Atras


LOS PUYAZOS DE SERGIO.
Por: Sergio Martín del Campo. R.
Fotografía del Autor
Fecha:
2018-02-06 23:53:40

Para los aficionados que poseen una memoria que funciona normalmente, lo que sucedió en la primera función del LXXII Aniversario de la vieja plaza de la “Ciudad de los Deportes” fue un resultado normal.

El sólido petardo ganadero, en el momento mismo de la pésima compra-venta de las reses, estaba reciamente declarado. Luego, al imprimir el cartel, se anunció públicamente con pipa y guante.

Los herederos de Teófilo Gómez, al igual que éste, en su momento, fundador del nefasto y canceroso hierro, están declarados como enemigos poderosos del toro de lidia genuino. Sin pudor, entonces, producen rumiantes teniendo la mansedumbre por ley.

La partida de hasta siete bóvidos que apareció en el círculo taurómaco metropolitano exhibió rotunda ausencia de trapío y gran presencia de sosería. El hecho fue insultante, burlesco e intolerable. La tarde, lógicamente, iba transcurriendo en una atmósfera densa de aburrimiento y monumental intrascendencia, producto congruente de una fiesta propiedad que es de pocos poderosos sin inventiva, soberbios e irreflexivos que han endosado el espectáculo a la herejía y que empecinados está en jugar con el mismo equipo, independientemente de los resultados.

Un conjunto, no grande, de personajes fueron los culpables de semejante infamia; el madrileño encabezándolo, que como si fuera poco lo que México le ha dado, en actitud abusiva, siniestra, comodina y facilona, impuso a tales cuadrúpedos.

Quizás con algún residuo de remordimiento y al ver que la corrida se desbarrancaba estrepitosamente, y de alguna manera admitiendo la vasta incorrección de haber incrustado a ultranza los “teofilitos”, se animó a obsequiar un séptimo; pero para no variar demasiado, proveniente tal de Bernaldo de Quiros, otra dehesa que tiene la mansedumbre por bandera; empero, cosa extrañísima, el bello cárdeno embistió con cierta casta y buen estilo, y el Juli, profesional y oficioso luego de muchos años de subrayar trayectoria entre los de su clase, lo cuajó y como honor a ello empuñó las orejas del adversario.

Flores, replegado “sin remedio” a las imposiciones del importado, hubo de averiguárselas a contracorriente. Pero como es un diestro talentoso y de excelente temperamento, amén de un alto sentido de la competitividad, regaló un octavo que llevaba prendidos los listones de Santa María de Xalpa. Y el cuajado cuadrúpedo, aplaudido al invadir el escenario, fue interesante ya que aunque pasaba a media altura, admitió el toreo. El tlaxcalteca le toreó gallarda y variadamente con la capa para luego troquelarle un trasteo entregado, interponiendo en cada serie corta, espacios, distancias y tiempo exactos coronando con un espadazo, que si algo pasado, de mucha exposición y entrega a la hora buena de ejecutarlo. Las orejas del animal, cuyos restos fueron aplaudidos al ser sacados del anillo, fueron a dar en justicia a las manos del hombre de seda y brocados.

Jerónimo, si, el poblano que durante años fue marginado por el sistema y que perteneció a una generación de coletudos que Rafael Herrerías prometió aniquilar, casi lográndolo, es hoy el más mexicano de los diestros activos. Su toreo todo expande aromas de mezquite seco, sabe a mezcal y a tequila, se ondula al son del mejor vals nacionalista.

En esta campaña agónica y en un sentido fallida, hizo lo más torero.

El lunes, mera fecha del aniversario del coso de las viejas ladrilleras, dio cara a un toro que embestía calamocheando y con potencia, pero que salía huyendo luego de cada pase ¡Vaya talentosa labor le buriló! Sus muletazos, además de manifestar un extraño perfil artístico y plástico, fueron enérgicos. Ahí están todavía sus trincherazos tan hondos como mandones, puntales de una faena que pocos entendieron y que desde luego merecía la oreja, una oreja de tremendo valor. El juez no quiso o no supo –tan mala una cosa como la otra- entender la aleccionadora labor. Lidiar con arte pocas veces se ve.

Los bicornes mandados para el efecto de esta corrida no dieron el juego esperado. Más bien mal se calificó en general el grupo de toros bien presentados que remitió el patrón de Jaral de Peñas, aunque, lejos de aburrir, algunos dieron algo al interés y obligaron a los actores a utilizar sus recursos.

Castella, único en levantar un apéndice, se transparentó con su toreo oficioso, ancho, de notada y sobresaliente ejecutoria.

Joselito Adame, apático y desangelado en su primero, ante su segundo subió de tono y bien se calcó, pero la cada vez más escasa clientela capitalina le presiona de modo tremendo e injustificada e ingratamente un sector amplio de ésta le dedicó pitos y abucheos.

El valiente y cada función menos atrabancado Roca Rey, solo sostuvo su cartel sin haber sido ésta su mejor tarde.

 
   

Noticiero Taurino

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