ALEJANDRO LÓPEZ VEÍ UNA LUCECITA ALLÁ LEJOS: HOY LA VE AGRANDARSE Y TAN PRÓXIMA QUE LO INCENDIA.

ARRASTRE LENTO… Los airosos recuerdos bellamente estremecidos me levantaron de la cama con el ánimo dispuesto para asistir al jardín de San Marcos y hacerme uno con el recuerdo de aquellos paseos y audiciones matinales que, conocidos como mañanitas, y con larga historia que las explique, se han venido realizando en el añoso parque.
A pesar de que el jardín es el mismo que aquel que se sembró en el año de 1831, cercado en usu inicios con una espaldera de rosales y que con el paso del tiempo éste junto a su balaustrada, los que le dan un carácter propio a la Feria y a la ciudad, y el tiempo le ha deteriorado el semblante de frescura, algo se agitó en mí.
Una agitación que la gruesa nube de la edad va ciñiendo y ahogando con impiadosa terquedad. El sentimiento tonal de mi memoria no fue el mismo.
Algo similar me sucedió al asistir a la novillada realizada ayer en la recoleta San Marcos. Comprendí que cubierta mis ojos con el cabello gris de mis recuerdos ya no podré mirar el pasado como lo veía apenas hace un lustro. La plaza parece otra siendo la misma. Su afición –sumados a la cauda de espectadores y curiosos eventuales– es otra a la de hace cincuenta años.
Pero hay algo que no cambia: la facilidad con la que la asamblea se entusiasma. Ayer por ejemplo, ante los iniciales alardes de Michelito, le aplaudó fuerte, agradeciéndoselas, su disposición y entrega. Y también vitoreó a López –Alejandro- luego de esas magníficas tandas de derechazos que instrumentó con asentamiento y pulcritud a su primero. Para su fortuna le tocó un lote que le dio la oportunidad de demostrar que el temple también es asunto de su propiedad, y con la determinación y el entusiasmo que le caracteriza, en medio del animado jaleo colectivo, cortó dos orejas al novillo que cerró plaza.
Así las cosas, y estando en la plaza, ayer comprobé que por nuestras venas corre el profundo anhelo que tenemos como aficionados por encontrarnos con una juventud con ideales de héroes. ¡Cuántas ganas tiene la afición de aplaudir, hasta quedarse mancos tal vez, a los nuevos toreros que nos hagan olvidar la intensidad de los recuerdos.
Lo cierto es que a la gente que va al espectáculo no se ha olvidado de aplaudir a los novilleros que luchan por emprender el vuelo en el mágico horizonte del riesgo y el arte.
También es cierto que no atino a adivinar cuál será el camino para que un torero tan menudito y bajito como el maya Michelito Lagravere llegue a ser como esos pinos tan altos que los miman las auroras, los abonan las aves, los bañan las gotas de los rocíos, y los purifican en aseada ceremonia las lágrimas de los poetas. Lagravere, siendo merecedor de un respeto absoluto por su valor y afición, pierde consistencia admirativa cuando su dimensiòn física no encuentra la medida lógica para realizar el ajuste perfecto en las obras de arte del toreo.
Para su noble enfermedad le espara la medicina del tiempo. Por ahora hay que reconocerlo, y no como limitante, queda claro que es su propoción tan pequeña lo que, convirtiéndolo en algo llamativo y espectacular, acapara la atención de los aficionados que, al menos así se vio ayer, no se deja engañar tan fácilmente, y vaya, ¡hasta le pitaron en su segundo!.
Por cierto, ¡qué buena novillada!. De dulce y miel, ideal para bordar el toreo de hondura y calidad.
arrastelento@gmail.com

Deja un comentario