17 septiembre, 2021

VIVENCIAS DE MEDIO SIGLO: EL AÑO 1959, EL DE MI SILENCIOSO ADIOS AL TOREO ACTIVO.

2ª PARTE. En Calarca, un pueblo del departamento de Caldas, en Colombia, actué en una corrida mixta el 22 de marzo, alternando con el novillero colombiano Jansen Herrera lidiando toros también colombianos;

2ª PARTE. En Calarca, un pueblo del departamento de Caldas, en Colombia, actué en una corrida mixta el 22 de marzo, alternando con el novillero colombiano Jansen Herrera lidiando toros también colombianos; y al mes siguiente, el 23 de abril, toreé en Guatemala en un mano a mano a mano con “Joselillo de Colombia”, enfrentándonos con toros mexicanos de “El Rocío”. Entonces ocasionalmente se daban toros en Guatemala. En esta ocasión se había organizado una feria con un abono de tres festejos con motivo de estar celebrándose en esa capital un congreso de mandatarios centroamericanos.
En ambos festejos obtuve trofeos, y sobretodo me encontraba muy a gusto y fácil delante del toro. No obstante, mi desanimo aumentaba, pues intuía el porque la satisfacción temporal de un triunfo me duraba poco, ya que sabia por mis últimas experiencias que esas orejas y buenas faenas me servirían para poco. Además, aspiraba a triunfar, no en lugares como en lo que acaba de hacerlo, sino en las ferias importantes del mundo taurino y compitiendo con las figuras, como en ocasiones antes lo había hecho. Este pensamiento negativo seguía arrullando en mi mente, especialmente cuando al volver de Guatemala a Cali, en mis conversaciones con el diestro ya retirado Jerónimo Pimentel, quien en América había comenzado sus andanzas como taurino, y había actuado informalmente como mi representante, me comentaba que en esos momentos que el supiera no se estaban organizando corridas en Colombia antes de la temporada invernal, en las que yo pudiera meter cabeza, y que para esas ferias, como era la norma, los empresarios traerían a las figuras y novedades que habían estado triunfando en España.
En cambio, en esos mismos días Sally me dio la alegría del siglo al confirmarme lo que ya ella sospechaba, que para noviembre íbamos a ser padres. Entonces después de hacer los arreglos necesarios para instalarnos en Cali, a principios de mayo volé a Guayaquil para recoger a Sally, quien se encontraba allí con mis suegros. En unos días volvimos juntos a Cali para continuar viviendo esa luna de miel que habíamos interrumpido en marzo.
En Cali, las preocupaciones profesionales se aminoraron algo ayudado por la ocupada vida familiar y social que llevábamos y por el notar con orgullo paternal como crecía en el vientre de mi mujer el futuro ‘carrioncito’. No obstante, compaginaba los placeres familiares con la esperanza de que pronto tuviera ocasiones de volver a los ruedos, por lo que seguía entrenando y toreando de salón diariamente y de cuando en cuando en los tentaderos. Pero la espera se alargaba demasiado, hasta que en octubre por fin me vi anunciado para torear, no en una corrida de toros como ambicionaba, sino en un festival.
Esto sucedió en Armenia, Colombia, el 14 de octubre del 1959, fecha que nunca olvidaré. Compartí cartel con mi paisano y buen amigo Jerónimo Pimentel, el diestro colombiano Enrique Trujillo y la entonces novillero “Morenita del Quindío”. Mi actuación con el bien presentado utrero fue descrita así en un diario caleño:
Mario Carrión: que alegría, que estilo y que finura de este torero nacido en Andalucía; que buen sabor dejaron sus lances con el capote, el público los captó y los aplausos se escucharon largamente… Con mucha quietud y clase hizo toda la faena el sevillano con la muleta, que gracia le imprime a su forma de hacer el toreo. Los naturales, derechazos, ayudados, esos recortes vistosísimos, la forma de llevar al toro con un abaniqueo perfecto, es decir todo lo que hizo con la muleta, causó un continuo toque de palmas de los aficionados que estaban presenciando una de las escasas buenas faenas que se le puede ver a un torero. Después de un pinchazo, dejó una estocada de efectos mortales. La presidencia le concedió una oreja y con ella dio dos vueltas al ruedo en medio de las fuertes ovaciones que le tributaba el público.
