28 julio, 2021

CON CUÁNTO PLACER SE JUGÓ LA VIDA JUAN PABLO SÁNCHEZ ANTE LA ATENTA MIRADA DE MILES DE ESPECTADORES.

ARRASTRE LENTO… Pocas ocasiones había tenido para ver una plaza, delirante, hervir de admiración. Y hacía mucho tiempo que mis ojos no miraban a una multitud tan ebria de entusiasmo. Aquello, la tarde del lunes, fue para no olvidarse nunca. La histérica muchedumbre, conmocionada con la poca prudencia de Juan Pablo Sánchez

ARRASTRE LENTO… Pocas ocasiones había tenido para ver una plaza, delirante, hervir de admiración. Y hacía mucho tiempo que mis ojos no miraban a una multitud tan ebria de entusiasmo. Aquello, la tarde del lunes, fue para no olvidarse nunca. La histérica muchedumbre, conmocionada con la poca prudencia de Juan Pablo Sánchez, joven que dejó quién sabe dónde las cautelosas precauciones y providencias que a otros toreros marean, teniendo de pedestal las nubes del asombro, elevó hasta el mismo cielo al torero que asustó por su temeridad y sitio a la concurrencia que quedó ronca de tanto gritar entre alabanzas estridentes ¡torero!, ¡torero!.
¿Qué pasaba por la mente de Juan Pablo lidiando el sexto de la tarde –noble, pero al que había que pisarle los terrenos para aprovechar “toreando con impero” los centímetros que tenía de recorrido el astado agarrado a la arena- que con asombrosa serenidad parecía hallarse libre de cualquier preocupación?
Los espectadores, ante semejante proeza, no dejaban de exclamar los ¡aaah! de admiración y susto que tan sólo se entonan como himno a quienes han sido consagrados. ¿De susto? La faena, irreprochable en actitud, disposición, gusto e inteligencia, apenas si tenía instantes de de leve suspiro de alivio. Obra creada en la más íntima y secreta de las complacencias. Así de intensa fue. Y como matara con un cañón cual espada, el delirio viviente.
¿Qué ha puesto a Juan Pablo en el espectacular pedestal de gran torero? Muchas horas de trabajo, muchas horas de sacrificios; muchos viajes; mucha disciplina, muchas privaciones; muchos pensamientos, muchos deseos; y muchas ilusiones.
Cuánto me sorprendió, aunque ya conociera los proyectos profesionales de su ambición, verle, a pesar de su corta edad, tan próximo a hacer suyo el milagro de convertirse en figura del toreo. Lo cierto es que con el asentamiento con el que buriló su portentosa obra, ya bastante elocuente para calcular su íntima dimensión –aunque con el capote no es aún lo mismo que con la pañosa- abrió al mundo su verdad: es la consecuencia de su forma de vivir, de su forma de luchar, de su forma de ambicionar las glorias del mundo, de su forma de concebir la esplendorosa magnitud de las verdaderas figuras del toreo.
Lo curioso del caso es que Juan Pablo, habiéndose jugado la vida ante la atenta mirada de miles de espectadores que, de no haber visto lo que vieron, hubieran experimentado el hondo placer de pisotear su nombre y el de su familia, dio la impresión de sentirse a gusto ante tal situación. ¿Cuál conflicto?, ¿cuál angustia?
Enjuto, vigoroso, y con una determinación fuera del contexto normal, sin los rigurosos aspavientos de la agitación, mucho menos de la preocupación, Juan Pablo, apenas ayer un niño, demostró que delante del toro podrá demostrar que, cual hombre que ya es, quiere ganar más dinero que nadie, que quiere merecer los elogios que no ha merecido nadie, pero también ¡contundente lo demostró! que entre sus proyectos está el convertirse en el torero que torea mejor que nadie.
Pues sí, hacía tiempo que mis ojos no veían a un chaval irguiendo, desafiante, su figurilla que, ante tan seductor histrionismo, hiciera que resonara impresionante en el profundo y emocionado silencio el delirante grito estentóreo de ¡torero!, ¡torero!. arrastrelento@gmail.com

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