5 agosto, 2021

CUANDO EL AFICIONADO ES DEPENDIENTE DE SUS SUEÑOS VIVE CIERTAMENTE EN UN MUNDO DE FRESCURA Y FANTASÍA.

ARRASTRE LENTO… Me pregunto si la Fiesta de toros en México habrá llegado al punto crítico en el que hasta los sueños carecen de magia puesto que ya no son promotores de misterios y fantasías. Afortunadamente no.

ARRASTRE LENTO… Me pregunto si la Fiesta de toros en México habrá llegado al punto crítico en el que hasta los sueños carecen de magia puesto que ya no son promotores de misterios y fantasías. Afortunadamente no.
Lo he comentado –escrito- en otras ocasiones. Ya había notado que la afición, vista como un ente en concreto, soñando con el reacomodo de los personajes centrales de la Fiesta, no descarta las sorpresas. El súbito deslumbramiento nunca le ha caído mal al espectáculo.
También había supuesto que en la afición se esconde el sueño de encontrarse con situaciones de impacto, de revelación, y hasta de oposición toda vez que el toreo es un fenómeno de “impresión”. Lo cierto es que la afición sueña. Y lo sé porque, habiendo soñado, aprendía a escuchar el rumor de sus propios sueños, rumor que trata de ser elocuente antes de poder hablar.
¿Soñar –en materia de toros- es de ilusos? ¡Vaya usted a saber! Perteneciendo a esa rara legión de soñadores, me queda claro que los sueños son la nítida evidencia de la salud emocional de los aficionados. Se sueña por que se tiene buen ánimo y mejor esperanza. De tal suerte que, como aficionado, reconozco que es bueno soñar, pero sobre todo soñar con la intensidad minuciosa del taurino que aspira a imponer el sueño a la realidad.
Cierto es que los taurinos, siendo dados a forjar ilusiones y esperanzas que les permitan planean en mágico vuelo para hacerse uno con el azul del firmamento, tienen la anticipada confianza –certeza de la fe- en que el futuro de la Fiesta en México sea tan esplendoroso que, sintiéndolo a plenitud, recompense la dilatada espera.
El aficionado, también como prueba de su bondadosa esperanza, pone el futuro en las manos de nombres. El aficionado cree que Diego Silveti, Juan Pablo Sánchez, Arturo Saldívar, Sergio Flores, José Guadalupe Adame, sumados a otros nombres de jóvenes que se ven con frecuencia en las carteleras mexicanas, llenarán de luz el ambiente que hoy todavía se mira opaco.
La afición sueña. Y a sus sueños lo llenan con nombres. No caen en la cuenta que mejor sería soñar con el potencial de los hombres que tienen esos nombres. Y es que es habitual que en el medio los nombres se volatilicen, antes que los hombres que los llevaron a cuestas se convierten en cenizas. Se van los nombres como se van las estatuillas de humo que como pinceladas del cielo burilaron los hombres en los ruedos.
¿Qué les queda a los aficionados?
Esperar. Espera con impaciente ansiedad que los noveles extiendan su manto de gracia y señorío dándole al ambiente un aire de frescura renovada. Espera que esos nombres, buscando su acomodo en el áspero posicionamiento del escalafón, conviertan los ruedos en hervideros de emoción candente.
En lo particular me consuelo con entender que soñar toreramente es un síntoma de buena salud. Por lo menos es señal de que las aspiraciones y las ilusiones están vivas.

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