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¿SABES CÓMO NACE SAN FERMÍN, LA MADRE DE TODAS LAS FIESTAS?... 2ª PARTE.
Por: Redacción.
Fotografía del Autor
Fecha:
2018-07-18 15:29:18

A partir de este viernes, Mikel Ollo instalará a 300 chinos en balcones de Pamplona. Uno de ellos le pidió uno privado para él, su esposa y sus cuatro hijos. “Solo tengo uno privado, pero es para 15, y tendrías que pagar 15 plazas”, advirtió el vendedor. “Perfecto”, contestó el comprador. Un productor de cine norteamericano y su familia han alquilado a través de él una galería entera de un hotel con vistas al encierro. “Y el año pasado vino un ruso que cumplía 50 años y se trajo a 50 amigos invitados. Quería todo en exclusiva. Hasta hubo que montarles un concierto de flamenco en el hotel”.

Pero Ollo advierte: algo no va bien. “Los pamploneses nos hemos creído todos muy guais y pensamos que los sanfermines se venden solos como antes, pero de eso nada. Cada vez hay que estrujarse más la cabeza”. En efecto, el porcentaje de ocupación hotelera en las fiestas de 2017 fue del 82%, muy lejos del mítico cartelito de “Completo”. Este año hay aún bastantes habitaciones disponibles para el segundo tramo de los sanfermines.

Las 16 peñas de Pamplona (asociaciones culturales y deportivas, con unos 5.000 socios en total) son, entre otras cosas, las grandes protagonistas de la bacanal que durante tres horas al día, todos los días de las fiestas de San Fermín, convierten la plaza de toros situada en el paseo de Hemingway en un lugar sin parangón en el mundo de la juerga, y en el mundo en general. Muchos peñistas asisten a la corrida de espaldas. Taurinos y antitaurinos conviven durante esas tardes entre risas, bailes, música, cabreos y juergas. El ruido es ensordecedor y no es extraño que —en el punto crítico de una faena de muleta— retumben a lo bestia hits escasamente taurinos, tipo La chica yeyé, mientras en los tendidos de sol se pasan de mano en mano los centollos, los bocatas de ajoarriero y las magras con tomate, y llueve vino y harina. La plaza tiene 19.700 localidades y es la tercera más grande del mundo, por detrás de las de Ciudad de México y Madrid.

¿Son taurinas las peñas de Pamplona? ¿Antitaurinas? “Pues hay de todo, taurinos y antitaurinos, lo mismo que hay gente de todos los partidos políticos”, asegura Patxi Osés, de la peña La Única. Imanol Azcona, de Irrintzi, preside la Federación de Peñas de Pamplona, auténtico lobby en la vida pamplonesa. Su análisis de la fiesta es claro como el agua: “San Fermín es una desorganización controlada”.

LOS SERVICIOS DE LIMPIEZA RETIRAN CERCA DE 1.000 TONELADAS DE BASURA A LO LARGO DE LAS FIESTAS Nada sería posible sin el brutal dispositivo de limpieza que, día y noche, saca brillo al apocalipsis sanferminero. Su coordinador es Iñaki Apeztegia, para quien lo más complicado es mantener limpia la calle de la Estafeta para el encierro. A las cuatro de la madrugada, con esta popular zona del Casco Viejo pamplonés aún en trance, sus equipos meten un camión recolector de basuras que, por las razones que uno imagina, tiene que ir protegido por Policía Municipal y Policía Foral. Nuevos productos de limpieza industrial y nuevos protocolos de trabajo han conseguido, poco a poco, combatir y frenar la muy tradicional, pegajosa y apestosa película compuesta de bebidas alcohólicas, orines y restos de comida que suele adherirse al suelo del Casco Viejo de Pamplona. Un logro histórico. Los 250 trabajadores de la limpieza retiran unas 1.000 toneladas de desechos a lo largo de las fiestas.

Uno de los centros neurálgicos de la fiesta radica en las calles de San Gregorio y de San Nicolás, dos de las grandes arterias de la parte vieja de Pamplona. En la esquina de San Gregorio con la calle de la Ciudadela se encuentra el Anaitasuna, uno de los bares más conocidos de la ciudad. Pero el Anaita tiene la triste particularidad de estar a punto de vivir sus últimos sanfermines. El negocio de la familia Seminario cerrará el próximo 15 de julio tras 38 años ininterrumpidos de actividad. La vorágine sanferminera con mayúsculas se instala también en los locales del Europa, en la calle de Espoz y Mina, entre la plaza del Castillo y la plaza de toros. Allí, la familia Idoate regenta un hotel tranquilo y un restaurante con estrella Michelin que durante los sanfermines se parece más al camarote de los hermanos Marx, aunque teñido de rojo y blanco.

Vicepresidente de la Asociación de Empresarios de Hostelería y miembro del Consejo de Turismo de Navarra, Juan Mari Idoate se autodefine como “un loco de los sanfermines”. Sin embargo, en su visión no todo es de color de rosa: “Aquí falta un plan estratégico. Porque hay indicadores que están en rojo, por ejemplo, el de la competencia desleal. El Ayuntamiento no puede tolerar que de repente el 5 de julio se abran 15 sitios en la calle para vender 500 cajas de coca-colas y 1.000 bocadillos”.

