CUANDO EL ESPESO VELO DEL HUMO DEL OLVIDO ATORMENTA Y OFUSCA A LOS TOREROS EN EL ABANDONO.

ARRASTRE LENTO… Ayer hablábamos –escribíamos mejor dicho- de los caminos torcidos que recorren en ciertas circunstancias los toreros en su desventurado gozo de las dichas pasajeras. Empero, y pese a su rareza e insólita condición, ocurren peores desgracias existenciales en algunos de ellos pues hay un pesar que, según la visión que tengo de la radiografía psicológica de los tocados hasta la pasión por el mal de montera, les enturbia la dicha de vivir.
Y aunque el aficionado común no lo sepa, estoy seguro que en algún momento de su vida ha visto la rarísima, pero verdadera, caricatura del dolor humano encarnada en los toreros vencidos por el tiempo y algo más. ¡El olvido! Y ha sentido a su paso, sin saber de lo que se trata, la pesada atmósfera del invisible cortejo de fantasmas negros que han escoltado al torero “olvidado” que en su andar grave, silencioso, ensimismado, y pese a cualquier cosa, conserva el aire y el porte de torero.
Releyendo el magnífico recuento de episodios que pretenden sino explicar, al menos considerar, con piadosa devoción taurina “Por qué vuelven los toreros” -que tal es el título de la obra de doña Conchita Cintrón- quise encontrar porqué es el “olvido”, aliado con el tiempo, el mejor asesino de la ensoberbecida dignidad de los toreros.
Y es que son el anonimato y la indiferencia, guías del mortal destierro de los que no saben vivir sin el oropel luminoso de las candilejas de las ovaciones y los aplausos, los que hacen que los toreros en el retiro voluntario, o condicionado aleatoriamente, acaso por el escaso éxito obtenido en la refriega de los ruedos, sigan el curso de su existencia herméticos, viviendo siempre con la tristeza muda de las macetas abandonadas que no exhiben –quién pudiera creerlo- sino los resecos hierbajos del descuido.
Lo han visto mis ojos que no se pueden engañar a sí mismos. El tiempo pasa indiferente sobre las heridas abiertas del corazón de los toreros que, por olvidados, viven en el infierno emocional del abandono. Sólo el punzante dolor les permanece fiel. Así las cosas, es válido, y hasta necesario, considerar que es el tiempo el que, excepto en circunstancias de privilegio, convierte en ruinas la morada de la torera felicidad temporal. Debo aclarar que la negrura circunstancial en la que están inmersos tales personajes no es una invención mía, y que no hay cosa más patética que un torero olvidado, maltrecho, vencido, destrozado en la hondura del pozo sin fondo.
¿Qué cosa puede llenar de optimismo a un hombre que no conoce más oficio que el de torero si lo apartan de él?
Eso explica relativamente la bruma del infierno que, cual espeso velo, se convierte en humo sobre el cual transita la desdicha del torero que, olvidado y masacrado por el tiempo, no sabe vivir en paz sin ser tomado en cuenta.
Lo real es que a la vestidura negra de ciertas amarguras nacidas en la preocupación del olvido y el abandono no hay quien con gracia torera se le acerque. ¿Qué tiene el alma de los toreros que, engañada, se deja seducir por los bienes efímeros de la gloria, y entra en luto doliente cuando éstos los abandonan en el penitente destierro?
arrastrelento@gmail.com

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