Atras


LOS PUYAZOS DE SERGIO.
Por: Sergio Martín del Campo. R.
Fotografía del Autor
Fecha:
2018-02-04 17:01:03

Con tanto hombre (animal macho con órganos sexuales internos y externos normales) que pretende hacer funciones de mujer, y tanta mujer (animal hembra con órganos sexuales internos y externos normales) que pretenden realizar funciones de hombre, con un sistema taurino irreflexivo, soberbio y egoísta y un entramado político hipócrita, siniestro e involutivo, ya no se sabe si reír o llorar. De tal mala suerte, la especie humana no tiene garantía de preservarse sobre la faz de este planeta con el que nos hemos ensañado, como tampoco la fiesta brava, hoy mejor definida como fiesta mansa, tiene un horizonte halagador, como lo que aún llamamos país no tiene posibilidades de asenso económico y social y mucho menos político.

Las entradas cada vez más modestas a las plazas, consecuencia lógica de una oferta tediosa, reiterativa y, por supuesto, sin variedad, y empeñados como están “sus dueños” en jugar siempre con “el mismo equipo”, son la prueba de que la tradición taurina mexicana está en el punto exacto del borde de un abismo obscuro y profundo del que será punto menos que imposible sacarla.

El cartel ofrecido en la aún plaza de toros más grande del mundo, arquitectónicamente hablando, claro está, el domingo recién pasado, dejó los estanquillos de boletos con los talones muy poco gastados. Los escaños del imponente circo taurómaco se vieron casi vacíos dando un paisaje tan elocuente como trágico.

Para el efecto de la función la empresa negoció un encierro quemado con la trillada marca de Fernando de la Mora quien desembarcó seis reses desniveladas en juego y hechuras; descastados, de borreguna docilidad los más y de muy modesto atractivo físico otros, y uno de horrenda y lamentable lámina. Algunos sospechosos de pitones, para mayores y más señas identificativas. No es extraño en esta explotación el tipo de ganado propuesto; su patrón de hace muchos años al momento de hoy se ha consolidado como uno de los más enconados enemigos del toro de lidia genuino. El petardo ganadero es frecuente en sus partidas de bóvidos, tan socorridas por la preferencia de los espadas que figuran, mandan y, lo peor, imponen condiciones contrarias a los intereses de la clientela.

Si algo marcadamente extraño sucedió durante la corrida, que acabó con lluvia y con un toro vivo a la cuenta del mediocre ibérico Ginés Marín, fue que salió un astado bravo, con casta y codicia; a este se le abrieron los portones de toriles en quinto sitio y fue lacerado con un buen puyazo en el cual recargó poderosa y bravamente en el peto.

Fue un examen que evidenció que nuestros coletudos no saben lidiar y mucho menos torear ganado encastado. Dados a pegar pases muy chulos, para lo cual requieren de bicornes maleables y casi nada bravos, claro, cuando en su espacio y su tiempo se entroncan con un burel enrazado, sencillamente no saben que hacer.

Arturo Saldívar, el de sangre teocaltichense nacido en la capital aguascalentense, con una desgraciada intervención capoteril abrió su primera intervención, la cual fue correcta, pero sofocada por lo convencional y lo insípida. Le dio por ponerse obstinado al final del trasteo pero a estas alturas el feísimo rumiante era ya un bulto. Luego, ante el mencionado bravo animal, anduvo como el ciego en un desierto. Cuando acabó el acto y se retiraba a las maderas en busca del refugio del callejón, su desencajado rostro fue más que elocuente. Como en su mente palpita el “toreo bonito”, tal concepto no deja espacio para pensar en los doblones, la distancia, el tiempo y los muletazos mandones, enérgicos.

El que mejor se marcó en la tarde fue Juan Pablo Sánchez. Con mucho tiento, son y temple manejó el engaño rojo y dio vida a dos faenas sabrosas y de excelente trazo, eso sí, a dos adversarios más dúctiles que bravos y a los que en muy mala hora pinchó despojándose de quizás tres auriculares, mismos que le habrían puesto entre los máximos triunfadores en lo que va de la fallida campaña.

El último cuadro de la función resultó más que doliente. El peninsular Ginés, como premio a su desalmada pasada actuación en la temporada, se le premió con esta otra incursión solo para que ratificara otra insulsa acción. Sin cabeza, sin oficio y mucho menos con ardiente alma, navegó sin ruta… pero no se dude que le vuelvan a acartelar en vez de ofrecer sitios a varios toreros nacionales que siguen sufriendo de la marginación.

 
   

Noticiero Taurino

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