25 septiembre, 2021

CUANDO SE JUEGA CON LAS ILUSIONES AJENAS.

No está bien eso de jugar con las ilusiones, sobre todo con las ajenas. Y eso, así de crudo, fue lo que ayer hizo la empresa de Las Ventas con los tres jóvenes que se jugaban la carta de la final del 8 Naciones.

No está bien eso de jugar con las ilusiones, sobre todo con las ajenas. Y eso, así de crudo, fue lo que ayer hizo la empresa de Las Ventas con los tres jóvenes que se jugaban la carta de la final del 8 Naciones.
Y es que los novillos que salieron por los chiqueros eran impropios de un evento de ilusiones, como es una final, e impropios de la primera plaza del mundo.
A las Ventas, en mi modesta y humilde opinión, deberían de ir lo más granado de cada ganadería. Deberían de acudir aquellos hierros que estén en mejor forma. Al ruedo venteño no pueden saltar saldos ganaderos. Porque entonces lo que estamos primando es la dejadez, el abandono, y la más absoluta de las vagancias camperas. Si con la ley del mínimo esfuerzo lidio en Madrid ¿para qué voy a subir el listón a la hora de seleccionar? Si el premio ya lo tengo. Es como esos zotes que están creando la ESO, total si con tres suspensos paso de curso…Pues lo mismo, pero en ganadero.
Jugar a matar ilusiones ajenas no es propio de buenos aficionados. O al menos así debería serlo, porque se supone que quién regenta una plaza lo hace desde la afición más absoluta, cuestiones empresariales aparte.
Ayer, ni Mario Aguilar, ni Javier Cortés, ni mucho menos Miguel Hidalgo, que fue de largo el más perjudicado en el sorteo, pudieron cumplir su sueño de salir por la puerta grande, triunfadores, alzados por capitalistas bajo un manto de vítores, palmas y gritos de ¡torero, torero! No fue por falta de ganas de los tres espadas. Simple y llanamente fue por culpa del que les mató la ilusión embarcando seis bueyes, más propicios para el yugo de San Isidro que para la muleta torera.
Y los que hicimos cerca de mil kilómetros, un servidor, Matías Martos y Alberto Rodríguez, preñados de ilusión en la ida, volvimos cansados y abatidos ante tanta insensatez taurina. Menos mal que nos quedó el regusto de la gratísima compañía de nuestra compañera Esther Sotoca, que nos acompañó junto a su amiga Ana Torres, buena aficionada al toro y al caballo.

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