18 junio, 2021

SE LOS RECOMIENDO… AMENOS ESCRITOS DE MARIO CARRIÓN.

1ª parte. Treinta y ocho años después: toros en el Ecuador… En una espléndida mañana de aspecto abrileño, característica del clima quiteño, el trece de diciembre del 1956 dos jóvenes matadores españoles

1ª parte. Treinta y ocho años después: toros en el Ecuador… En una espléndida mañana de aspecto abrileño, característica del clima quiteño, el trece de diciembre del 1956 dos jóvenes matadores españoles, ilusionados pero preocupados por lo desconocido, pisaban por primera vez tierras ecuatorianas al descender de un avión de la Panagra que les había plantado en el Aeropuerto Mariscal Sucre. La preocupación no tardó en disiparse al leer la pancarta que nos acogía con un “Posada y Carrión, bienvenidos a vuestra tierra”, y al divisar a Fernando Travesari “El Pando”, que se encontraba entre el nutrido grupo de aficionados que nos esperaba. Fernando era el torero quiteño organizador de la serie de corridas en Quito que marcaría la pauta para el renacimiento de la fiesta taurina en el Ecuador… Esos diestros éramos Victoriano Posada, mi padrino de confirmación de alternativa, y yo, Mario Carrión, quienes veníamos contratados para torear dos de las tres corridas de abono anunciadas. Que poco nos figurábamos cuando abrazábamos al “Pando” que en esa bendita tierra íbamos a encontrar tal éxito en sus ruedos, que sembraría la semilla para que la fiesta renaciera en este rincón andino, y que allí conoceríamos a dos mujeres que causarían el cambio de nuestras vidas… El triunfo en esas dos corridas en la antigua Plaza de las Arenas hizo que nuestras actuaciones se multiplicaran, lo mismo en Quito que en otras ciudades de la nación. Entre Victoriano y yo se estableció una competencia que llegó a su cenit en un mano-a-mano en Quito, en el cual nos repartimos diez orejas entre los dos. Nuestra estancia se alargó hasta marzo cuando Victoriano se fue a cumplir unos contratos en México, que resultaron ser los últimos de su vida profesional, pues volvería pronto al Ecuador para casarse con una joven ecuatoriana, y convertirse en un hombre de negocios en Guayaquil, en donde hasta ahora reside. Yo regresé a España, pero con un contrato en el bolsillo para torear en el Ecuador en la temporada 1957-8. Toreé de nuevo con éxito en ocho corridas, lo que me abrió las puertas para hacer campaña en Perú, Colombia, Panamá y Guatemala, donde entonces se daban corridas. Mi última corrida en Quito la toreé el 13 de abril del 1958, también cortando oreja y ganando la disputada “Oreja de Oro”, donada por el presidente de la república, Camilo Ponce, pues la corrida era en beneficio de los damnificados del terremoto de Esmeraldas. En esta temporada también torearon en el Ecuador los españoles Jerónimo Pimentel, Cayetano Ordóñez, Enrique Vera, Bartolomé Jiménez-Torres y el gran rejoneador Bernardino Landete, los nacionales Manolo Cadena, “El Pando”, y el colombiano Manolo Zúñiga. Además de Quito existían las plazas de Riobamba, Ambato y Guayaquil, todas de una capacidad media, lo que no permitía económicamente el traer a las grandes figuras de entonces. Desde Colombia volvería a torear por última vez en este país a Guayaquil el 4 de enero 1959 con el español Paco Corpas y el peruano Paco Céspedes en el cartel… El éxito de estas temporadas había levantado la afición, y ya entonces supe que se planeaba la construcción de la actual plaza de toros de Quito. El plan se hizo realidad, ya que la plaza fue inaugurada el 5 de marzo del 1960. No pude actuar en ese ruedo, aunque asistí a las primeras corridas como corresponsal de El Telégrafo de Guayaquil, ya que en diciembre del año anterior, cuando me encontraba toreando en Colombia, después de unos meses de casado y al nacer mi primer hijo en Colombia, repentinamente y prematuramente decidí abandonar la profesión de torero que con tanta dedicación había ejercido por diez años… Como Victoriano, en Quito yo también encontré a la mujer que hoy es mi esposa, pero la mía era estadounidense, aunque ecuatoriana de corazón, y con ella y nuestro hijo emigramos a los Estados Unidos, donde hemos vivido por 38 años, y donde yo cursé una carrera universitaria y dediqué 30 años de mi vida a algo tan diferente del toreo como es la enseñanza, y al periodismo y a la promoción de los toros, como hobby. Así para celebrar nuestro primer encuentro a las faldas del Pichincha hace cuarenta años y para yo ser fiel testigo del progreso de la fiesta taurina ecuatoriana, que había seguido por la prensa y había visto en videos, decidimos volver a ese encantador país, que por razones sentimentales y profesionales, tanto ha significado en mi vida… Esperaba en este retorno visitar de nuevo tantos lugares turísticos que existen allí y asistir calladamente a las tres últimas corridas de la Feria del gran Poder de Quito, y con Victoriano, quien me había invitado a pasar unos días con su familia en Guayaquil, ver otras dos corridas que se anunciaban allí, y quizás encontrarme con algún que otro antiguo amigo. Creía que mi presencia iba ser ignorada, ya que mi papel en la revitalización de la fiesta estaría lógicamente borrado por el tiempo. No fue así, pues Victoriano había informado a la prensa de mi llegada y me encontré haciendo un papel activo en la tauromaquia junto a Victoriano durante las dos semanas que pasé en el Ecuador. Se recordó nuestra competencia y, juntos y separados, participamos en varios programas de televisión donde nos hicieron hablar de esos tiempos pasados y comentar sobre el presente. En Quito ayudé a los comentaristas señores Benítez, Castillo y Mosquera con las retransmisiones de las tres corridas últimas de la Feria en “Radio Q” y en Guayaquil actué de asesor en una de las dos corridas. Participé en tertulias con viejos y jóvenes aficionados, los unos que disfrutaban recordando sus experiencias y los otros interesados en la tauromaquia del pasado. Hagamos ahora unas reflexiones sobre esas corridas que presencié en Quito y Guayaquil y sobre el estado actual de la tauromaquia nacional… CONTINUARA.

Deja un comentario