“LE PUÉ DESÍ AL MUNDO QUEL MEJOÓ, QUEL PAPA SUMO DE TÓOS LOS PONTIFISIES DE LA TOROMAQUIA ES PABLO”.

A pesar del complejo y desmadejado léxico del español con quien me había enfrascado en torturante diálogo le pude entender. Así, sorprendido con la vertiginosa espectacularidad sonora de su verborrea, no pude negar la simpatía de sus argumentos. Ningún trabajo le costó convencerme que Pablo Hermoso de Mendoza es la perfección y excelencia del toreo a caballo.
Me llamó la atención que el turista hispano dijera que la afición mexicana es joven, razón por la cual, según él, no asocia la importancia del toreo a caballo con la historia misma de la tauromaquia. Jactancioso, más no petulante, alardeó de las innumerables vueltas que le ha dado al calendario. “La edad me ha permitido ver tanto allí, y tanto allá, que los nexos con la veteranía me han pulido y perfeccionado la cualidad de ver, y con lo que he visto te puedo decir que Pablo es un fenómeno del toreo a caballo”.
Don Justo, que así se llama el gracioso madrileño, se ufana de ser morador de una carrocería quejumbrosa y oxidada que vive gracias a la fortaleza de un corazón brioso y puntual. “Soy ruco, pero me siento joven, por eso te digo que la afición mexicana es tan joven que en su nebulosa confusión no sabe distinguir todavía un toro de un novillo”. “Que uté me cae bien, me dijo, porque me deja desí reparos sin repulsa…” Y lo dejé hablar. Y habla que habla volvió a las andadas.
Para facilitarle al lector prefiero escribir con la traducción ya formalizada. “En México, lo dijo sin afanes de ofensa, lidian toros jóvenes, y eso le quita la recia raigambre a un espectáculo maduro, y ese es otro vicio de la afición joven, tan joven que no se dan cuenta del garrafal error de tener al espectáculo del toreo como una ruina de diversión amontonada”.
Y siguió habla que habla. Mejor le cuento otras de sus ideas revolucionadas que me sorprendieron por su aliento de renovación. “El mexicano es comodino. No entiendo cómo es que suponen que el mejor asiento para ver el espectáculo está en su casa, atento a la televisión. Al toreo hay que verlo en su dimensión real, al calor de las llamas del sol, a la intemperie, oliendo a toro, y al miedo del torero. La pasión no tiene coladeras amigo”.
Y siguió habla que habla. “En México están adormilados, dicho sea con todo respeto, pero es que no puede ser que a los toreros veteranos nadie los orille al vacío del retiro. No entiendo cómo es que en México la juventud no es la socia mayoritaria del banco de la renovación. En mi tierra las voces del cielo llaman a la juventud, y cada año salen toreros paladines. Ya es tiempo que en México dejen hablar a la juventud. Me parece un contrasentido que siendo la afición de México joven no sea la juventud la que imponga brío y mando”.
Aún así, de muy buena gana aceptó don Justo acompañarme a ver por la televisión la actuación del fenómeno, don Pablo Hermoso de Mendoza, y otros dos toreros en la México la tarde de hoy. Así lo dijo: un veterano con guasa (El Pana), y un chaval que ni conozco (José López). “Pero en fin, ¡vamo a ve”!.
Luego le platico más de este personaje que viene a Aguascalientes desde Madrid a vender el amarillo para las paellas. Aunque usted no lo crea.

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