21 junio, 2021

QUINTA CORRIDA DE LA TEMPORADA DE LA PLAZA DE TOROS MÉXICO.

Domingo 6 de diciembre del 2009. “El Payo” se arrima toreando con verdad y corta tres orejas. Toros: Cinco de “San Isidro”, gordos, mansos y pobres de pitones. Uno de “Los Ébanos” que hizo quinto, también manso y feo.

Domingo 6 de diciembre del 2009. “El Payo” se arrima toreando con verdad y corta tres orejas. Toros: Cinco de “San Isidro”, gordos, mansos y pobres de pitones. Uno de “Los Ébanos” que hizo quinto, también manso y feo.
Toreros: Miguel Espinosa, “Armillita Chico”, reapareció después de cuatro y pico años con un pobre resultado. En el segundo de la tarde mató de estocada baja, trasera y tendida para escuchar una silbatina durante la faena y silencio al final. En el cuarto, mató apresuradamente de media en el rincón y volvió a retirarse en silencio al burladero de matadores.
Cayetano Rivera Ordóñez, confirmó la alternativa. Al que abrió plaza lo pasaportó de casi tres cuartos en buen sitio y salió a agradecer la ovación en el tercio. En el quinto, se quitó de enfrente al bicho con casi media trasera. Agradeció la ovación en los medios al morir el toro y después salió al tercio con fuerza.
Octavio García, “El Payo”, faena al natural de muchos riñones, estocada entera y dos orejas en su primero. En el sexto cobró una entera al primer viaje, y a pesar del absurdo aviso, paseó una oreja.
Entrada: casi quince mil en numerado, en tarde con viento.
Los tendidos de sombra en la “Plaza México” estaban casi llenos, había expectación por ver al nieto del gran Ordóñez, al hijo de “Paquirri”. No obstante, el encierro de “San Isidro”, parchado y sustituto del de “Arroyo Zarco” –que fue rechazado en el reconocimiento-, no contenía un solo bicho bravo. El de “Los Ébanos”, segundo de Cayetano, fue igual o peor en cuanto a bravura. De lámina ni hablar, en otros tiempos se les hubiera anunciado como desechos de tienta bien graneados.
Cayetano estuvo en torero toda la tarde, lástima que no tuvo enemigos a modo. Bueno, con esos mulos nadie hubiera podido hacer más. En el de la confirmación, de nombre “Sentimiento”, llevó al caballo por tapatías andantes, algo que se agradece como homenaje al gran Pepe Ortiz. Quitó por tafalleras entre las cuales hubo una digna de un cartel y remató con un farol de sabor muy cordobés.
Parecía que el torillo tenía fuelle, pero después de que Cayetano se dobló elegantemente con él y le enjaretó una tanda de excelentes derechazos, el animal dijo: ¡me rindo! y se dedicó a buscar la puerta de toriles. Cayetano mostró paciencia, sitio y gusto, pero el triunfo serio está en elegir otro tipo de ganado para estas presentaciones en sociedad. Merecida fue la ovación en el tercio, prueba de que el torero peninsular cayó de pie ante la gente del D.F.
El quinto, un sobrero que no era del hierro titular y que era bastante poco agraciado de estampa, el torero de estirpe rondeña estuvo bien con el capotillo en los medios. Luego brindó al respetable y sometió al toro con uno de la firma antológico por el pitón izquierdo y un cambio de manos por delante. Vinieron después ocho derechazos largos y jaleados. Al rematar de pecho la tanda en la distancia mínima, el cornúpeta se lo echó al lomo.
Todavía el hijo del gran torero de Zahara de los Atunes logró otra tanda de pases por la derecha de gran mérito, pero, nuevamente, la res había acabado de estar. Otra ovación y salida clamorosa al tercio. Creo que si Cayetano venía a demostrar su valía, no defraudó a nadie.
¿Qué le puedo contar a usted del regreso del hijo menor del Maestro Fermín?.
Pues que en su primero pegó un gran muletazo al natural, y en su segundo instrumentó cuatro o cinco derechazos con un temple envidiable. Sólo eso y nada más. Estos detalles de clase marcaron siempre su carrera, pero de detalles no están hechas las figuras. Y ahora que pesan los años, estorba la barriga, y las patitas no se quedan quietas, la cosa se pone color de hormiga, sobre todo cuando el respetable se burla del torero y le recuerda que tiene que vérselas con un monstruo de mil cabezas muy mal amaestrado.
Vamos a lo más importante. “El Payo” salió a jugársela y a torear con verdad. En el tercero comenzó la faena de muleta con un cambiado por la espalda a la mínima distancia, sin mover un milímetro las zapatillas y tragando como los buenos. El toro le miraba una y otra vez, se quedaba corto y probaba, probaba, sin humillar nunca. Octavio hizo una faena al natural de torero sabio y valiente, completando cada muletazo con un juego de muñecas pasmoso si se toma en cuenta que estaba toreando en la cuna. Ya con el toro dominado, remató su labor con una tanda de largos derechazos que pusieron de pie a la afición.
Es fácil ponerse a merced de los lugares comunes, sin embargo, no podemos sustraernos a decir que “El Payo” toreó rifándosela, sin pasitos ni trampas, con entrega y con pundonor. Sabedor de que se le había escapado el triunfo en sus anteriores comparecencias en el país por no matar decentemente, el queretano se tiró a por uvas con todo y cortó dos orejas que nadie podía regatearle. Está visto que los alumnos de “Tauromagia” son el tanque de oxígeno que necesita esta Fiesta mexicana.
Cerró plaza un burel sospechoso de pitones y que tenía la agilidad de un sofá desvencijado. Mas enfrente tenía a un torero con hambre. “El Payo” tuvo un gran detalle con el capote: enceló con la montera al de “San Isidro” y le pegó unas chicuelinas maravillosas.
Brindó al público y procedió a meter las zapatillas en la montera para endilgarle al morito tres espléndidos cambiados. El segundo fue sencillamente enorme por el aguante y el temple. Por arrimarse en miles de cambiados más para rematar tandas prácticamente inexistentes, el de negro le pegó dos volteretas pavorosas. Nada que criticar, pues había que exponer y tratar de provocar la embestida aun a costa de la paliza. Volvió Octavio a matar con todas las de la ley, pero el bicho se amorcillo y tardó en doblar. Oreja pedida y oreja concedida, como debe ser.
Dice el fabuloso escritor Allen Josephs que: “… en la inmutable utopía del ojo de mi mente, en illo tempore de la memoria, todavía puedo ver –como de hecho, lo vi una vez- a un hombre solo, a un matador inmóvil, parado en el centro de una plaza en éxtasis… y el hombre, el matador, se enreda al toro, y se lo enreda otra vez por la cintura en arcos inconcebiblemente lentos y sucesivamente más largos…”.
Algo así nos ofreció “El Payo” en esta tarde.

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