Atras


LASTIMAN EL PRESTIGIO DE LA SAN MARCOS
Por: Sergio Martín del Campo. R.
Fotografía del Autor
Fecha:
2018-04-09 03:01:24

Los llamados “antitaurinos” ya nos pueden tener sin el menor cuidado. Quienes con puntería escalofriante dañan a lo que nos queda de la fiesta, a veces brava, son quienes están sumergidos en ella.

Al sistema que éstos forman –“cronistas” paleros, apoderados ventajistas, “ganaderos” que prácticamente han hecho desaparecer la casta y toreros punto más que antiéticos y con sobradas comodidades, impiden a costa de lo que sea la rivalidad en los ruedos, entre otras tóxicas hierbas-, hay que agregar jueces que, además de no sostener un criterio equilibrado, acusan el síndrome del paisanaje, como el que despacha en el balcón del más que centenario e histórico coso San Marcos de Aguascalientes, Ignacio Rivera Río, hombre que en esta séptima novillada de la campaña tuvo una actuación desastrosa al haber otorgado una oreja mucho más que absurda a un Rafael Díaz de León que, además de diáfanamente traslucir que no tiene la menor noción de lo que es practicar la tauromaquia, mató a uno de sus enemigos, el cuarto, de una estocada golletera y contraria. Con ello “se ganó” el derecho de lidiar al sexto, firmando, una vez más, otro recio petardo.

También hay, entre los llamados taurinos, personajes que no saben de la seriedad y severidad que conlleva el ejercicio bárbaro de lidiar animales de casta. Estos son, justamente, quienes animan a chavales a etiquetarse de novilleros sin reparar en lo que arriesga todo aquel que pretende ser torero: LA VIDA.

El toreo es, entre otras cosas, de inteligencia.

Esta tarde salieron al anillo dos jóvenes que nada tienen que hacer dentro de la tauromaquia práctica: el ecuatoriano Javier Segovia y el ya mencionado aguascalentense Rafael Díaz de León.

Ambos cuentan con unas estadísticas por demás modestas: dos novilladas cada uno. No obstante, para quien tiene intuición, les son bastantes para calificar y mostrar personalidad e idea natural para enfrentar animales de lidia.

Segovia acabó como acabó el hijo del carpintero aquel Viernes de Calvario. Por fin, luego de infinidad de salvajes maromones, fue llevado a la enfermería de donde, afortunadamente y por su propio bienestar, ya no regresó.

Los patrones de la explotación ganadera de “Arellano Hermanos” desencajonaron seis reses sólida y bárbaramente desniveladas en tipo.

Su juego fue, igualmente, dispar. Hubo uno, el primero, que estaba orejano, algo que no debe suceder en una plaza que se precie de tener seriedad…

Solo el tercero se escupió en la suerte de varas, el resto recargó al sentir los filos de las almendras. Dentro de las malas notas, se vieron algunas buenas para los haberes de los supuestos ganaderos: la bella lámina de los corridos en cuarto y quinto sitios, por lo que fueron aplaudidos al aparecer en escena, y la bravura y calidad del segundo, virtudes que obligaron a los entendidos a brindarle palmas a sus restos cuando eran llevados al desolladero.

Pablo Gallego (al tercio y palmas en el que estoqueó por Segovia) dio cara a un bien cortado utrero, primero de la función, que resultó ser un infame topón, que amenazó siempre en echar todo a perder; y así hubiera sido, sino porque, de cualquier forma, se reveló el oficio, clase y firmeza del peninsular, quien sin agobios resolvió el trance, sellando el acto con un espadazo, aunque trasero y tendido, certero.

El segundo de la tarde, feo pero cuajado, otorgó las primeras embestidas como si hubiera sido criollo, empero la disposición de Francisco Martínez (vuelta tras petición y palmas) y su buena colocación, generaron verónicas de excelente manufactura, no doblando la capa hasta firmar con denuedo gaoneras. Luego de un suntuoso segundo tercio, en el que clavó las banderillas en la cara y uniéndose emocionantemente al antagonista, éste detonó y comenzó a embestir con casta, largueza e inmejorable estilo, virtudes que solo aprovechó el de San Miguel de Allende al cincuenta por ciento, forjando un par de series derechistas, pero destiñéndose finalmente por haber perdido las distancias, el son y, sobre todo, el mando. Luego del desencanto dio fin a su intervención con una estocada caída y tendida.

Otro horrendo ungulado apareció en el turno de honor. Le correspondió lidiarlo al sanmiguelense, por haber logrado mayor éxito que sus alternantes, según se planteó en la propaganda; y en nueva edición cuajó unas verónicas formidables en las que embarcó con mucho acento. Con tino y variedad se volvió a lucir en el segundo tercio para posteriormente armar la sarga y enfrentarse al bovino, que a estas alturas ya embestía con pésimo estilo y notado poder. La faena del joven fue sin adornos, pero de subrayada entrega y verdad; bastante enterado se observó de lo que tenía que hacerse técnicamente. En consonancia con la pasión mostrada al manejar los avíos se tiró tras la espada, pero lamentablemente ejecutó un bajonazo.

 
   

Noticiero Taurino

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