DE LA VERDAD DESNUDA DE LOS TIANGUIS Y CHANGARROS A LA VERDAD DESNUDA DE LOS TOREROS HAMBRIENTOS.

ARRSTRE LENTO… Caminando ayer por la noche entre el costado poniente del jardín de San Marcos, y el frontispicio del templo homónimo, me invadió un callado asombro. Hecho que, de pasada, me hizo pensar en el cartel con el cual se pone punto final –el sábado- a las corridas del serial que, oscilante en su contenido y formalidad, ofreció tanto maravillas deslumbrantes como soporíferas horas de aburrimiento.
A un costado del añoso sembradío ¡pácetelas!, me encontré con un inmenso tianguis de baraturas con fachada de tradición. Y más adelante ¡órale!, cuántos changarros ofreciendo fritangas con olor a pueblo hambriento. Cuando mis narices buscaban olores limpios alcé la mirada al manto que el Creador desplegó salpicándolo de estrellas, la torre del templo, símbolo material del espíritu que obra como vigía del orden y concierto social, me guiñó un ojo en señal de comprensión y resignada tolerancia.
En el concierto del callado asombro supuse, al menos lo imaginé, que la extensión de los tianguis y los changarros no es otra cosa sino la señal de una modestia ¿pobreza? que se alarga sin medida.
Fue cuando mis ideas enmarcaron toscas y groseramente talladas las figuras de los toreros que tomarán parte en la corrida de la Oreja de Oro el próximo sábado. Las imaginé tan modestas que, cual la señal de los tianguis y los changarros, alargan su deformada condición.
Me sentí mal pues cual ladrón, al verlos así, les robaba luz y perspectivas a los modestos toreros que tienen ante sí una oportunidad de ¡oro! Y me sentí más mal todavía cuando, al suponerlos pobres y humildes, sabía que les cortaba las alas en su vuelo para hacerlos arrastrarse, prendidos a una anadeara sin ruedas, en un lodazal sin ningún tipo de galas poéticas. Fuera del pestilente perímetro de mercado me tranquilicé recordando que los seis actuantes, viviendo en su mundo de ideas, lleno de sombras preñadas de revelaciones y de fecundos silencios, aparentando ser figuras móviles y torcidas, en su despliegue vocacional se pueden contraer el sábado para explotar en iracunda desesperación haciendo que los chispazos sean el principio de un incendio de colosales proporciones.
Y fue así que viendo ayer por la noche la verdad desnuda de los tianguis y changarros de feria, asocié con ellos a los modestos toreros. Arrimándose como locos, me dije, y hambrientos de gloria como están, los diestros anunciados pueden el sábado merecer verdaderos banquetes de lujo después. Y es que los seis está dotados para darle al aficionado su verdad desnuda: y la darán para que el espectador, sensible y entendido, la vista con gasas y sedas, como conviene a la realeza soberana del toreo. De ahí que tenga esperanza en que César Delgadillo, Víctor Mora, Antonio Romero, Roberto Galán, José Manuel Montes y Gerardo Adame, despojados de sus deformidades inherentes a la poca actividad que tienen, puedan realizar el proyecto que han concebido.
Así las cosas, y estando a unas cuantas horas de que los tianguis y los changarros sean borrados de la imagen urbana del barrio de San Marcos, les agradezco a éstos puestos de tradición y folclore que me hayan permitido adivinar que los toreros, encarando su propio ideal, demuestren que pueden, siendo simples estrellitas, convertirse en soles luminosos y candentes.
arrastrelento@gmail.com

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