26 septiembre, 2021

BIENVENIDO EL GENEROSO RECUERDO DE LAS ILUSIONES QUE ALIMENTAN A LOS SOÑADORES DE GLORIAS.

ARRASTRE LENTO… Nota: Doy por entendido que el lector pudiera estar informado que su servidor soñó con ser torero “caro”. En base a ello, pido se me concedida la oportunidad de manifestar mis emociones al respecto. Quede claro: antes que cualquier otra pretensión, se tomen estas líneas como reconocimiento a las ilusiones de quienes se jugaron la vida ante una señora corrida de toros de La Soledad en el festejo de la Oreja de Oro.

ARRASTRE LENTO… Nota: Doy por entendido que el lector pudiera estar informado que su servidor soñó con ser torero “caro”. En base a ello, pido se me concedida la oportunidad de manifestar mis emociones al respecto. Quede claro: antes que cualquier otra pretensión, se tomen estas líneas como reconocimiento a las ilusiones de quienes se jugaron la vida ante una señora corrida de toros de La Soledad en el festejo de la Oreja de Oro.
Y es que, a una semana de que se diera por concluido el serial taurino que animó la renombrada feria de San Marcos, me queda el recuerdo del matiz emocional de tal evento. Sobresale el doloroso sentimiento –rabia, frustración, impotencia, desesperación, angustia- que experimentaron quienes se toparon con la violenta y despiadada determinación del destino al no concederles a los jóvenes toreros elementos con los cuales pudieran elevarse a planos gloriosos.
Lo cierto es que por unos instantes me puse en su lugar.
Y recordé…
Recordé -¡quería ser torero!- mi adolescencia y juventud. Pero sobre todo la ilusión en la cual se enraízan. Así las cosas, puedo precisar que ayer, cuando la viví en toda su magnitud, tal vez no hubiera estado facultado para describirla; hoy, cuando la recuerdo, creo poder definirla. Ayer, cuando súbitamente quedé atrapado en sus redes, iba y venía por el mundo sin sospechar que entraba, en cuerpo y alma, en una senda desconocida que, cual dulce primavera, llenaba de alegría y esperanza el tierno amanecer de la vida; hoy, cuando entre suspiros la evoco, puedo entender la fuerza indómita ante la cual no hay auxilio humano posible.
En aquellas primeras horas de la vida de adolescente, en la que se experimenta con la novedad curiosa del novicio la violenta y deliciosa iniciación de las grandes pasiones, una mirada al toreo bastó para que se operara en mí una monstruosa transformación.
Sin importar por dónde, y sin saber ni cómo, un misterioso encadenamiento de fuerzas me lió al más conmovedor universo: ¡al de la ilusión! Soñaba con la gloria, la fama y la fortuna aunque poco supiera del suplicio de tenerlas. Nunca imaginé que, habiendo caído en sus redes, buscando alegres acomodos en el engranaje de la vida, jamás podría salir de la vaporosa máquina de la fantasía sin el rostro desfigurado por la vergüenza y la humillación tormentosa de no alcanzar la meta, o transfigurado por la pasión de la tiranía triunfalista.
En aquellos años mozos, con el ímpetu del soñador entusiasta, como cualquier joven resuelto, firme, decidido y arrogante, buscaba sin cesar las huellas del provocador destino, y en mi cerebro se construía un porvenir sobre otro porvenir: primero las orejas, luego los rabos, más delante las multiplicadas tardes de ardientes apoteosis en las que el espíritu juvenil forjaba planes y proyectos salpicados de grandeza.
En aquella locura jamás podría adivinar el relámpago, ni prever la chispa incendiaria. A partir del violento roce de la fricción, y del golpe al encuentro con la realidad, comprendí que de la ilusión nada se sabe. No alcanzaba a entender que detrás de la ilusión están los reveses más bruscos y que éstos súbitamente cambian de perspectiva dándole a la vida la más armoniosa y perfumada de las primaveras.
¿Quién que soñando con ser torero no ha sido presa de la fuerza psíquica de la ilusión, principio del amor heroico?
Así, fugaz y repentina, súbita y nunca esperada, ha sido para muchos la ilusión de ser torero, pero torero grande, señorial, y no como cualquier animal extraviado que, cual perro perdido, anda husmeando sumergido entre abismos de negra tristeza.

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