17 septiembre, 2021

EL TORERO CUANDO SE VA.

Alguna vez leí que alguien describía el torear cómo “elevar el alma al cielo”. También no faltó quien mencionó que cuando se torea, el cuerpo se abandona y sólo queda el alma de quien torea revelada en cada pase o en cada lance. En honor a la verdad yo sólo he tomado los avíos de torear en privado y siempre de salón; pero aun así debo asumir que algo muy especial sucede cuando se funden toro y torero, pues emana arte dicho encuentro.

Alguna vez leí que alguien describía el torear cómo “elevar el alma al cielo”. También no faltó quien mencionó que cuando se torea, el cuerpo se abandona y sólo queda el alma de quien torea revelada en cada pase o en cada lance. En honor a la verdad yo sólo he tomado los avíos de torear en privado y siempre de salón; pero aun así debo asumir que algo muy especial sucede cuando se funden toro y torero, pues emana arte dicho encuentro. Arte que se siente. Arte que se plasma en un lienzo o se escribe en notas en notas musicales. Arte que se vive y si eres de los pocos elegidos, arte y sentimiento que se transmiten a quien observa. Es qué en esencia, un torero es más alma que cuerpo. Tiene que serlo para poder estar dispuesto a perderlo todo, hasta la vida, con tal de expresar frente al toro, todo eso que trae por dentro. Es muy triste saber que un torero deja de su profesión, porque el ser torero se vive y se inhala veinticuatro horas al día, los trescientos sesenta y cinco días del año. Es decir, no es algo que pase o que se olvide. Basta hablar con toreros en retiro para ver el brillo que adquiere su mirada cuando evocan memorias de sus experiencias en los ruedos. Y se nota que lo extrañan y que cuando lo recuerdan lo logran volver a vivir con la misma intensidad. Quizás se pueda establecer alguna diferencia en cuanto los toreros que se quitan de su profesión y los que se retiran de la misma. Unos obligados por la falta de triunfos y los otros porque el tiempo a nadie perdona y llega el momento en que hay que hacerle espacio a los que vienen empujando. Unos con tristeza. Los otros no del todo convencidos. Pero ambos con nostalgia. “La verdad no lo extraño, pero en mis sueños me veo toreando”, me confió alguna vez un amigo torero. “A veces en el campo se mata el gusanillo pero claro, no es lo mismo que ajuarado de luces. Y el público”. Los tendidos. Ellos son un punto medular de las añoranzas. Es cómo el actor que extraña el escenario y los reflectores. El torero extraña lo suyo: El ruedo, los triunfos y los aplausos. De manera personal creo que un torero, un verdadero torero nunca deja de serlo, por lo que el trámite de algunos de cortarse la coleta lo considero más por ritual que por contenido, pues ellos nunca dejan de ser lo que son. En ocasiones, cuando el retiro a sido más imposición de la falta de oportunidades o del no poder lograr los triunfos que permiten seguir avanzando en esa complicada profesión, los he visto luchar contra la amargura que esto produce. Y he sido testigo de su victoria o su derrota frente a ella. Por eso, es muy triste cuando ellos se van. Porque a partir de ese momento, estoy seguro, algo dentro de ellos muere. Pero de nuevo germina cada vez que paran en el campo a una vaca o se visten de corto en beneficio de alguna causa noble; o en el peor de los casos, cuando las piernas ni siquiera eso permiten, cada vez que sientan frente a una copa de vino, a contarnos de nuevo sus experiencias. Su vida misma.

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