28 julio, 2021

¡CUIDADO! SE ACABAN LOS AFICIONADOS QUE POR SUS CONOCIMIENTOS TENGAN PESO E INFLUENCIA.

ARRASTRE LENTO… Queda claro que la temporada de novilladas, vista como el animado preludio de la Feria –animado en cuanto a la magnífica respuesta de taquilla, no así por el descubrimiento o la consolidación de un novillero volcán de simpatía- no originó el estruendo de la dinamita. La pólvora del entusiasmo apenas si esparció chispas que nunca llegaron a convertirse en flama, mucho menos en incendio abrazador.

ARRASTRE LENTO… Queda claro que la temporada de novilladas, vista como el animado preludio de la Feria –animado en cuanto a la magnífica respuesta de taquilla, no así por el descubrimiento o la consolidación de un novillero volcán de simpatía- no originó el estruendo de la dinamita. La pólvora del entusiasmo apenas si esparció chispas que nunca llegaron a convertirse en flama, mucho menos en incendio abrazador.
Cierto es que en la recién terminada temporada de novilladas los tendidos se vieron ocupados por una asamblea a la cual no me puedo referir a ella como el núcleo vertebral de la llamada afición. La afición, ese reducido grupo de personas cautivamente interesadas en el espectáculo, la que a la vez sirve de censor y termómetro, y que en determinadas circunstancias pesa en el ánimo y el juicio de la empresa, da la impresión de haber desaparecido. La afición, como factor de influencia, está azorada, desconcertada, muda, y en número es cada vez más reducida.
Algunos observadores apuntan que a la San Marcos fue más gente que otros años, pero menos aficionados que, como células de un órgano, ven reducir el volumen de su propia constitución. Lo cual nos da una idea, no descabellada por cierto, que a la temporada asistieron más curiosos, más espectadores eventuales, pero menos entendidos, menos aficionados, catalogados así por sus conocimientos más elaborados y metidos en la materia.
¡Pero no está del todo desaparecida!.
Por ahí –en los tendidos, en los cafetines, y en las licorerías- se escuchan tibios saldos de su expresión, aunque ya no con la suficiencia del tirano y el dictador. Y también por ahí se escuchan los deseos manifiestos de la afición que espera enredarse en apasionado idilio con uno de esos muchachos que salen muy de vez en cuando, jóvenes que asoman la cabeza muy de tarde en tarde.
Los aficionados con tablas vieron los mejores intentos de los muchachos que evidenciaron querer. Y hasta les aplaudieron con tierna misericordia pese a que, en el fondo, saben –los aficionados-que no basta con querer para llegar a ser digno de ocupar un sitio en la cúspide del toreo.
Un aficionado con tablas sabe que un novillero no es un empleado de una oficina que con riguroso orden y una lógica formal en su comportamiento pueda llegar a ser jefe. Los novilleros, cosa que también sabe el buen aficionado, presa fácil de las veleidades de la suerte, tiene a veces que lidiar con la fatalidad, o bien con la opulencia admirativa vulgarmente identificada como coba, para encontrar el sendero justo que le permita el ascenso directo a la evolución y al desarrollo de sus cualidades. Lo cierto es que el novillero, además de querer con toda su alma, con todo su corazón, agotando inclusive el manantial de su voluntad, para poder figurar requiere de una amalgama virtuosa que no es común en el ser humano. Eso lo sabe el buen aficionado.
Dicho lo anterior me sobran argumentos para acusar a los aficionados de su mejor defecto: pronto se convierten en aliados de caprichos unilaterales para exigir, pero sin tolerar que le exijan. Al aficionado no le gusta que le exijan que patentice sus preferencias por lo taurino obligándole –obligándose a sí mismo- a acudir a las plazas de toros a presenciar el espectáculo.
No es bueno que suceda en ningún lado lo que sucedió en la temporada de novilladas aquí. Fue mucha gente a los tendidos, pero muy pocos, muy pocos en verdad, aficionados de abolengo con voz e influencia.

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