tres jinetes que, lamentablemente, provocarán una entrada como para sentarse a llorar.

El asunto tauromáquico mexicano parece no tener remedio pues casi todo lo relacionado con esta expresión tiene dueño; se trata de un monopolio pedante, insensible, indolente, ciego y soberbio. Los enconados enemigos de la otrora fiesta brava, pese a películas que son el vivo proyecto de gringos pensamientos, a grupos hipócritas disfrazados de ecologistas y a pseudopolíticos convenencieros, corruptos y vulgares, entre otras tóxicas y muy venenosas hierbas, están dentro mismo de lo que nos va quedando de una tradición identitaria que cerca está de cumplir, en nuestro país, el medio milenio y que están disfrazados de “taurinos”.

A los que aún no se les ha extraviado la sensibilidad para justipreciar la tauromaquia genuina, legítima y grandiosa siguen hablando y emocionándose con lo que troqueló Juan Pablo Sánchez el domingo 17 en el anillo de la Plaza México. Su corta pero valiosa tauromaquia, basada en el temple, quedó de manifiesto ante un toro con edad y trapío quemado con la figura ganadera de Torreón de Cañas. Con un valor sereno, bien plantado y seguro, sobre el albero soportó la amenaza de un par de pitones que blandía el burel, empollando un acto que cimbró hasta la última de las células de los pocos asistentes a dicha función. El joven aguascalentense le apostó sin medida al adversario modelando un trasteo que tuvo más torería y esencia que lo que hizo el divo de Chiva y que enloqueció a los “cazacarteles”, toda engañosa suerte que lo realizado por éste fue a un bobalicón y soso cuadrúpedo de Teófilo Gómez. Amaneramientos, fingimientos estéticos y chapuzas maquilladas destilaron en el hacer del abusivo extranjero entre que, desorientados y confundidos, los chilangos le aplaudieron todo cuanto hizo a este ser que se ha cansado de “torear” lo manso que hay en los despojos de lo que llamamos, optimistas, patria.

Con lo de Juan Pablo hubiera querido ver la plaza con más público, pero éste se aleja más y más de la tauromaquia y paulatinamente va perdiendo o cambiando la conceptualización de lo que es la verdadera fiesta de toros. El remedio y el trapito lo pusieron Bailleres y sus incondicionales, la prensa palera y comprada incluida.

Cuando llegó el momento clave de la suerte suprema, Juan Pablo cuadró al toro, se cuadró él, hizo la cruz y se arrojó tras el arma para dejar la estocada cabal, sincera, limpia de falsos alardes y eficaz que resultó ser la mejor y honrada firma para lo había dado con el avío legendario de púrpura color.

 
   

Noticiero Taurino

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