13 junio, 2021

HISTORIA DE LA UNIÓN DE TOREROS DEL ECUADOR.

En los años sesenta, la Fiesta de los Toros atravesaba por una época de esplendor en la ciudad de Quito.

En los años sesenta, la Fiesta de los Toros atravesaba por una época de esplendor en la ciudad de Quito. Los toreros estaban considerados por aquel entonces como verdaderos ídolos populares, la Feria Jesús del Gran Poder se consolidaba de ha poco, y la Temporada Chica organizada por Don Gustavo Herdoíza, director de Radiodifusora Tarqui, despertaba verdadero furor entre la gente, que abarrotaba la Plaza Quito para observar en acción a los pundonorosos chavales que jugaban la vida ante los novillos representando a las diferentes barriadas quiteñas… Consecuentemente, alrededor de este gran ambiente y fervor taurino, se multiplicaba el número de toreros, novilleros, aspirantes, subalternos, picadores, mozos de espada y demás personas vinculadas a la Fiesta. Todos y cada uno de ellos, desde su andarivel y función, configuraban la escena taurina local… Si bien, las plazas de toros y los tentaderos se constituían en el lugar natural en el que convergían los protagonistas del toreo, las plazas públicas, los cafés y una que otra esquina del casco colonial quiteño, se convertían durante los días que no había actividad taurina, en informales puntos de encuentro para que la torería se reúna en sus tertulias… Con gran emoción y nostalgia, muchos profesionales de aquel entonces, recuerdan que su primera sede no oficial, por así decirlo, fue en torno a uno de los puestos de lustrabotas de la calle Chile, en el Portal Arzobispal, en plena Plaza Grande. Aníbal, era el nombre del anfitrión, experto en bacerolas y anilinas, apasionado del toreo, y de quién cuentan, instrumentaba medias verónicas y revoleras al viento con las franelas de abrillantar. Amigo de todos los toreros de la época, en el puesto de Aníbal se congregaba el mundillo taurino de nuestra ciudad a conversar, intercambiar informaciones y crónicas de las corridas que llegaban tardíamente de España, o a organizar las cuadrillas para los festejos venideros. Y claro está, a hacer uso de la famosa sal quiteña para las bromas y las cargadas… Sin embargo, y ante la creciente necesidad de contar con una mejor organización y amparo, en el año de 1971, un grupo de visionarios, encabezados por Pepe Correa, César García, Ricardo Cevallos, Patricio Reyes, Troni II, Silverio I, entre otros, arriendan una pequeña oficina en el céntrico Pasaje Amador, ubicado en las calles García Moreno y Espejo, junto a la iglesia del Sagrario. De esta manera, dicha oficina se convierte en la primera sede oficial del gremio toreril ecuatoriano, cuyo primer presidente fue el carismático Don Pepe Correa… Al poco tiempo, no tardarían en sumarse a esta iniciativa otros profesionales como César Villacís, Gregorio Escobar, Augusto Barreiro, Carlos Parra y muchos más. Al promediar los setentas, la coletería nacional se mudaría a una nueva sede, ubicada unos metros hacia el norte de su antecesora, esto es en la calle García Moreno entre Mejía y Olmedo, en los altos en donde hasta hoy funciona un conocido supermercado local. Sin embargo, durante aquellos primeros años, la naciente organización gremial no contaba aún con estatutos, alcanzando el reconocimiento jurídico pertinente en 1978, contando para ello con el apoyo del Gral. Guillermo Durán Arcentales… Durante la presidencia ejercida por Edgar Peñaherrera, se crean, tras largas deliberaciones, los estatutos que desde entonces rigen los destinos de la Unión de Toreros del Ecuador, entidad que en los años ochenta nuevamente se cambiaría de casa, esta vez a la calle Tarqui, a la altura del parque El Ejido, aunque ahora por poco tiempo, pues en 1986, durante el primer período presidencial de Hernán Tapia, se compra la oficina del décimo piso del edificio Proinco Calisto, ubicada en la avenida Amazonas y calle Robles, en el nuevo centro comercial y financiero de la ciudad. Y es en esta moderna sede, desde donde la Unión de Toreros del Ecuador, ha venido trabajando arduamente los últimos años en pos del beneficio del profesional del toreo, bajo las distintas administraciones democráticamente elegidas a su tiempo por los socios.

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