22 junio, 2021

¿PROFESIÓN?… ROMÁNTICO DEL TORO.

Tú chaval vas para “maletilla” me decía siempre aquel hombre de la tienda de alimentación del pueblo donde me crié…

Tú chaval vas para “maletilla” me decía siempre aquel hombre de la tienda de alimentación del pueblo donde me crié… Algo había en mi interior que me decía que sin ir mal encaminado aquel señor, yo no lo sentía ni lo iba a sentir jamás de esa forma. Realmente en un principio mi sueño era ser figura del toreo. Posteriormente, ese sueño cambió por el de simplemente torear, y sobre todo para mis adentros… Lo que comenzó siendo una forma para intentar ser torero y darme a conocer asomándome a las diversas tapias de tentadero y a las muchas capeas de alrededor, terminó con el paso de los años convirtiéndose en una auténtica forma de vida… Mis piernas fueron durante mucho tiempo, el único medio de locomoción con el que surcaba y recorría tantos cercados, de día… y por supuesto de noche. Cada vez me fui alejando más y más de la vera de mi familia y amigos. Siempre traté de frecuentar los caminos, esperando la buena suerte de encontrarme con algún vehículo que pudiera servirme para hacer más liviana la ruta hacia mi nuevo destino… Capeas, tentaderos, dehesas y cualquier lugar donde poder ver un pitón siempre fueron mi objetivo. Como único equipaje, aparte de mis desgastados vaqueros, mi camisa y mis botos bien “curraos”, fue siempre mi hatillo al hombro, donde llevaba esos chismes de torear, que tantas noches de cielo raso me sirvieron como manta de abrigo para combatir el frío… El idilio que siempre mantuve con el toro, es lo que siempre me dio fuerzas y ánimos para venirme arriba después de soportar los cates tan fuertes que recibí en algunas ocasiones de los serios toros que en las capeas de Castilla se soltaban, así como otros menos consecuentes que vinieron después de algunas noches de luna cuando fui sorprendido en algún prado por el vaquero o el mayoral… Una vez que me reencontré conmigo mismo, no fui fiel a otra cosa que a mi propio corazón. Los Mercedes y las fincas jamás llegaron en mi caso, porque no quise ser torero, pero por el contrario obtuve la riqueza interior que te da el romance con un animal bravo. No quise más que vivir el día a día, y partir después de cada jornada hacia otro horizonte o rincón del planeta donde se dieran toros… Mi grandeza siempre se limitó a las monedas que se amontonaban de vez en cuando en algún capote que pasábamos después de alguna capea algunos compañeros de fatigas y un servidor, y que nos valían para poder tomar un caldo caliente, pegarnos una ducha, y si se había dado bien de verdad, cambiar el duro suelo del campo, por un colchón de lana al menos esa noche, aunque tuviera que ser compartido con otro compañero… Tan pronto estaba en Salamanca, como en Jaén. En Madrid como en Sevilla. En una capea o en una tapia. De luna o en cualquier plaza de toros esperando el momento clave para saltar al ruedo. Esto último, al fin y al cabo, siempre suponía llevar a la boca algo para cenar, y dormir en algo parecido a una cama, eso sí con barrotes de por medio. Hoy, bien entrado en años, tengo claro lo que no he sido ni seré jamás. No fui capa ni maletilla. Ni novillero ni matador de toros. Solo quiero que cuando muera me recordéis como un romántico del toro… Escrito por Javi Villaverde.

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