27 octubre, 2021

ESPLÁ: DE MADRID AL CIELO.

33 años lleva como matador de toros. Se forjó como torero-espectáculo: bien en terna de extraordinarios matadores banderilleros, bien en distinguirse por su prosopopeya sobre ritos, suertes o actitudes, a veces sobrado de tilde lo que le hizo molestó a los compañeros

33 años lleva como matador de toros. Se forjó como torero-espectáculo: bien en terna de extraordinarios matadores banderilleros, bien en distinguirse por su prosopopeya sobre ritos, suertes o actitudes, a veces sobrado de tilde lo que le hizo molestó a los compañeros y empalagoso a cierta crítica que intuía un tufo impostor; para algunas aficiones pronto sería un “maestro”: no muchas, Madrid, en general, y las sucursales de su “núcleo duro” en la periferia, incluida Francia; nunca de ultramar… Esa condición de “maestro” —acotada a unas pocas aficiones durante la mayor parte de su trayectoria y expandida a la generalidad por el cuajo de la veteranía, el respeto a la experiencia y el reconocimiento implícito de los trienios y quinquenios de ininterrumpida nómina- no le había conferido el estatus, al uso, de “figura” : ni siquiera en Madrid, a pesar de sus cinco Puertas Grandes, donde pocas veces gozó de carteles e hierros que checarán tal condición; incluso después de la “Corrida del Siglo” del 82. Toreó mucho en Madrid, en ferias y en temporadas —circunstancia que en “el foro” resta “figurineo” pero suma predilección y desemboca en adopción-. Abundó en Madrid casi siempre en un segmento de beligerancia rebelde: de tríos meritorios, y toros, generalmente, obviados por los privilegiados salvo algún “pegolete”, de estos, enmascarado por pregonar gesto… Del mismo modo la coincidencia generacional con Manzanares le impedía surcar las mansas, pero procelosas en lo taurino, aguas mediterráneas para ser considerado figura al abrigo y el calor de su litoral donde tantos otros se guarecen: mar afuera y tierra adentro; en secano y regadío… Maestro en el exilio, apátrida como figura, varado permanentemente en puertos bravíos de casta y genio, con dureza de piel y manos, cabezas apuntado a l abdomen como sótano de intenciones, agresividad descontrolada en sus movimientos e instinto asesino en sus pitones, sin más arrecife que su depurada lidia y gran gama de recursos que fueron fraguando su condición de “maestro”, subvertían, sin embargo, sus valores sutiles como artista para discurrir ignorada cualquier labor que hiciera —a veces sin pulir, desubicado, por su falta de hábito- en las ocasiones coyunturales de converger con la nobleza y la bravura, que en tiempos de confusión sobre el toro son conceptos, cualidad la una y condición lo otro, indisolubles como Ortega con Gasset, o Pi con Margall. Lo demás son cuentos portugueses… Por ello, su despedida de Madrid cobra tintes históricos al ser su última tarde, con su zaguero antagonista, la que éste, un toro bravo — y por lo tanto noble y humillando- de ganadería enclasada por origen y concepto, de general destino antitético a su rubro (el de Esplá), de hierro neófito, virgen, en el dilatado currículo del “maestro”, cincelara la rebaba de una épica sólida y maciza, entre maestrante y magistral, según la ocasiones, durante más de tres décadas de profesión, y no suficientemente apreciada, para entregarla a las mulillas de la historia de la tauromaquia como diáfano exponente de la más genuina lírica torera… ¡Vamos!, que cuajó un toro a contra estilo. En el lugar y en el momento precisos. Esplá sintetizó en 20 minutos su tauromaquia de más de 30 años: la obligada por sus circunstancias y la íntima que rumiaba a la espera de un toro posible. Esplá supo y pudo, como tantos toreros tantas tardes. Faltaba querer, Madrid; y Madrid quiso: al toro, primero, y dejó, con su plácet, que el torero subiera a lo más alto. Mutó en transitorio al perenne maestro para acuñarle como figura para la historia. La justicia es lenta, pero llega. De Madrid, al cielo… Una luz al final del túnel. El año pasado por