Atras


ENTRE EL TIMO Y LA PACHANGA
Por: Gastón Ramírez Cuevas
Fotografía del Autor
Fecha:
2018-09-30 12:58:01

Sábado 29 de septiembre del 2018.
Segundo festejo de la feria San Miguel de la Maestranza de Sevilla

Toros: Siete de Hermanos García Jiménez (hubo un sexto bis), feos, chicos, mansos, bobos y débiles en conjunto. Todos, con excepción del cuarto, fueron pitados en el arrastre, salvo el quinto, el cual fue abroncado.

Toreros: Juan José Padilla, quien se despidió de Sevilla, a su primero lo mató de buena entera: silencio. Al cuarto le pegó una gran estocada y le cortó una oreja.

Morante de La Puebla, al segundo de la tarde lo despachó de un pinchazo y entera baja: silencio. Al quinto lo pasaportó de estocada un poco caída y con travesía: al tercio.

Andrés Roca Rey, al tercero de la tarde le propinó un par de pinchazos, una entera caída y dos golpes de descabello. Al que cerró plaza lo mató de certero pinchazo hondo: oreja.

Entrada: Lleno de no hay billetes.

La primera corrida de San Miguel se celebró bajo un sol esplendoroso y justiciero, aunque, contradictoriamente, sobre el festejo se cernía el negro nubarrón del ganado de Matilla, uno de los peores enemigos de la Fiesta.

Al primer bovino, chico, débil y manso, Padilla lo toreó con enjundia, llegando inclusive a pegarle muletazos de rodillas para agradar a la galería. El toro no servía para gran cosa y la porfía del jerezano fue en vano.

El segundo fue picado con singular desacierto y duró aún menos que el anterior. Recordamos alguna verónica de Morante, el quite por chicuelinas de Roca Rey y uno que otro muletazo con el sello de la casa del de la Puebla.

El primero del lote de Roca Rey andaba muy mal de remos y de casta. Pese a las condiciones del astado, el peruano lo brindó al respetable e inició su faena de rodillas, pegando varios muletazos cambiados por la espalda. Luego, el pupilo del apoderado de Padilla se inutilizó al perder la pezuña de la mano derecha, lamentable espectáculo donde los haya.

Salió el cuarto, el de la despedida del Ciclón de Jerez, y si usted no se fijaba muy de cerca en el hecho de que Padilla anduvo ramplón y toreando sin tregua al grueso del público, hubiera pensado que en el ruedo estaban ocurriendo milagros de torería. Sí, la música tocó desde el primer trapazo hasta que Padilla montó la espada, y la gente aplaudió de continuo con fervor.

Curiosamente, este toro fue el que más sirvió, pues se dejó torear bastante y hasta duró. Si usted hubiera echado en saco roto la ausencia de temple y buen gusto, hubiera podido convencerse de que Padilla había pegado buenos muletazos y de que no había instrumentado una faena de pueblo chico. La estocada fue de libro y así el castigado diestro andaluz cortó su postrer oreja en La Maestranza.

A la hora de la vuelta al ruedo, una cornucopia de globos, bufandas futboleras, golosinas, juguetes y banderas pirata, se abatieron sobre un torero cuya carrera estuvo marcada por los percances, la honradez y la simpatía.

El segundo de Morante fue el más manso del encierro, que ya es decir. Sin embargo, hubo momentos de espléndido toreo morantista: un ramillete de verónicas estupendo, un colosal manguerazo de Villalta, y unos ayudados por alto de cartel de toros. Lo demás fue una continua persecución, con el ídolo de Sevilla haciendo ejercicio en serio y el de negro escapando a gran velocidad por todo el ruedo.

El sexto fue cambiado por manso, algo que no es reglamentario, pero como el gusarapo claudicó después de un puyazo minimalista y el respetable estaba ya muy alterado, la presidenta sacó el pañuelo verde.

El sobrero no negaba la cruz de su parroquia y salió igual de malo y chico que todos sus hermanos. Pero Andrés demostró que tiene pundonor para dar y prestar y no escatimó esfuerzo alguno para justificarse. Hubo muy buenos pases templados por el pitón derecho y unas joselillinas para pegarle un susto al miedo, pues el muchacho limeño le cambiaba la embestida al toro en repetidas ocasiones en la mínima distancia. La multitud le premió con una oreja ciertamente benévola, porque quería salir de la plaza complacido: ¡Aquí no se consuela el que no quiere!

Después de la corrida algunos comentaban que no pasa nada, que desastres ganaderos así han ocurrido toda la vida, mientras que otros opinaban que el actual contubernio entre apoderados, empresarios, toreros, y criadores de manso, está llevando esto al irremediable abismo de la extinción. Yo estoy de acuerdo con los catastrofistas, lo cual no impide que tenga la fútil esperanza de que mañana domingo algún juampedro embista y le toque a Morante.

 
   

Noticiero Taurino

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