25 julio, 2021

CONFERENCIA DE DOMINGO ORTEGA PRONUNCIADA EN EL ATENEO DE MADRID EL 29 DE MARZO DE 1950… CAPITULO 4.

Cuando se crean estos ambientes es muy difícil sobreponerse a ellos; hay que estar muy curtidos y tener muy firmes convicciones para no dejarse arrastrar, pues a mí mismo me ocurrió una cosa muy curiosa. Teniendo que torear en Madrid el año cuarenta y tantos, vino a yerme un crítico de toros, buen aficionado y amigo, y me dijo: -Tengo que hablar contigo a solas. Esta tarde toreas en Madrid, y ya sabes cómo está el toreo moderno; no le eches a los toros el capote y la muleta delante; ponte al perfil, dale el medio pase, y veras qué fácil te es el éxito-. Yo le contesté:

Cuando se crean estos ambientes es muy difícil sobreponerse a ellos; hay que estar muy curtidos y tener muy firmes convicciones para no dejarse arrastrar, pues a mí mismo me ocurrió una cosa muy curiosa. Teniendo que torear en Madrid el año cuarenta y tantos, vino a yerme un crítico de toros, buen aficionado y amigo, y me dijo: -Tengo que hablar contigo a solas. Esta tarde toreas en Madrid, y ya sabes cómo está el toreo moderno; no le eches a los toros el capote y la muleta delante; ponte al perfil, dale el medio pase, y veras qué fácil te es el éxito-. Yo le contesté:
-Creo que están equivocados todos los que tal piensan. Las normas clásicas son eternas; la fiesta en sí es más fuerte que todos los toreros juntos; el que se salga de ellas estará a merced de los toros, y estando a merced de ellos, a la larga se apoderarán de él-. Me contestó: -Querido, eso lo sabemos cuatro-. Le contesté: -A mí me basta con saberlo yo, y el tiempo me dará la razón-. Hoy, cuando oigo las lamentaciones en el mundo de los toros sobre el decaimiento del toreo, examino mi criterio de entonces y tengo que decirme: estaba en lo cierto.
Este fue el gran error de la masa aficionada moderna que, como dije antes, envolvió al buen aficionado, pues salvo algunos casos aislados que por su inferioridad numérica no pudieron contrarrestar el alud, los demás se fueron uniendo al momentáneo clamor de la masa; entre ellos muchos hombres de gran sensibilidad artística, que no se dieron cuenta de que cuando la masa interviene, el arte degenera. Por muchísimas razones que serían demasiado largos explicar.
A mi modo de ver, esta es la situación en que hoy nos encontramos. Y ha sido posible, porque el aficionado se ha desentendido del toro, y a las masas que llenaban las plazas monumentales les tenía sin cuidado si era toro, si era gato o si era liebre. Ah, ci toro! Este es el punto grave del arte de torear. Cuando el toro estaba en acción, la cosa era distinta. Viejos aficionados que me están oyendo: ¿no recuerdan ustedes cuando empezaron los primeros toreros a dar parones? Ustedes mismos decían: “Esto no puede ser.” Y no era por nada inexplicable, sino que los toros, toros, se encargaban pronto de dar cuenta de ellos.
Muchas veces he pensado que no habría razón para rechazar este toreo si realmente nos divierte, porque nos emociona y nos lleva a una contemplación máxima en el arte; pero no es así: los resultados están claros, no ya con el toro, sino con el medio toro. Aunque yo sostengo que el arte del toreo radica en el peligro que el toro tenga. Si al toro se le quita este gran peligro, al menos ésta es la impresión que le da al que está cerca de él, el arte de torear no existe; será otra clase de arte, pero la belleza, la grandiosidad del toreo, reside en que el torero perciba la impresión, aunque él se sobreponga, de que aquello no es broma, que con rozarle le hiere; entonces es cuando el torero vive, y, por lo tanto, puede producir los momentos más álgidos del arte.
Y para amasar esta sensación, para cocer este condimento y ponerlo a punto, la historia lo está diciendo: no hay más formas que las clásicas dadas por los Romero.
Porque si no caeremos en lo que ya hemos caído, señores: el toreo está achatado en su forma y en su fondo; esta es la triste realidad.
Lo digo para que se corte en lo sucesivo, y cuando salgan los nuevos valores hacerles ver que mirar al tendido, llegar al toro de costado, quedarse rígido dejándole pasar, fueron invenciones del toreo cómico.
Hay que ir a las normas clásicas del arte para bien de todos, y en éstas cada uno dará, según sus condiciones, el máximo rendimiento. Y tendremos la gran ventaja de que el toreo se alargará, tomará más belleza, y cuando llegue el momento, si alguna vez llega, de que salga el toro con la belleza de su pujanza, estarán los toreros en forma y en condiciones de imponerle en todo momento su voluntad, se les ampliará el camino de la maestría, y~ por lo tanto, el campo del arte, pues, corno dice mi admirado amigo don Eugenio d’Ors, no hay que cansarse de hacer la apología de la perfección, “porque de lo demás, en fin de cuentas, siempre quedará bastante”.
También he pensado muchas veces que el toreo debería tener un árbitro, como pasa en el boxeo, que les separa cuando están demasiado juntos los combatientes. Dada la fiereza y al mismo tiempo.
Muchas veces he pensado que no habría razón para rechazar este toreo si realmente nos divierte, porque nos emociona y nos lleva a una contemplación máxima en el arte; pero no es así: los resultados están claros, no ya con el toro, sino con el medio toro. Aunque yo sostengo que el arte del toreo radica en el peligro que el toro tenga. Si al toro se le quita este gran peligro, al menos ésta es la impresión que le da al que está cerca de él, el arte de torear no existe; será otra clase de arte, pero la belleza, la grandiosidad del toreo, reside en que el torero perciba la impresión, aunque él se sobreponga, de que aquello no es broma, que con rozarle le hiere; entonces es cuando el torero vive, y, por lo tanto, puede producir los momentos más álgidos del arte.
Hace días le escribí una carta a un amigo mío de América que tiene, no sé por qué, gran concepto de mi como aficionado. Me había preguntado por un muchacho que va a empezar a torear este año, y yo le decía: -Tiene mucha personalidad, es el no va más del modernismo; si tiene suerte en acoplarse, y los novillos de hoy es fácil que le dejen, puede ganar mucho dinero; fíjese que le digo personalidad, porque un gran torero es casi imposible; ya sabe usted el criterio que tengo sobre lo que debe ser un torero. Creo que entre todos los que hemos tenido suerte, quizá se pudiera hacer uno. ¿Que soy exagerado? Pues créame: si el toreo lo llevamos al campo de las artes, así es.
De manera que no quiero que vean, ni por lo más remoto, la posible vanidad de Ortega torero; entre otras cosas, porque ya pasé hace tiempo por todas ellas, pues como ustedes comprenderán, también las tuve, pero se quedaron muy atrás, afortunadamente… Mañana el 5º capitulo.

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