28 julio, 2021

DE LA ABUNDANCIA DEL CORAZÓN HABLA LA BOCA, Y SE CONVIERTE EN MIEL PARA EL ESPÌRITU TORERO.

ARRASTRE LENTO… Me queda claro que la miel de la conversación taurina no es bocado para el asno. Y también que en la boca del discreto lo público es secreto. Así las cosas, le ruego al lector, siempre amable, me permita ser desleal a la discreción contándole cosas que mucho tienen de íntimas.

ARRASTRE LENTO… Me queda claro que la miel de la conversación taurina no es bocado para el asno. Y también que en la boca del discreto lo público es secreto. Así las cosas, le ruego al lector, siempre amable, me permita ser desleal a la discreción contándole cosas que mucho tienen de íntimas.
¡El toreo es un instante! Y la lidia de un astado, habiendo sido reglamentada, no dura más que pocos minutos. En tal entendido, el toreo pronto se acaba.
Pero vive y sobrevive no sólo en la memoria gráfica de la fotografía o el vídeo, sino que se prolonga en la tertulia, en la plática, en el diálogo. Y es sabido, hecho rigurosamente confirmado por los profesionales, que se aprende tanto de la conversación que, bien puede afirmarse, es el complemento natural del ejercicio práctico del toreo.
Don José Bienvenida, hermano de don Antonio, ilustre diestro que pidió la vida de manera trágica luego de ser atropellado por una becerra en un tentadero español, llegó a declarar a sus amigos, lo cual fue transcrito en una revista española, “que mejor se goza el toreo cuanto mayor es el encanto de la conversación agradable y placentera que lo refiere”.
Lo he manifestado en muy diversas ocasiones: soy de la legión de adoratrices de las charlas taurinas, tanto que mucho me temo ser adicto a ellas sin remedio, y puesto que no hay en el mercado fármaco que las combata, sumiso padezco los estrago de tan enriquecedora enfermedad. En algunas ocasiones, en las noches de tentaderos, tuve la oportunidad de escuchar a charlistas de tan noble cuna que, como don Alfonso Ramírez El “Calesero”, don Alfredo Leal, don Juan Silveti, don Arturo Muñoz La “Chicha”, don Rafael Rodríguez, y don Humberto Moro, entre otros, el deleite –y la enseñanza- que producía en mí me resulta indescriptible para contárselo al amable lector.
Las sesiones nocturnales eran una seducción para el espíritu. En ellas ocurría una profusión de agudezas que deslumbraban al entendimiento, y se prodigaba tal riqueza de citas y evocaciones que el delirio hacía enloquecer al oyente. Había tal exactitud de detalles que –lo he comentado en varias oportunidades en esta columna- hacía olvidarse de las horas cuando la noche se hacía más noche, casi al punto de cederle su plataforma al amanecer.
Y nadie chistaba, mucho menos los que con cautiva admiración nos solazábamos con la textura y contenido del diálogo sostenido por los ilustres charlistas: y los que escuchábamos hasta esas horas de la noche día en ningún momento dábamos muestra de que apareciera la fatiga pintada en el rostro.
Lo que me sorprendía era el gusto y la amenidad con la que quienes conversaban, sostenían el ritmo y la intensidad de la tertulia. En ningún momento, pese a las horas dedicadas al reencuentro con el toreo de palabras, se amortiguaba el fuego en la mirada de los ponentes en el púlpito del templo de la intimidad ganadera.
Y cuando tomaban curso al dormitorio los ilustres y sensatos comentaristas de tertulia lo hacían con tal gracia –como la del “El Calesero”- que a al rocío de la madrugada lo saludan a coro: “¡al loco y al aire darles calle con el soplo del sentimiento torero!”
Y como todo lo entendíamos los oyentes, -novilleros que auxiliábamos a los toreros en las faenas bruscas de acoso, derribo y herradero- no necesitábamos de explicaciones extras ni de diccionarios. Así supe que el hombre discreto y sensato, incapaz de vulnerar la intimidad no permitida, es el mejor diccionario de la conversación.
arrastrelento@gmail.com

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