Atras


“LA OREJA DE ORO”, A LA COLECCIÓN DE ROMÁN
Por: Sergio Martín del Campo. R.
Fotografía del Autor
Fecha:
2018-05-04 03:24:44

Si antaño “La Oreja de Oro” era un gallardete que ambicionaban las figuras y se la peleaban gallardamente y con hombría en el ruedo, hogaño se trata de un trofeo que se pone en juego durante una corrida más bien de “consolación”.

La tarde de ayer el coso Monumental de Alberto Bailleres registró una patética y desconsoladora entrada que si acaso llegó a un cuarto.

Para el motivo la Asociación de Matadores -que parece no quererse a sí misma- negoció tres ejemplares de José María Arturo Huerta (primero, segundo y tercero), desnivelados en cuajo y tipo, uniformes, sin embargo, en lidia, pues dieron un juego dentro de lo descastado, y tres de Marco Garfias, bien presentados, de bonita lámina y cuajados, no obstante aún más desrazados que los primeros.

Al bajar el telón a esta desangelada función, el trofeo fue a dar a las manos del ibérico Román Collado, pese a que mató al bicorne de la oreja con una estocada sólidamente caída, rayando en el bajonazo. Los desatinos del juez -si así se le puede titular- han sido terriblemente destanteados.

De cualquier forma, por su empaque y su oficio, el peninsular se presentó con fortuna ante los públicos aztecas.

La flojedad y sosería del toro abreplaza en los primeros tercios, se transformaron en extrañas y siniestras intenciones durante el episodio muletero. Luego entonces llegó un entendido y correcto desempeño del potosino Fermín Rivera (palmas tras aviso en ambos), quien reconfiguró su trasteo en la parte ecuatorial del mismo, derrotando al adversario y ganándole valiosos y toreros pases después de haber manejado con suavidad y temple el percal. La mancha llegó a la hora de sacar el estoque, pues su espadazo trasero fue insuficiente y tuvo que lanzar varios descabellos.

Con académicos lances saludó a su segundo, burlándole luego en el quite por apretadas gaoneras. En el tercio definitivo se observó a un toro soso y descastado que únicamente pasó, y a un coletudo educado y oficioso que, a pesar de las restringidas opciones, logró lo mejor de su labor por el diestro lado, con un pero, el de verse mal nuevamente en la suerte suprema.

Un novillo bien hecho fue el segundo, pero como resultara maleable y claro en lidia, el yucateco Michel Lagravere (división tras dos avisos y pitos) le pegó muchos pases -de éstos, pocos buenos-, entregando finalmente una labor intrascendente, sin matiz, sin olor y mucho menos profundidad, terminada de estocada atravesada y delantera más varios descabellos.

Bonito castaño liberaron en el turno de honor, sin embargo, acusó el tremendo defecto de estar reparado de la vista, y el empeño del joven sureño no tuvo consecuencias positivas.

Sin trapío y bastante feo de hechuras era el tercero y en todo momento acusó las intenciones de salir suelto, empero se contó en el anillo con un torero inteligente, Román Collado (oreja y palmas), enterado y dispuesto que le ganó pasos adelante, le dejó la bamba de la pañosa en la testa y le desgajó una faena en la que demostró que es un diestro que tiene un buen concepto de la tauromaquia práctica.

El sexto se comportó tal buey imposible, con el que el peninsular se hizo ver vehemente, jamás cejando en su empeño por agradar, hasta que lo logró, hurtándole al antagónico muletazos que parecía no tener. Otra oreja a su cuenta habría anotado, pero vinieron algunas incorrecciones cuando empuñó el alfanje.

 
   

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