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EL PADRE ROBERTO GONZÁLEZ, CAPELLÁN DE LA PLAZA MÉXICO, EN ESPAÑA, CAMINO A ROMA
Por: Pedro Julio Jiménez Villaseñor.
Fotografía del Autor
Fecha:
2018-11-27 21:57:28

Retomamos nuestras andanzas de leer y copiar viejos artículos taurinos. Llamó mi atención la entrevista al Padre González y se los comparto. Por cierto, sacerdote nativo de Aguascalientes. A continuación lo leído y fechado en Madrid el 22 de abril de 1954.

Su afición. -Confesiones. -Religión y supersticiones. -La montera de Carlos Arruza. -La novia de Carmelo Pérez y Silverio. -El último brindis.

UN sacerdote, visto desde el ángulo taurino, tiene normalmente escaso interés. Pero, por una excepción, el Padre Roberto González lo tiene, y mucho, porque da la casualidad de que es más taurino que los mismos toreros.

-Padre, vengo a confesarle.

-¿De qué pecados?

-De los taurinos

-Si es así, adelante.

-¿Su primer pecado?

-Mi gran afición.

-¿Qué explicación se da?

-Ninguna, porque no la tiene. Es una cosa innata en uno.

-¿Ha hecho sacrificios por ella?

-Si no sacrificios, al menos he procurado aplicar mi cometido espiritual a su proximidad.

-¿Cuáles han sido los resultados?

-Ser nombrado capellán de la Plaza México.

-¿Cumplió por completo sus deseos?

-Fué una de mis mayores satisfacciones.

-¿Qué ha cosechado más, alegrías o sinsabores?

-Alegrías, muchas. Los sinsabores, por desagradables, no quiero recordarlos.

-¿Son difíciles de convencer los toreros mexicanos?

-Al contrario, encuentro en ellos las máximas facilidades.

-¿La más acentuada?

-Su amistad.

-¿Y al amparo de ella?

-El convencimiento. He logrado bautizar a muchos, y a otros pude unirlos en matrimonio, legalizando sus uniones eclesiásticamente.

-¿Otros reflejos de su fe?

-La mayoría me pide la bendición antes de hacer el paseíllo. Y un buen número confiesan poco antes de torear.

-¿Puede darme nombres?

-A los que bendigo, puedo decir que son todos. A los que confieso, creo conveniente callarme sus nombres para no herir susceptibilidades.

-A pesar de su religión, ¿son supersticiosos?

-Es tradición ya, y no va a excluirse ahora ninguno.

-¿Cómo se manifiestan?

-La principal es en el hotel. El torero que se ha hospedado en cualquier de ellos por primera vez y triunfa, no volverá ya a ningún otro. También tiene mucha aceptación en los toreros la superstición por los colores en el vestido de torear.

-¿Casos especiales?

--Puedo contarle dos. Y uno me atañe.

-Uno.

-La predilección de Carlos Arruza por una sola montera. Y esto data ya de hace unos años, en la que estrenó con tardes de grandes triunfos. Desde entonces usa la misma.

-¿Su caso?

-Como acostumbro normalmente antes de la corrida, di mi bendición a cuanto cuantos toreros me lo solicitaron, entre los cuales se hallaba aquella tarde el buen picador Sixto Vázquez. Triunfo clamorosamente y lo achacó a la bendición, hasta tal punto, que lo primero que hace cuando llega a la Plaza es buscarme para que le bendiga y le dé suerte.

-Durante la corrida, ¿tiene usted contacto con ellos?

-Ahora, sí, porque veo el espectáculo desde un burladero, en el callejón.

-¿Antes?

-Como un espectador más de tendido.

-¿Qué le hizo abandonar aquella localidad?

-La gravísima cornada de Juan Armilla. Yo, al igual que el resto de la abarrotada Plaza, no nos dimos cuenta de la intensidad de la herida, porque el torero pasó muy sereno a la enfermería, pero luego resultó uno de los percances más grandes que sufrió torero alguno allá.

-¿A cuántos toreros dio la Extremaunción?

-A bastantes; pero conocidos de los aficionados españoles, a Jesús Córdoba, Juanito Silveti, Miguel Angel, y al español Antonio Galisteo.

-¿Ha habido alguna muerte desde que es capellán?

-De toreros, ninguna, aunque se da el caso curioso que tuve que prestar los últimos auxilios a cinco espectadores fallecidos durante el espectáculo.

-¿Alguna mujer?

-Una, y precisamente la novia de Carmelo Pérez. Falleció a consecuencia de un ataque cardíaco durante la lidia de un toro de Silverio.

-Cambiemos de tercio. ¿Le han brindado la muerte de algún toro?

-No se me ha ocurrido siquiera pensarlo.

-¿Por qué?

-Acaso porque estime que esos obsequios deben de hacerse a otras personas y no a un capellán.

-Brinde usted entonces a los toreros.

-El toro que yo quiero ofrecer a los toreros no es de lidia, sino en forma de obra asistencial. Tengo en proyecto edificar en terrenos que me han regalado una iglesia, y alrededor de ella, edificios que alojen a estos muchachos que por su afición abandonan sus casas y su educación. La biblioteca, el recogimiento y su educación estoy seguro de que les devolvería la hombría de bien que muchos olvidaron al dejar sus hogares.

-El brindis ha sido digno de usted, Padre.
JUAN DE ASENJO

 
   

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