Y esta fue la ultima crónica de un festejo en que participé que apareciera en mis álbumes, porque al llegar a Cali, besando a mi mujer, que ya mostraba la robustez del embarazo, le dije cariñosamente a ella algo que ella sabiamente nunca me había pedido: “Mi Gorda, ya no tienes que preocuparte por mi más, ayer toreé por última vez en público”. Y así ha sido.
Epilogo: la otra vida.
Afortunadamente esto de ‘la otra vida’, no se refiere a que vaya escribir mi epitafio, pues por ahora no lo creo necesario, ni tampoco planeo escribirlo alguna vez, sino a que voy a expandir estas remembranzas resumiendo lo que fue de mi vida después del momento de dejar pasmada a Sally con el anuncio de mi retirada.
Nuestro hijo nació en noviembre en Cali, Colombia y en diciembre nos mudamos a Guayaquil, Ecuador, para estar cerca de la familia de Sally.
Entonces, mi intención en principio era rehacer mi vida en Ecuador en donde debido a mis actuaciones triunfales en ese país, contaba con muchos amigos y tenía buenas conexiones que me podían facilitar el rehacer mi vida, sin estar envuelto profesionalmente en el toreo. Algo tenía que hacer para ganarme la vida, pues no había ganado el capital suficiente para comprarme una finca y luego vivir de las rentas, como hacen muchas figuras del toreo cuando se retiran. Por lo tanto, aproveché una oferta de un amigo para comenzar casi inmediatamente un empleo como representante de una compañía de importaciones.
El trabajo lo encontré fácil, pues era cuestión de relacionarme con los clientes. Ahora bien, viviendo en un país taurino, por momentos se me hacia más difícil borrar de mi mente el toreo. Como no había anunciado mi retirada, cada vez que me encontraba con amigos o aficionados, me preguntaban que cuando toreaba, y al yo contestarles que nunca más, no me tomaban seriamente. Incluso yo mismo, al igual que mis interlocutores, empezaba a dudar de mi lógica decisión, pues ‘el gusanillo’ de la afición, que yo estaba intentando ahogar, se me revolvía en las entrañas pidiendo toros y haciendo más difícil que yo me reconciliara con la idea de vivir sin torearlos. No era fácil.
Entonces, vi una salida a esta encrucijada, que fue emigrar a los Estados Unidos, el país de Sally, en donde, lejos del mundo del toro, mi inquieto ‘gusanillo’ tendría una muerte natural fuera de su ambiente. Además, allí planeaba proseguir una carrera académica, a lo que desde mi reciente retirada aspiraba, y que sabía que era lo que a mi difunto padre le hubiera gustado que hiciera. Así que en junio del 1960 nos fuimos a residir a las afueras de Baltimore, en donde la familia de mi mujer ya vivía.
Después de tomar unos cursos de inglés, ingresé en la Universidad de Maryland, donde completé licenciaturas de Literatura y de Sociología. Mientras tanto había comenzado a enseñar español en un instituto, y compaginando la enseñanza con los estudios, obtuve una maestría en Educación de Idiomas Extranjeros.
La enseñanza para mí fue una vocación más que una profesión que llenó parte del vacío que había dejado el toreo, y por treinta años me recreé educando y enseñando español. En esa carrera encontré el éxito, ya que, pronto llegué a ser jefe del departamento de idiomas y supervisor de estudiantes de pedagogía en varios institutos del Condado de Baltimore, contribuí a escribir los programas de enseñanza de español, y también impartí cursos de español y cultura hispana en varias universidades comunitarias.
