ADIOS A LOS TOREROS CON PERSONALIDAD QUE SUPIERON TRIUNFAR EN LOS RUEDOS HACIENDO EL RIDÍCULO.

ARRASTRE LENTO… De que los hay los hay. Pero en estos días son infrecuentes. Y no dudo que, de aparecer de nuevo los toreros con ese perfil, grandes beneficios económicos traerían al espectáculo que ciertamente, en ausencia de un morbo atrayente, en momentos adormece en una insana monotonía.
Lo cierto es que fueron borrados los personajes –toreros- que al despedirse de ellos la musa de la inspiración, quedaban reducidos al más cruel de los ridículos. Era el miedo, sultán y emperador de lo sorpresivo, quien les daba un aire de originalidad a su proceder. Nadie se parecía a ellos. La huída violenta de estos toreros en el ruedo se convertía en iracunda diversión para los espectadores. Y aunque ya intuía el parroquiano que así podría suceder, por lo regular los despedía con rabioso desengaño.
Pues sí, y aunque no sé si sea para bien o para mal de la Fiesta, ya no hay toreros a los cuales, una vez identificados, la gente iba a la plaza a verles debidamente preparada para mofarse con despiadadas injurias abucheándoles con crueldad. El escándalo que causaban era mayúsculo. Y tan favorecidos eran por su propio destino –mal pergeñando estas líneas me viene a la mente el famosísimo, singular e ilustre don Luis Procuna- que a sus fracasos los convertían en un espectáculo sumamente divertido.
Ya no hay de esos toreros. También fueron borrados del elenco.
Y había una secreta complicidad entre los actores –subalternos- para defender a estos tipos que, en la cúspide de su genialidad, se hacían merecedores de misericordia: sólo quien tenía como espectador ojos para verlas, se daba cuenta de las malas mañas que aplicaban con piadosa utilidad en beneficio del toreo en apuros.
Cuántas veces las cuadrillas casi mataban -o de plano los mataban- a los toros apuñalándolos traicioneramente con los estoques que con habilidad escondían en el percal de los capotes. Cuántas veces el peón de brega, cuando no el mozo de espadas o su ayuda, herían a los toros en cualquier lugar, preferentemente en el pescuezo, cuando las reses se aproximaban a las tablas o a los burladeros.
Cuando la gente se daba cuenta de la impía masacre la indignación orquestaba la sinfonía de mentadas que cualquier árbol genealógico se estremecía hasta en sus raíces. Y como ya era muy tarde para evitar el escándalo, la ira de la multitud se convertía en espectáculo de improperios. Y más espectacular resultaba la función cuando eran vanas las amonestaciones de la Autoridad.
Caso aparte, recuerdo cuando el novillero Keko Salinas, actuando en la plaza México en la temporada en que “rompió”, dándose a conocer espectacularmente Efrén Adame, armó tal escandalera con sus huidas y destemplados intentos por quedarse quieto que, captado por el audio ambiente de los micrófonos que elevaba de categoría don José Alameda, el monólogo de reproches de su apoderado lo escuchó el televidente como un infamante rosario de insultos.
En fin, así está el espectáculo del toreo moderno: viendo pasar en rápido tropel la cantidad de recuerdos que, cuando los evoco, parecen espectros robados a las tumbas que corren burlescas para cerrarse ellas mismas y no dejar escapar a esos personajes que hoy son faltantes sustantivos de la Fiesta.
Y mire usted que todavía hay toreros con un miedo tan pavoroso que causarían el mismo escándalo si fueran conocidos: pero lo son sin tener ni pizca de personalidad como para triunfar haciendo el ridículo.
arrastrelento@gmail.com

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