29 julio, 2021

CURRO ROMERO, MITO Y LEYENDA.

Sevilla es la cuna del toreo y no podría entenderse la Tauromaquia sin ella. Y Sevilla ha tenido siempre sus toreros, que no han sido todos los nacidos en ella sino aquellos que, por su singularidad, por su arte, por su valor, por su personalidad o por su talento supieron enamorarla.

Sevilla es la cuna del toreo y no podría entenderse la Tauromaquia sin ella. Y Sevilla ha tenido siempre sus toreros, que no han sido todos los nacidos en ella sino aquellos que, por su singularidad, por su arte, por su valor, por su personalidad o por su talento supieron enamorarla. Larga historia de amor en el rito taurino que tiene por templo eterno la plaza de toros de la Real Maestranza que ha visto, desde sus arcadas, siglos toreros donde los nombres míticos cimentaron su trayectoria.
En este siglo que ahora termina, la Sevilla que parió a Juan y José, que ni falta hace decir Belmonte García y Gómez Ortega para conocerlos en el pedestal de su gloria y que cantaba por sevillanas cómo en la Torre del Oro andan los chiquillos jugando al toro y que hacía de su Giralda el molde de fundir toreros, vio, andando el tiempo, cómo un muchacho rubio del barrio de San Bernardo, Pepe Luis Vázquez, se adueñaba de su corazón y cómo, después, un chaval de Camas, entroncando en la genealogía taurina que da el sabor de la genialidad elevada a la enésima potencia de Rafael El Gallo y el empaque inconfundible del trianero de la calle Evangelista, Joaquín Rodríguez Cagancho, llegaba a su Maestranza, viniendo desde La Pañoleta, a decirle a los aficionados que el toreo eterno no se había ido con los colosos, sino que volvía con sus manos y con sus maneras.
El idilio ha durado más de cuarenta años seguidos. Lo que nadie pudo durar en una fiesta que, como dice el viejo proverbio taurino cuando habla de años, «el toro de cinco y el torero de veinticinco». Más de cuatro décadas y otras tantas generaciones han ido creciendo al compás del toreo de Curro Romero hasta el punto de conseguir que este camero genial pareciera inacabable. Esa mezcla de amor y odio según qué hiciera o no, de fidelidades taurinas e infelicidades de espantás, han llenado la vida de muchos sevillanos de varias generaciones. Si Sevilla, como cuna del toreo, ya es pórtico de la gloria, recordando el pregón taurino de este mismo año dos mil que pronunció Mario Vargas Llosa, «ver torear a Curro en la Real Maestranza es un espectáculo que se desdobla: el del toreo y el del amor compartido y exhibido sin vergüenza, el del espada cuyas acciones y desplantes se ven enriquecidos por la calidez del sentimiento que, como un efluvio, mana de los tendidos hacia el albero, incitando al diestro a triunfar, doblegar a su adversario, y del artista que, potenciado por el mimo y el halago, por la fe y el cariño que suscita, se empeña y multiplica».
Maldito el tiempo que, por no pararse, ha puesto fin a una historia de amor y de torería que llenó casi el último medio siglo del que se nos va para ir haciéndose, ya, desde ahora, leyenda viva de la tierra, con permiso de su Camas, que lo hizo torero y lo llevó a la cumbre donde sólo viven los mitos.

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