Además, o principalmente, he tenido la suerte de llevar una vida familiar feliz y de ver crecer y triunfar en la vida a mis hijos, el mayor que nació en Cali y el menor que nació en Baltimore, y de disfrutar con ser abuelo de cuatro saludables y adorables nietos.
Ahora bien, el toreo no lo dejé completamente atrás como pensaba iba ocurrir en los Estados Unidos, ya que después de poco más de un año de vivir por aquí, en la revista dominical del diario BALTIMORE SUN se publicó un artículo ilustrado con fotos que hacía público el hecho de que “un español residente en Maryland, casado con una chica americana, había sido un famoso matador”. Esto puso el foco en el ‘bullfighter’ de un público que mostraba interés en conocer sobre el polémico sujeto de ‘bullfighting’; y luego en el matador-profesor que enseñaba español localmente. Este artículo tuvo eco en otros medios de comunicación motivando a que se escribieran otros artículos sobre el tema, a que se me hicieran entrevistas, y a que fuera invitado a aparecer en varios programas de televisión, y hacer presentaciones sobre el toreo, o escribir artículos sobre mis experiencias.
En mí, esta atención revivió la pasión por el toreo, que a conciencia creía había reprimido, pero que latía dentro de mí solo adormecida. Este despertar, primeramente, solo tuvo un cariz académico pues mis presentaciones y escritos me motivaron a investigar el aspecto histórico y cultural de la tauromaquia para seguir informando acerca de los toros. En cambio, en el verano del 1992, invitado por un amigo, fui a México en donde, después de treinta años de no haber dado un pase a un animal bravo, tuve la falta de sentido común de torear unas becerras. Como noté que no se me había olvidado como hacerlo y que ahora me satisfacía una enormidad, y considerando que ya por ser un sesentón solamente el pensar en volver a los ruedos hubiera sido una locura quijotesca, me sentí libre para al retirarme de la enseñanza en 1993 seguir muy de cuando en cuando dando pases a becerras e incluso a unos utreros.
Así que por pura casualidad, primero el profesor encontró una salida para expresar su afición usando su adquirida experiencia pedagógica, y luego el viejo matador usó su maestría taurina para practicar en privado y por pura afición su arte en los ruedos campestres.
Sin embargo, a pesar de haber llevado una vida post-taurina muy positiva de la que me siento muy orgulloso, ha habido muy contados momentos cuando el gusano que creía completamente ahogado me ha fastidiado, obligándome a pensar en lo que mi excepcional amigo y compañero Victoriano Posada me expresaba hace unos días en un mensaje. Este buen torero salmantino fue mi padrino de confirmación de mi alternativa en Madrid, y con él en la década de los cincuenta compartí varias tardes triunfales en los ruedos españoles y ecuatorianos. Además, como yo también se casó en Ecuador, y allí continua residiendo. Con Victoriano me mantengo en contacto a través del Internet, y para cerrar este epílogo me tomo la libertad de citar en parte lo que mi amigo me confesaba en el mencionado mensaje, lo que coincide con mis sentimientos:
…no me quejo de casi nada de lo vivido, y digo casi nada, pues hay algo…que me duele, y es el haberme retirado demasiado pronto de nuestra adorada profesión. No me lo perdono Mario, y eso me seguirá atormentando hasta la tumba con mucha pena y sentimiento. Creo que exagero un poco, pues soy hombre jovial y alegre a pesar de todo, pero no cabe duda que cuando me acuerdo de lo expuesto, me pongo sentimental… por haberme retirado tan joven y con oportunidades de poder recuperar un puesto aceptable en la torería andante de nuestra época. Creo que tu historia tiene algo parecido a la mía, pues tanto tu como yo nos retiramos en la misma época y con muchas oportunidades por delante, ya que no nos retiramos fracasados sino por aquello de habernos casado enamorados y querer vivir una vida de hogar como Dios manda. Claro que mereció la pena, pues ambos encontramos a dos estupendas mujeres que nos aman y con las que hemos formado una familia muy feliz y eso vale oro amigo mío.

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