Atras


LAS PRIMERAS OREJAS, A LOS PUÑOS DE ROMÁN
Por: Sergio Martín del Campo. R.
Fotografía del Autor
Fecha:
2018-02-26 02:57:13

Plaza vieja del barrio de San Marcos en la capital aguascalentense. Su estanquillo de boletos quedó prácticamente vacío y como consecuencia los escaños se cubrieron en su totalidad.

Trato de la primera novillada de la campaña, aperitivo de la pretensiosamente llamada feria “más importante de América”.

Para el motivo de esta función, la poderosa empresa mercó a los patrones de Cerro Viejo un encierro desnivelado en tipo y sin trapío, por demás modestos de cuerna, con algunos ejemplares abecerrados, como el primero y el segundo, que en justicia fueron repelidos por la clientela cuando aparecieron en el circular escenario.

En mayor y menor medida cumplieron en la hermosa suerte de varas; a cuatro apenas si se les insinuó la almendra y a este paso la varonil acción está en peligro de desaparecer.

El mejor astado fue el segundo, un castaño albardado que, por clase, casta, recorrido y nobleza, fue aplaudido cuando el tiro de percherones llevaba sus restos al patio de carniceros; esto como despecho de un arrastre lento que evidentemente merecía pero que el juez no ordenó. “Es para no perjudicar a los chavales”, dicen los incondicionales…

Jorge Salvatierra, ni fa ni fu; por su desangelada actitud y por los años que tiene en su currículum novilleril, esta tarde bien pudo ser la de su despedida. Proponerlo nuevamente en otro cartel equivaldría a una sólida ociosidad.

Leonardo Ibarra, que se presentó como novillero ante sus paisanos, manifestó dos rostros: clase y sello, pero también analfabetismo en asuntos prácticos de tauromaquia.

El mejor librado fue el debutante Roberto Román; joven valiente y enjundioso que llegó a entusiasmar hondamente a sus paisanos.

Con apenas algún detalle estético al verse capa en mano, Jorge Salvatierra tomó ayudado y sarga, avíos con los que hizo observar algún pase artístico, sin pasar de lo mediano. El cuadrúpedo aquel, bondadoso hasta la indecencia y falto de energía, tenía distancia y son específicos, asunto que el joven jamás comprendió, agravando las acciones con feo pinchazo antes de media estocada tendida.

Aburrida, insulsa e insípida fue su segunda intervención; para ello cooperó la monumental sosería y cabal debilidad del adversario, es cierto, pero su evidente esfuerzo no tuvo ni matiz ni olor. Aún más, se prolongó la pesadilla al protagonizar una extensa serie de pinchazos antes del tercer descabello.

Sin firmeza en las plantas, Leonardo Ibarra desgranó engañosas verónicas. Metido ya en el último episodio de la lidia el cuadrúpedo destapó claridad, fijeza, recorrido y nobleza, virtudes que no aprovechó del todo el chaval; sin embargo anótese en la foja de sus haberes una hermosa serie derechista, en la que enseñó clase y sello caros, y otra por el flanco siniestro del mismo nivel durante el ecuador de un quehacer que terminó con un pinchazo y un bajonazo.

Tras un pésimo y desgraciado uso del capote, vino uno más, destanteado de veras, con la muleta. De plano no supo que hacer ante aquel bóvido, segundo de su lote que, aunque sin clase, manifestó bien calificada movilidad y el cual se fue inédito, no sin antes haber dado al de seda y brocados varios sustos como réditos de sus torpezas técnicas. Fue el aguascalentense un ciego en un desierto. Del estoque, ni hablar.

Entre valentonadas, revolcones e incorrecciones transcurrió el primer tercio para Roberto Román. Pese a que por la mala lidia que le ofrecieron amenazó el novillo con desarrollar sentido, en viendo la muleta, aunque tardo, acudió tras ella con buen estilo, y el joven local le instrumentó derechazos irresistiblemente sabrosos, titando del antagónico y no sin dar pasajes de su sereno denuedo. En atención a ello el noble público emitió de sus gargantas los oles más profundos y sonoros de la tarde. Aunque el arma quedó caída, la ejecución de la suerte suprema fue como para verse.

Su segundo, el cierra plaza, pronto sacó sentido. Esta condición le fue motivo al enrachado imberbe para proyectar una actitud ardiente y entusiasta; en todo momento procuró el triunfo. Cuando desdobló su capote para acoger al bicorne se postró de hinojos y buriló un par de ceñidas largas cambiadas en paralelo a las maderas, y una vez recuperada la plomada lanceó dulce y templadamente.

Entrados en el tercio mortal, si bien se observó carente de técnica, su gallardía quedó incólume. Parones, medias embestidas y amagos de cornada las soportó con la sonrisa en el rostro y, claro, esto fue trasmitido hacia la clientela.

Para firmar la labor se perfiló, lio el engaño, luego se despojó de éste y se fue tras el estoque a cuerpo limpio dando un cuadro espectacular. Si acaso el alfanje quedó algo perpendicular, el daño que causó en el organismo de la res provocó que rodara sin puntilla. Ahí se granjeó la segunda oreja.

Plaza de toros San Marcos de Aguascalientes. Primera novillada de la campaña. Lleno. Se jugaron seis reses de Cerro Viejo, mal presentadas y de variado juego. Destacó el segundo de la tarde, el cual merecía el arrastre lento, halago que no se ordenó de parte del juez.

Jorge Salvatierra, leves palmas y silencio.

Leonardo Ibarra, al tercio y división.

Roberto Román, oreja y oreja con salida en hombros al final del festejo.

 
   

Noticiero Taurino

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