5 agosto, 2021

CUESTIÓN DE PAISANAJE…

Arturo Saldívar estuvo a punto, esta tarde, de imitar lo que hace 60 años hiciera otro hidrocálido por adopción: cortar la oreja al toro de su presentación como matador de toros –ceremonia de confirmación de por medio- en las Ventas del Espíritu Santo y, concretamente, en el justo día del Santo Isidro a quien se dedica la feria de mayo.

Arturo Saldívar estuvo a punto, esta tarde, de imitar lo que hace 60 años hiciera otro hidrocálido por adopción: cortar la oreja al toro de su presentación como matador de toros –ceremonia de confirmación de por medio- en las Ventas del Espíritu Santo y, concretamente, en el justo día del Santo Isidro a quien se dedica la feria de mayo.
La historia parecía repetirse. Seis décadas atrás Rafael Rodríguez, nacido biológicamente en la ciudad de México pero oriundo, como impetuoso volcán de la fiesta brava, en el merito Aguascalientes, fue notificado de su sorpresiva inclusión en los carteles de San Isidro de 1951 en sustitución del portugués Manolo Dos Santos.
Así, de golpe y porrazo, el inolvidable “Canteao” de los viejos taurinos hidrocálidos, se veía anunciado en la catedral del toreo para recibir de Pepe Luis Vázquez la confirmación de su alternativa mexicana, con una corrida de Felipe Bartolomé. Alguien me contó algún día que Rafael, sin posibilidad de esperar a que le confeccionaran el vestido para aquella tarde, recibió en préstamo uno de su anunciado padrino. “Si cortas las orejas te lo quedas”, le habría dicho éste… y el vestido se vino para su casa de la Exedra…
Así también, de golpe y porrazo, el Volcán se convirtió en el muchos primeros: fue el primer mexicano –y por ende hidrocálido-, que confirmó su alternativa en la Feria de San Isidro, instituida apenas cuatro años antes (1947) por el entonces empresario de Las Ventas, Livino Stuyck; fue el primer mexicano en cortar oreja en la Feria de San Isidro, el primero en entrar en una sustitución, en fin… muchos primeros, como primero lo era también en México.
El segundo hidrocálido en San Isidro fue Miguel Espinosa, que confirmó el 25 de mayo de 1983 y que, como en todas sus comparecencias en Las Ventas, pasó sin mucha pena ni gloria… así lo dice, a lo menos, la estadística de orejas cortadas.
Y el tercero ha sido Saldívar, tampoco nacido en Aguascalientes aunque sí en una población aledaña y no tan lejana como la ciudad de México: Teocaltiche, que tiene más de hidrocálida, por la vecindad, que de jalisciense, por su mayor lejanía con Guadalajara. Torero joven, triunfador ya en Madrid como novillero, y por añadidura, reclamado y reconocido como hidrocálido por nuestra afición de esta tierra.
No vistió como dirían los cánones, de blanco y metal, aunque así se esperaba lo hiciera y máxime en un día como hoy, el del santo patrono San Isidro, en cuya honra se viste de “chulapa” o “chualpo”, según sea el caso; lo hizo de nazareno y oro, con golpes en la casaca en forma de tréboles y, claro está, de la “aguja”, que es sinónimo de “nuevo”.
Fue el primero en llegar a la plaza y el último en irse. Lo hizo junto con su apoderado y mecenas mexicano, Julio Esponda Ugartechea, abogado y fundador de Tauromagia Mexicana, que ya ha hecho a varios toreros; controversial asesor de Mario Marín, “el gober precioso” en el litigio contra Lydia Cacho, la periodista que denunció los asuntos sexuales de pederastía en Puebla, compañero del presidente Calderón en la Libre de Derecho y panista, se dice, de ejercicio aunque es abogado de priístas.
Pero por más recomendaciones que tengas para torear, el toro pone a todos en su lugar. Si no te justificas, nada puedes esperar aunque tengas una maravilla de apoderado. No es el caso de Saldivar, que recibió a un chorreado colorado de pinta oficial llamado Aguador, con 534 kilos, con lances que olieron a enfermería, sobre todo el tercer y el quinto, en donde los pitones astifinos del Núñez del Cuvillo pasaron rozando la casquilla del torero.
