20 septiembre, 2021

A LOS NOVILLEROS NO LES QUEDA OTRA MÁS QUE ENTREGARSE EN EL RUEDO COMO ENAMORADOS.

ARRASTRE LENTO… Siempre he sentido admiración, y hasta cariño, por las personas que con humildad han sabido reconocer sus errores. Y me han caído bien esos seres que amigablemente, sin escándalos teatrales, sintiéndose extraviados en la oscuridad del dolor, atinan a recomponer el rumbo a partir del influjo del arrepentimiento.

ARRASTRE LENTO… Siempre he sentido admiración, y hasta cariño, por las personas que con humildad han sabido reconocer sus errores. Y me han caído bien esos seres que amigablemente, sin escándalos teatrales, sintiéndose extraviados en la oscuridad del dolor, atinan a recomponer el rumbo a partir del influjo del arrepentimiento.
Si bien el arrepentimiento, entendido como factor de purificación, puede ser una opción saludable para los seres acongojados, para los toreros es una flama, a veces convertida en llama, que nunca se apaga. Siempre arde. ¿Para qué les sirve el arrepentimiento de no haberse arrimado en las tardes clave? ¡Para nada!
Les serviría a condición de que, teniendo oportunidades nuevas, puedan dar objetivamente con el sendero cuesta arriba. Quienes han tenido la ocasión de reconocer que perdieron una batalla por no arrimarse, más no la guerra, cuando han reaparecido le imprimieron un sello tan especial, impregnado casi siempre de objetividad visible –valor, entrega, derroche, entusiasmo, enjundia, ansias, gula de triunfo, voracidad de vanidad- a su proceder que podría asegurase que aprendieron la lección.
Me queda claro que el arrepentimiento tiene un cierto sentido de utilidad moral y psicológica personal al reforzar la tendencia a evitar en el futuro el hecho que lo produjo. Lo que me parece turbio es la necedad de clamar consuelo una vez reconocido el “petardo”. Y es que cuando veo a un torero arrepentido lamentándose por lo que hizo, o dejó de hacer, me da la impresión de estar viendo a un tipo parado sobre su propia cabeza.
De ahí que, dentro del campo de observación a la que se dedicarán mis ojos y mi espíritu en la tarde de hoy, entenderé las excusas formales con las cuales los tres novilleros podrán argumentar su falta de pericia y habilidad pues finalmente son estudiantes de una materia en la cual la maestría tarda en llegar. No entenderé que su proceder quede asentado en los perfiles de las dudas y los tropiezos anímicos.
Entendido lo tengo, y lo doy por hecho consumado, como para que a partir de él tenga en lo personal una visión más completa del mundo del toro, de que los móviles psicológicos subconscientes mandan en las acciones libres y voluntarias de los toreros. ¿Por qué no se arrima y entrega un novillero si sabe que es el único camino objetivo que le puede abrir las puertas de la gloria?
Así las cosas, me causan simpatía los novilleros que saben reconocer que a su falta de entrega le sucede una severa y grave sanción: que los empresarios y los taurinos no vuelvan a creer en ellos, negándoles futuras oportunidades. Y me simpatiza su gesto de madurez pues antes que viciar sus conclusiones, han sabido reconocer que tanto los premios como los castigos en el toreo son consecuencia de la actitud y disposición –responsabilidades personales- para merecerlos. Así de simple.
Y mejor me caen todavía cuando aceptan que la suerte, siendo poderoso factor de influencia, no puede ser sino un intermediario accidental en un proyecto individual: la suerte no puede evitar el serle fiel a la vocación y a la responsabilidad.
Por eso no importa que hoy los chavales en la novillada muestren verdor, ah, pero que, a cambio, su entrega y disposición sea tan contundente que no quede espacio para el malsano arrepentimiento, muy común en los toreros que no supieron dar con la puerta a la verdad moral y emocional de su proyecto.
arrastrelento@gmail.com

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