Más de 50 personas trabajan aquí a destajo. Siendo un local de alta gama, tiene un poco de fonda el Europa en sanfermines. “Lo que siente la gente en estas fiestas es único. Yo conozco a un neurólogo que siempre me dice que le gustaría pinchar a la gente en San Fermín para ver lo que siente…”, cuenta Juan Mari Idoate. Y su hermana Pilar, la cocinera, toda una institución gastronómica en Pamplona, le interrumpe: “En esta vida hay quienes hemos nacido para hacer feliz a la gente, aunque una tenga ya 63 años y aunque a veces parezca que tengo 18, pero la procesión va por dentro”.

A dos minutos a pie desde el Europa se encuentra la Plaza de toros Monumental de Pamplona, cuya gestión recae en la Casa de Misericordia. El 100% de los beneficios de la Feria del Toro sufraga los gastos de la residencia de 550 plazas que La Meca —como se conoce a esta institución— tiene en Pamplona. José Mari Marco es el presidente de su Comisión Taurina, encargada de gestionar los espectáculos taurinos de los sanfermines. Explica así la idiosincrasia de esta feria: “El concepto aquí es el de la fiesta total… Está claro que no estamos en la Universidad de la Sorbona, sino en un enorme galimatías, pero es compatible que a un taurino amante del silencio de la Maestranza de Sevilla le parezca divertidísimo ir a los toros en San Fermín. ¿Que la corrida es buena? Perfecto. ¿Que la corrida es mala? Pues a merendar y a bailar”. San Fermín sin toros sería inconcebible, y se antoja directamente imposible que un alcalde de la ciudad pueda meterse con la existencia de las corridas. Sin corridas no habría encierros y sin encierros no habría sanfermines. Incluso si el alcalde en cuestión pertenece a una formación, como es Bildu, que está declaradamente contra la fiesta: “Yo soy taurino ocho días al año, y el resto del año soy incapaz de ir a una corrida. Y si alguien aspiraba a que Pamplona tuviera un alcalde sin contradicciones, desde luego con Joseba Asirón no acertaron”, explica el regidor. Pocos días después de estas palabras, Asirón realizó unas declaraciones en Pamplona en las que admitió: “El debate en torno a las corridas tendrá que abordarse un día”. Y añadió: “No contemplo unos sanfermines sin encierros pero sí sin corridas”, aunque descartó suprimirlas a corto plazo.

Durante los sanfermines, la plaza de toros de Pamplona es un circo romano. Testigo directo de todo ello es Antonio Izquierdo, el conserje de la plaza, que vive durante todo el año en una casita situada en el mismo patio de caballos del coso con su esposa, sus tres hijas y su perra. Una casita en el centro de Pamplona, pero aislada del mundo. Encalada y llena de flores. “En San Fermín aquí dentro hay 300 personas trabajando de 4.30 a 1.00, no hay vida: policías, instaladores de megafonía, servicios de limpieza, ganaderos, invitados, periodistas… Esto no para en 24 horas”. Cambio de tercio. Para los amantes de las sábanas de hilo en medio del tumulto, el lujo en versión sanferminera se llama Gran Hotel La Perla. Está en un esquinazo de la emblemática plaza del Castillo. Quien quiera pasar los sanfermines en esta antigua pensión reconvertida en hotel de cinco estrellas (por la que pasaron Sarasate, Manolete, Hemingway, Belmonte, la infanta Isabel, Woody Allen y Antonio Ordóñez), aún tiene sitio. Mil euros es el peaje para poder ver los encierros desde su habitación. El pamplonés Fernando Hualde es el recepcionista de La Perla. Lleva 41 años trabajando aquí (entró de botones, con 15). “Aquí lo que se cuida es el detalle”, explica en un saloncito de este hotel anclado en el tiempo, “así que te puedes encontrar con un señor que te pide una PlayStation para su hijo, y la tienes que conseguir sí o sí. O uno que pide que la habitación de al lado —que también ha reservado— se convierta en un gimnasio. Y vas a un gimnasio, alquilas unos aparatos, retiras los muebles y los metes. Es difícil en plenas fiestas, pero lo haces. Nadie dijo que iba a ser fácil”. Este profesional educado hasta la extenuación evoca las historias de sus clientes extranjeros, “como ese estadounidense que en su país se pone el pañuelo rojo de San Fermín los 365 días del año, o esa familia sudafricana que tiene dividido el salón de su casa con un trozo de vallado del encierro”. ¿Un cinco estrellas en el cogollo de la rave sanferminera? Queda claro que en Pamplona, entre el 6 y el 15 de julio, hay que estar abiertos a todo. A todo es a todo, según el amo de llaves de La Perla: “Aunque tenemos una persona que hace de filtro, estamos en un lugar donde puede entrar todo chichibirichi. Y si te entra un señor muy bebido diciéndote que te quiere vender un submarino, no le digas ‘déjame en paz’. Ponte a negociar con él el color del submarino, para que acabe diciendo: ‘Jodé, este está peor que yo”… MAÑANA CONTINUARA. FUENTE: Borja Hermoso/EL PAÍS.

 
   

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