Ordenada y breve ceremonia de confirmación, los primeros momentos en que vimos a Saldívar sonreír dentro de la plaza, ante las palabras del padrino, Morante de la Puebla, de verde y oro con bordado ya no de lentejuela ni a mano, como antaño, sino de máquina y en color oro… vaya, se pierden tradiciones, mientras que Talavante, de blanco y plata, como si fuera él quien confirmaba, atestiguó el acto hacia el lado derecho del burladero ubicado bajo el tendido del uno… le brindó, en justicia, al propio Esponda.
Y de ahí, todo fue jugársela con un toro que hizo cosas de manso: en los medios de un amplísimo ruedo, de rodillas, tres muletazos con la mano derecha antecedieron al remate hincado donde el castaño se revolvió en un palmo de terreno y le echó los pitones en un seco derrote al lado de su cabeza. Se quedó parado, quieto… y de tan quieto, como estatua que sólo con la muñeca de la mano derecha le daba la salida al toro para volver a embrocarlo desde el cite y correrle la mano. El toro no fue como aquel “Arrojado” de Sevilla, ni como alguno de cinco de los seis lidiados, recién hace dos días, en Jerez de la Frontera y a los que Manzanares ¡otra vez Manzanares!, les cortara cuatro y un rabo.
Fue una faena de entrega y voluntad, de valor, de querer ser, de no importarse sino como torero, con todo lo que ello conlleve… así se sentía Saldívar y así lo sintió Madrid a forma tal que le han pedido la oreja con cierta insistencia que de no haber tenido un sesgo de malinchismo entre quienes olvidaron sacar su pañuelo, pocos por cierto, hubiera obligado al Presidente premiarlo con un apéndice en San Isidro como hace 60 años lo hicieran con el otro hidrocálido por adopción, Rafael Rodríguez, que hoy ha estado en mente de muchos en Las Ventas, como el caso del empresario de Aguascalientes, Alberto Bailleres, cuya barrera se adornó con el capote del paisano y que, al final, sobre le calle de Alcalá aceptara con un movimiento de cabeza el recuerdo de la anécdota que da origen a esta crónica.
Al sexto le cuajó tres cambiados en los medios, el primero con la muleta en la izquierda, la tercia con los pies bien plantados en el suelo. Y en los mismos medios le cuajó series de derechazos, de tres o cuatro muletazos, como acá se estila, y lo mismo intentó con la izquierda, templando las embestidas y sin dejarse atropellar la muleta, antes de que el toro se viniera para abajo y que padeciera con la espada los pinchazos que señaló en todo lo alto. Y por segunda ocasión, la carretada de aplausos por premio.
Del resto de la corrida, podemos obviarlo todo. Núñez del Cuvillo mandó toros justos, fuera de la línea de las últimas corridas, sin posibilidad de permitir a Morante la esencia del arte ni a Talavante la fuerza de la voluntad y el tesón a que nos tiene acostumbrados. El ganadero que tantos olés recogió en Sevilla y en Jerez, ahora recibió los reclamos de un público que con lleno de no hay billetes se quedó en la plaza a ver la lidia de seis toros desiguales con los que sólo la voluntad de un mexicano, logró regalar a los festejantes de San Isidro un poco de lo que esperaban en el día grande de la comunidad madrileña, que terminaron con pitos a Morante e indiferencia a Talavante.
Buen paquete le ha dejado el hidrocálido al otro paisano que vine a confirmar en fecha, también, emblemática: la corrida de la prensa. Mucho deberá sudar Joselito Adame para corresponder a lo que hoy hizo Saldívar.
Efectos del destino: la divisa de los seis toros de esta tarde, dominada por un mexicano, lucieron un color de divisa para nosotros muy conocido: verde, blanco y rojo…
Dos horas después del festejo, en el taurinísimo bar de Los Timbales, en plena calle de Alcalá, aún se escuchaba la arenga que ponía la piel de gallina a los paisanos: ¡Viva México!… a la que añadiríamos el recién tan cantado: ¡Viva Aguascalientes`n!.

Deja un comentario