Atras


¿SABES CÓMO NACE SAN FERMÍN, LA MADRE DE TODAS LAS FIESTAS?... 3ª Y ULTIMA PARTE.
Por: Redacción.
Fotografía del Autor
Fecha:
2018-07-20 23:31:15

Pero en cuestión de filtros, el verdadero experto se llama Xabier Ibáñez. Es el director de Seguridad Ciudadana y coordinador de un dispositivo que engloba a Policía Municipal, Policía Foral, Guardia Civil, Policía Nacional, Protección Civil, Bomberos, urgencias extrahospitalarias, Cruz Roja y DYA. “El principal problema es la limpieza del trazado del encierro. Al final nosotros acotamos más o menos el número de personas que queremos que corran. Primero hacemos un parcheo de la gente que no está en condiciones: corredores con mochilas, o descalzos, o ebrios, o con aparatos de vídeo…, y luego si consideramos que hay demasiada gente achicamos espacios porque si no podría bloquearse el recorrido del encierro”, detalla el superpolicía de los sanfermines, que recuerda además que la amenaza terrorista sigue en pie: “Estamos en alerta 4 por la cuestión yihadista. Se trata de blindar las zonas de fiesta más multitudinarias: el chupinazo, las procesiones, los fuegos artificiales, que suelen reunir a unas 50.000 personas…”.

Son las ocho de la tarde en Pamplona y Miguel Araiz, Rastrojo, pisa los Corrales de Santo Domingo. Durante 45 años, y hasta el año pasado, fue pastor del encierro. Uno de los más respetados. Es pequeño y fuerte, tiene manos de piedra, varias cicatrices recorriéndole el cuerpo y un verbo tan agreste como conciso, alguien como de otra era. Ahora le ha llegado la hora del descanso, tras cuatro décadas y media como ángel de la guarda de los corredores, vara en mano. Ha sacudido igual sobre los lomos y cuartos traseros de los toros que sobre el espinazo de los novatos y las patas. Cada mañana, en el encierro, un 55% de quienes se lanzan a la aventura lo hacen por vez primera: un amplio margen para el peligro. “Nunca me arrepentí de pegar. Si no sería por la varica…, yo desde luego preferiría un palazo de Rastrojo que una cornada”. A sus 67 años mantiene un aspecto y una forma física envidiables: “Es que siempre he comido los guisos de mi madre o de mi mujer. Y nunca he bebido. Y nunca he fumado. Y nunca he ido con mujeres malas”.

Pero no solo de toros, comida, bebida y juerga nocturna están hechas las fiestas. Durante el día los sanfermines son familiares y tranquilos, encauzados sobre todo al disfrute de los más pequeños, de los txikis. Y en ese mundo, las estrellas absolutas son los kilikis y los gigantes de Pamplona, auténtica obsesión de la gente menuda que vive el San Fermín. Mari Ganuza lleva 41 años conservando y cuidando estos muñecotes de dimensiones ciclópeas cuya vida se remonta a hace más de un siglo y medio. Aunque pocos lo sospechen, Caravinagre, Verrugas y El Patata duermen durante el año en un inmenso y surrealista almacén municipal en el subsuelo de la estación de autobuses de la ciudad. Estas criaturas en cartón y papel de estraza son deliciosamente anacrónicas, temibles y encantadoras.

“SE HA PERDIDO LA ESENCIA DEL ENCIERRO, LA GENTE YA NO CORRE, COMPITE” (PITU, VETERANO CORREDOR)

¿Y el corredor del encierro, en toda esta historia? Fermín Barón, popularmente conocido como Pitu, lleva 30 años corriendo delante de los toros. Ahora se está bebiendo tranquilamente una cerveza en la calle de la Estafeta, pero los golpetazos, caídas y sustos los tiene bien presentes. Con el tiempo, su visión del encierro se quedó sin halo romántico: “Ha perdido su esencia. Antes cogías toro todos los días, pero hoy es un atropello masivo. La gente no viene a correr, viene a competir”.

—¿Tienes nostalgia de aquellos encierros que ya no existen?

—Claro. Pero mira, me siento parte de una tribu. Cuando corro delante de los toros me siento el último mohicano.

Pitu no forma parte de esa especie de divinidad que algunos han querido ver en el hecho de correr los encierros: “Tengo 48 años y corro desde hace 30, pero no hay que darle tanta bola. La televisión ha hecho mucho daño. Al final, el encierro es un acto más de los sanfermines. Y para correrlo no hace falta haber combatido en Afganistán. Lo puede correr cualquiera”.

San Fermín es infinito. En él cabe casi todo. Cabe la encantadora Mariví Esparza trasladando cada mañana la efigie del santo desde el Ayuntamiento hasta la hornacina de Santo Domingo, donde recibe los cánticos de los corredores del encierro (el resto del año lo tiene en el saloncito de su casa). Lo compraron en 1978 tres corredores, entre ellos su marido, Andoni Barba, fallecido en 1993. Lo adquirieron en una tienda de objetos religiosos de Pamplona para sustituir al santo que solían poner las monjitas del Hospital Militar y que se había perdido. “Llevarlo cada mañana hasta allí me emociona, pero a la vez me provoca sentimientos encontrados”, reconoce.

Y caben doña Paulina Fernández, tan risueña y elegante a sus 96 años, y su familia, los Elizalde, sus hijos, y sus nietos, y sus sobrinos, y sus nueras y sus yernos, levantando de nuevo —ritual inalterable desde hace 145 años— la persiana de su churrería en la calle de la Mañueta a las seis de la mañana. Aparcando durante los sanfermines sus trabajos de ginecólogos, profesores, abogados o ingenieros para ponerse a sudar, hacer la masa y servir cada mañana — colas permanentes— los mejores churros del mundo. Cabe un mundo en Pamplona, entre el 6 y el 15 de julio. Puro éxtasis. Un estruendo de pañuelos.
Borja Hermoso/EL PAÍS.

 
   

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