AUNQUE RECHAZADA POR UN SECTOR LA PRIMERA OREJA DE ORO A LA BIOGRAFÍA DE GERARDO ADAME.

Eso aconteció; cuando dobló el cierra plaza la mayoría de los reunidos en gradas –que hicieron más de un cuarto de entrada- flamearon albos pañuelos en demanda de la oreja, y una vez concedida muchos la rechazaron. Esto no quita la verdad de que resultara formidable el número capotero de Gerardo Adame quien en las verónicas dejó ver claros los tiempos de la suerte para en las tafalleras aguantar juncalmente las embestidas. Y cuando, ya en el tercio decisivo, el burel fue a menos, el joven fue a más: aguantó los parones tranquilamente y desgajó muletazos de contenido, con mando e imponiéndose en la escena. Se tiró a matar pinchando en lo alto primero y estoqueando de modo tendido después.
Así se firmó la corrida de La Oreja de Oro ayer en la tarde y para la cual el criadero de la Soledad mandó un encierro bien presentado, cristalizado con toros auténticos, de edad adulta sin dudas. El hierro se coloreó con dos tonos que dan a la fiesta su más popular identificativo: el sol y la sombra. Si bien varios ejemplares fueron difíciles, a dos se les aplaudió en el arrastre –tercero y quinto-, empero el saldo matemático indicó que de los seis, cuatro dieron mal juego. Mayor número.
El salvaje golpe que se diera el primer toro en el burladero de matadores, seguido de trunca larga cambiada a porta gayola, evitaron saborear plenamente las finezas del toreo capoteril de César Delgadillo, pinchazo, estocada caída y delantera, al tercio. Por idéntico motivo, vanos fueron los deseos de observar la clase y claridad de las embestidas de ese astado que amagó con ser bueno. Transformado en un minusválido, las intenciones sanas y toreras del aguascalentense se cortaron y no tuvo la opción de otro proyecto si no el de darse afanoso.
Apareció el segundo cuadrúpedo, planteando complejas fórmulas a las que Víctor Mora, dos pinchazos, media en buen sitio y cinco descabellos, pitos injustificados, les dio decorosa resolución, por instantes bragandose, por otros dudando un punto; acaso su error fue haberse dejado enganchar la sarga múltiples ocasiones.
El tercero fue un toro aprovechable… para otros engaños, no los que manejó un José Manuel Montes, golletazo, pitos razonables, que pálido de miedo no tuvo, y no tiene idea de los que es la tauromaquia. Si alguien no acepta o no entiende el concepto “destoreo”, al haberle visto actuar lo hubiese podido digerir.
Los diamantes del cuarto siempre apuntaron al azul cielo; ni con la capa ni con la muleta pudo Roberto Galán, media atravesada y delantera y un descabello, al tercio, amainar el incómodo defecto, y a despecho hizo una actuación vehemente, manifestándose con una terquedad que por prolongada a muchos fastidió en cierto momento.
Dos largas cambiadas entablerado, verónicas de relumbrón con escasa quietud y desunido en las navarras, hicieron de prólogo a una faena de Antonio Romero, varios pinchazos, estocada tendida, vuelta al ruedo, alineada sobre una postura estética de su cuerpo, con las virtudes del temple y la variedad, sin embargo con los pecados de la desunión, el mal gusto de pedir “la de aquí” y la actitud de no embraguetarse. Su mal uso del estoque, de cualquier modo, le hizo perder la oportunidad de llevarse el dorado gallardete.

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