ARROYO HONDO SELLÓ LA TARDE… EFRÉN ROSALES, DOS OREJAS POR SU POSTURA.

La bravura es una característica genética que delimita los valores taurinos, los evalúa y los aprueba o los reprueba, y es propia de la raza de los bovinos de lidia.
Ayer en la tarde en el coso Monumental, que en su catarata de albos escaños recibió a una de las más malas entradas que se recuerden en toda su historia de funciones oficiales, el criador de Arroyo Hondo, pundonorosamente, desembarcó un encierro muy bien presentado de seis ungulados cabales, enteros, de cuajo indiscutible, rematados y, lo mejor, bravos, equilibrando las generales zootécnicas morfológicas con las genealógicas.
Aquellos cuadrúpedos, altos, largos, bien armados y bellos de lámina fueron a las corazas de los empetados celosamente, recargando debajo de los estribos todos y, aún, dejándose ver mejor el primero, segundo, cuarto y sexto.
Sí… la fiesta brava tiene estas entrañas, mejor o allá… como grito ancestral, en la casta… la que no quieren las figuras, figurines y figuretes porque, incapaces de desmenuzar la emoción que produce un animal de lucha, prefieren la mansedumbre disfrazada de nobleza y el aplauso de una tarde y no el de toda la vida, el superfluo y no el hondo.
El cuerpo sin vida del segundo novillo se arrastró al paso lento del tronco de percherones, en tanto que los aficionados diamantinos tronaban las palmas con euforia, de verdad, en reconocimiento del desempeño del zacatecano bicorne. Fijo, atento, bravo y noble, puede ser el astado de la feria.
El cuarto deslumbró de todo: pigmentación, lámina y casta; una bravura noble, que no dejó incomodidades al presunto lidiador. La testa, adornada de un par de pitacos decentes, la llevaba fija en sus acometidas, sin que incomodara al que se le puso delante. Siempre estuvo atento a todo movimiento del engaño y atacó cuantas veces se le insinuó.
La salida a hombros habría sido para el criador, José Miguel Llaguno, en un coso que tuviese una pirámide ética distinta a esta que se inclina por lo fiestero y banal -sin dejar, algunas veces, de reconocer lo auténtico-, pero en esta tarde apenas dio la vuelta al ruedo junto a Rosales, que bien aconsejado por una parte de la prensa especializada, le invitó a compartir la gloria luego de la muerte del formidable sexto.
Alberto Valente no pudo con los de su lote. El primero resultó adquirir la etiqueta de menos potable del encierro y, en desgajo de ello, hizo una labor sin trascender. En su segundo toreó con la capa a la trágala y armada la muleta se observó sin sitio, descolocado e incapaz. La suma de su actuación quede de este modo: Silencio y absurda oreja.
Carlos Rodríguez (Al tercio en ambos) tiene envoltura de buen torero, sin embargo carece de sustancia; muchas posturas y escaso asiento. Dejó ir a un novillo para consagrase, el primero de su lote, y al segundo, que pasó sin problemas, le toreó huecamente, desunido y flaco de savia.

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