18 junio, 2021

LEJANO COTIDIANO… SE HA IDO “CAPETO”: MANUEL CAPETILLO.

Al gran “Capeto”, como solía referirse a él mi padre y muchos aficionados de los años cincuenta del siglo pasado, llegue a verlo cinco o siete ocasiones en la plaza “San Marcos”, pero sobre todo en la televisión,

Al gran “Capeto”, como solía referirse a él mi padre y muchos aficionados de los años cincuenta del siglo pasado, llegue a verlo cinco o siete ocasiones en la plaza “San Marcos”, pero sobre todo en la televisión, en aquellos años cuando los provincianos podíamos disfrutar de las corridas dominicales de las temporadas del “Toreo de Cuatro Caminos” y la “Monumental Plaza México”, en que fue nuestro favorito, antes de que la portentosa irrupción de Manolo Martínez lo desbancara del sitial de honor… Ahora que ha muerto Manuel Capetillo Villaseñor este 5 de febrero en Chácala, Nayarit, a la edad de 83 años, es lógico suponer que a los aficionados un poco mayores de los cincuenta y más bien entrados en la “tercera edad”, la noticia ha provocado una serie de recuerdos en torno a esta figura señera de nuestra tauromaquia, con las particularidades que cada uno podamos atesorar al respecto, sobre el llamado “mejor muletero del mundo” según el decir de Alfonso de Icaza “Ojo”… Entre las múltiples evocaciones que me despierta “Capeto”, dejando aparte su andar por el cine mexicano, me ha vuelto con claridad el faenón a “Flor de Mayo” de Reyes Huerta, al cual le corto las orejas y el rabo la tarde del 15 de enero de 1967, en que se prodigó en sus enormes series de derechazos en el centro de la plaza “México” y la cual tuve oportunidad de ver en la televisión con la siempre sapiente crónica de Pepe Alameda. A los pocos días me marché al DeFe para iniciar mis estudios universitarios y el 12 de febrero asistí por primera vez a la “México”, en el cartel de confirmación de Manolo Martínez, en el cual no estuvo “Capeto”, pues como todos saben, el “Monje Torero”, Juan García, “Mondeño”, fue el encargado de cederle los trastos al regiomontano… Pero regresando a Manuel Capetillo quién había tenido el 3 de diciembre de 1966 una apoteótica confrontación con Manolo, en “Cuatro Caminos”, con toros de “Mimiahuapan”, “Capeto” cortó las orejas y el rabo de “Arizeño” quinto de la tarde, al cual Carlos León calificó de: “un faenón de locura”, de esos que de cuando en cuando realizan las figuras, cuando un alternante novel les pica la cresta y se les sube a las barbas. En ese trasteo cumbre Manuel, donde no solamente acuño sus largos, eternos derechazos, sino que igualmente usó de la mano torera en toda su magnitud de artista, fueron antecedentes, tanto lo fresco de “Arizeño” como “Flor de Mayo” para que el 19 de febrero de 1967 acudiéramos a la plaza “México” a la confirmación de alternativa de Chucho Solórzano de manos, precisamente, del iniciador de la dinastía taurina Capetillo y el español Antonio Chenel, “Antoñete”, de testigo, con toros de “Santo Domingo”… Desafortunadamente no se trató de una tarde redonda, más bien fue de las llamadas de detalles, aunque demostrando un gran sitio el tapatío, el cual se llevó la ovación de la tarde por un enorme quite de “fregolinas”, instrumentadas en el centro del ruedo. Con la muleta inició, como era su costumbre con pases de tanteo y castigo al filo de las tablas, para después llevarse al burel a los medios. Hubo alguna serie bien instrumentada en que se despatarró, para llevar de aquí allá al “socio”, pudiendo disfrutar en toda su dimensión, en una especie de “long shot”, el instrumentar del torero, y al estar a la mitad del segundo tendido de sombra, lo cual permitía tener una adecuada visión de conjunto, con toda la plasticidad inherente a la unión de toro y torero en un pase y no con la fragmentaria que suele ofrecer la televisión con su tendencia al acercamiento, ya sea al torero o al animal, dando otra perspectiva al pase. En alguna de sus crónicas Carlos León llegó a señalar, más o menos, que Manuel Capetillo lograba torear muy despacio, templando al toro en una armonía del movimiento de sus brazos con el andar del toro, en que imprimía un ritmo lento, que remataba con la figura de que era como verlo en “cámara lenta”… El concepto de “cámara lenta” se lo había leído en muchas ocasiones a Carlos León, pues todos los lunes buscaba sus crónicas en el “Novedades” con fruición, haciendo guardia en el local del Sr. Manuel Palos, en el “Parián” donde llegaban los periódicos nacionales al filo de las cuatro de la tarde; pero sería esa tarde del 19 de febrero de 1967, en que la circunstancia de estar en el segundo tendido, tomé plena conciencia de lo de torear a “cámara lenta”, pues al ejecutar unas series en el centro del ruedo “Capeto”, estando yo, en la distancia justa para el encuadre natural de un “long-shot”, disfrute a plenitud sus largos muletazos, que aunque ya no está con nosotros, siempre podremos recuperarlo recordando sus momentos y tardes triunfales, que lo hicieron una de las grades figuras de la torería nacional.

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