1 agosto, 2021

CON LA COPA EN ALTO LA AFICIÓN DE AGUASCALIENTES BRINDA POR EL ROMANCE QUE SE TRAE CON SU NUEVO IDOLO.

ARRASTRE LENTO… Los coloquios de los taurinos habituados a la charla en los que la intermitencia efusiva, desbordada en palabrería de cristal, matiza el contexto ambiental, sesiones del medio día que se extienden hasta que la noche se hace más noche, y el minutero rebasa alegremente la marca convencional del nuevo día, toman tal característica cuando se abordan tópicos que sobresalen por el inusual interés que contienen.

ARRASTRE LENTO… Los coloquios de los taurinos habituados a la charla en los que la intermitencia efusiva, desbordada en palabrería de cristal, matiza el contexto ambiental, sesiones del medio día que se extienden hasta que la noche se hace más noche, y el minutero rebasa alegremente la marca convencional del nuevo día, toman tal característica cuando se abordan tópicos que sobresalen por el inusual interés que contienen.
Después del sábado, día que reapareció José Tomás, no ha concluido el ciclo de esas reuniones en las que, despojados los taurinos de egoísmos estériles para rescatar el perfil –casi- sacramentado de la liturgia, la mística solemne, romántica, espectacular y tradicionalista del toreo, se habla del fenómeno que si bien en el universo del toreo es admirado, en Aguascalientes siendo mucho más que un ídolo, es casi adorado.
La de ayer –sesión tabernaria- no fue la última. Con la madrugada apuntando hacia el nuevo amanecer, y el sol hiriendo la vista con su colosal avanzada, no pude más que reconocer que hay toreros que, como el diestro de Galapagar, constituyen una realidad aparte considerando que su misma condición los acerca a la genialidad.
Admirando la colosal estrella que ha venido a dar vida a la tauromaquia moderna, y filtrando sus rayos por el resquicio de las ventas abiertas de mi mente, me quedó claro que los taurinos que le vieron debutar como novillero en Aguascalientes –que fue el tiempo en el que dio inició tan insólito romance- tenían razón cuando dijeron intuir que el potencial de José Tomás contenía una riqueza preexistente no común a la generalidad de los toreros.
Me queda igualmente claro que estamos ante la aparición de un clásico moderno del toreo. Y lo afirmo luego de considerar que la afición –mexicana, y muy en lo particular la de Aguascalientes-, preocupada, navegaba en el inmenso mar de la incertidumbre en busca de los seres mitológicos, de los revolucionarios, de las personalidades carismáticas, sin darse cuenta estaba delante de una de las más grandes genialidades de la Fiesta de todos los tiempos.
Los estragos del amanecer sin haber dormido causaron que ciertos charlistas tabernarios apuntaran, queriéndolas descubrir para vilipendiarlo, determinaciones dolosas en el proceder del genial torero madrileño: le reprochan al portentoso diestro que, al margen de la asombrosa quietud del Tancredo, presagio de espectacular fatalismo, con un poco de disimulo, imponga su perfeccionado absolutismo estableciendo condiciones que a ciertos sectores lastiman, como esa que, amén de otras ya conocidas, prohíbe en ciertas plazas la presencia de cámaras las cámaras de televisión.
En conclusión –epílogo tabernario-, luego de reconocer con las copas en alto en un brindis de honor el íntimo romance que tiene la afición local con la personalidad de José Tomás, Aguascalientes tiene como suyo al torero que ha sido capaz de romper la agotad rutina interpretativa que agota las expectativas de los asistentes a las plazas de toros, monotonía que aniquila la inspiración artística del toreo, y adormece la sensibilidad de los espectadores.
Lo cierto es que, a pesar de su modo y maneras unilaterales en lo estético y plástico, José Tomás, cual hierro candente, ha marcado para siempre la manera de ver al espectáculo del toreo en la incrédula afición, bien sea la –sorprendida- antigua, o bien la –deslumbrada- moderna.

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