estas fechas Esplá lo vio negro. Tanto que, con cierta amargura, se confesó en la intimidad en términos de haber concluido su periplo en Madrid. El invierno cicatrizó heridas y, aunque los costurones se reflejaban en el espejo, la habilidad de José Antonio Martínez Uranga, empresario de Madrid, consciente de la dureza que barruntaba la temporada, sintió la necesidad de contar con Esplá para Las Ventas y le hizo una oferta a la totalidad: apoderarle en el año de la despedida con lo que aseguraba la confianza del torero en que el ejercicio sería distinto: más de disfrute y menos de sufrimiento. Y así lo anunció en única comparecencia, al final de los ciclos, para revestirlo con carácter de acontecimiento. En principio era función para compartir con José Tomás (que ya se había preocupado de elegir en el campo una docena de ejemplares de una de las mejores ganaderías y tirando “por arriba”). Luego, empresa y José Tomás no se ajustaron y el destino quiso que la despedida de Esplá tuviera colaterales de máximo atractivo como dirimir el cetro de esta feria entre el suceso protagonizado por Morante y el no menos, más por único en todo el serial, realizado por Castella con su salida en hombros. Sin duda la Providencia jugó a favor, pero el olfato del empresario, vapuleado por el conjunto de la confección de San Isidro, cuando diseñó el cartel avala su profesionalidad y tapa bocas… La corrida de Victoriano del Río estuvo presentada “en exceso”; altura, volumen, romana y pitones. Por dentro corría sangre brava con su inalienable componente de nobleza y su voluntad de humillar a pesar de su construcción. Fueron bravos, en general; por lo tanto no fáciles, menos con el viento, el único presente, no invitado, impertinente en tarde en que el público tuvo un comportamiento impecable que de haber sido generalizado -¡vamos, como una afición normal!- no se hubieran perdido, en el lodazal del follón y la bronca diarios, muchos toros y faenas que quedaron en apuntes… Esplá gozó de un buen toro para abrir corrida; pero el alicantino, digno en el trasteo, dosificó, en demasía, sus armas: paz…para después la gloria. Era el cuarto, “Beato”. Toro en el tipo de la corrida, con casta, motor, repetición: bravo (vuelta al ruedo merecida, si no más). Esplá había recogida durante toda la tarde el cariño acumulado por un público que lo ha hecho gozar y padecer. Eligió terrenos conjugando actitud y aptitud del toro y la zona de menor intensidad del viento. El toreo en redondo fue largo, de mecido temple, mandón, ligado y variado y florido en los remates. Al natural, muy natural. Y al final, “cositas” aprovechando los adentros. Todo muy pausado y pautado, muy torero. La suerte de matar la preparó, escrupuloso, sabiendo lo que quería, al encuentro, y resultó casi perfecto. Lo de menos fueron los dos descabellos, con aviso, para coronar una apoteosis que rumoreaba mediada la faena. Esplá entró en La Gloria de los elegidos. Morante colisionó con el viento como contra un muro y de ahí su desconfianza, visiblemente acusada. Castella, fue víctima de su ambición desmedida que le llevó al torpe desafío de Eolo en su primero y a su terquedad de arrollar la razón en el sexto. Todo bajo la impronta de un torero fresco en sus postulados y capacidad y honesto con el público y consigo mismo. Es de los pocos que, por su actitud, sale reforzado de esta feria, proyectado a cotas altas tras su estancamiento del año pasado… Una luz al final del túnel de Esplá que se iba de Madrid sin honores hace un año. Una luz al final del túnel de una feria parca en toros: “Beato” los reivindica. Una luz al final del túnel de una muy mala afición y público trashumante que degrada día a día el prestigio de la 1ª plaza del mundo… Una luz al final del túnel de un San Isidro para apuntillar, que se ha venido arriba con dos fogonazos (Morante y Esplá) de dos toreros distintos para perpetuidad de La Fiesta. Ladran, luego cabalgamos.

Deja un comentario

WP2Social Auto Publish Powered By : XYZScripts.com