20 junio, 2021

“EL DIA DEL GRITO MUDO”.

Dirá mi mujer que ya estoy “chocheando”, pero últimamente se me vienen a la mente los mejores momentos que he vivido en plazas de toros. Y no es por presumir, pero creo que en pocas partes he tenido tantos recuerdos imborrables. Aunque en ocasiones ser aficionado a esta hermosa fiesta resulta complicado, pues casi siempre en alguna reunión, los que gustamos de ver jugarse toros bravos, somos minoría.

Dirá mi mujer que ya estoy “chocheando”, pero últimamente se me vienen a la mente los mejores momentos que he vivido en plazas de toros. Y no es por presumir, pero creo que en pocas partes he tenido tantos recuerdos imborrables. Aunque en ocasiones ser aficionado a esta hermosa fiesta resulta complicado, pues casi siempre en alguna reunión, los que gustamos de ver jugarse toros bravos, somos minoría. Y en cuanto alguien identifica tu gusto por la fiesta, inician las preguntas: Qué si es cierto que drogan a los toros antes de salir a la plaza. Qué si es cierto que los toros son atraídos por el color rojo de los avíos de torear. ¿Y no te parece demasiado cruel el espectáculo? ¡Pobre animal!, y la gama clásica de planteamientos que ustedes al igual que yo, conocemos al dedillo. Sin embargo hay momentos que nos brinda la fiesta la oportunidad plena, sí es que así lo deseamos, de justificarnos plenamente ante quien sea. En esos momentos su esplendor y su majestuosidad brillan intensamente y con luz propia, y cómo escribió Serrat “se nos eriza la piel y faltan palabras”. Sin duda el mejor de estos momentos me sucedió el 4 de agosto del año 2002 en el entonces erguido “Toreo”, de Tijuana. Acababa de reaparecer en los ruedos David Silveti; su esperado regreso se suscitó en la “Plaza Santa María”, de Querétaro, alternando con Guillermo Capetillo y Paco González; éste último tuvo una tarde excepcional y ganó la presea en disputa para esa corrida, “La Espada de Santiago”. Hablando con él después de la corrida me confesó: “Compadre, muy aguzados allá en Tijuana ahora que va el maestro David, no sabes la golpiza que le dieron los toros: ¡No se puede reponer entre pase y pase!”. Y después de ver el vídeo y ser testigo de las mermadas facultades del maestro David, comprendí el grave peligro que corría cada vez que se vestía de torero. No era necesario ser afín a su toreo o no, bastaba con ver el esfuerzo que le implicaba cada pase para comprender que David era grande entre los grandes, amén de su clase y temple. Y llegó la cita de la corrida en Tijuana: Una corrida de “El Junco” bien servida para David, Fernando Ochoa y Jorge Mora. A la hora del sorteo, cómo fuego corrió el rumor que uno de los toros de “El Junco” había sido corneado por un toro de “La Venta del Refugio” que tenía varios meses en los corrales de las principales plazas de “Espectáculos Taurinos de México”. El toro estaba aprobado por el juez pero definitivamente su cornamenta y lámina desentonaban con los cinco de “El Junco”. Entonces, “El Capitán”, apoderado del maestro Silveti alzó la mano y dijo: “Nos quedamos con él”. Antes de la corrida, definitivamente el tono era oscuro tanto en los patios de la plaza cómo en el callejón. Muchos sabíamos de la mala condición física del maestro y temíamos lo peor. Sale el primero de la tarde para David: Un toro nada fijo de”El Junco”. Y vienen tres avisos y se regresa el animal vivo a los corrales. En los tendidos algún despistado quizás lanzó un improperio, pero la clase de David, vestido de blanco y oro, al caminar hacia el burladero de matadores con el rostro desencajado, no dejó que casi nadie dudara de la entrega y el esfuerzo que había realizado. Juan Carlos Órnelas, entonces mozo de espadas de Fernando Ochoa, pasó cerca del palco que habitábamos mi mujer, mis dos hijos y yo: “Manolo, dice el matador que sí tendrás una pastilla de dulce para la garganta. Oye que mala suerte la del maestro. Y con el tío que completa su lote se la va a ver peor. Tiene mucho tiempo en los corrales de varias plazas”. Quise decir algo, pero nada articulado me salió de la garganta. Y cuando salta a la arena el segundo de su lote “Peleonero” de nombre por los motivos suscitados en los corrales, el silencio se apoderó de la plaza. Claramente el ruido del galope franco del burel se podía escuchar hasta los tendidos. Y vino el primer lance. Y luego otro con más cadencia. Y otro lleno de sentimiento, y los ¡oles! Eran cómo un alud de nieve que iba creciendo. Creo haber visto el mejor ejemplo de lo que es torear con sentimiento. El hecho de que todo se realizaba en un palmo de terreno proyectaba aun más la sensación de peligro. No fueron ni pocos ni muchos muletazos, sólo los justos. Los necesarios para hilvanar una faena para todos los tiempos. Y cuando David se perfiló para entrar a matar, no hubo titubeos, ni miradas al palco del juez. De haberlo hecho hubiera visto que el juez de plaza había sacado el pañuelo blanco, señalando que “Peleonero” había sido indultado. No, nada de eso. Entregando el pecho dejó una estocada casi entera que fulminó a “Peleónero”. La emoción se desbordaba y con voz enronquecida de tanto gritar ole, traté de gritar ¡Torero! ¡Torero! Pero mi grito se volvió mudo. Mi voz ya no podía más. En el callejón Fernando Ochoa abrazaba a “El Capitán” y a Jorge Mora. ¡Todos saltaban de gusto! Mi mujer aplaudía con fuerza y mostraba una gran sonrisa. Los ojos se me nublaron de llanto y puse mis manos sobre mi rostro intentando asimilar todo lo que había visto y sobre todo, el sentimiento que inundaba mis sentidos. En ese momento mi hijo menor me tocó el hombro y me dijo, seguramente conmovido por verme tan emocionado: “Papá, te prometo que cuando estés viejito y no puedas caminar, yo te voy a traer a los toros”, con esto no sólo lloré más, sino que entendí, a mi manera, que ese esplendor que menciono en párrafos anteriores que es la fiesta de los toros, no se ejemplifica mejor, que en el cariño de un hijo hacia su padre cuando las fibras de los sentimientos se nos pulsan. Desde entonces: Guardo el recuerdo de David Silveti muy cerca de alma y… ¡Ya me muero de ganas de volverme más viejo!.

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