DECIMOTERCERA CORRIDA DE ABONO, SEVILLA, PLAZA DE TOROS DE LA REAL MAESTRANZA DE CABALLERÍA… SABER, QUERER Y PODER.

Viernes 6 de mayo del 2011. Toros: Siete de Jandilla (hubo un tercero bis), desiguales en presentación y juego. El primero fue bravo y noble, y el quinto dio una lidia muy emocionante por su aspereza y codicia.
Toreros: Sebastián Castella, en el que abrió plaza mató de pinchazo y entera muy trasera: al tercio. Al cuarto lo mató de un espadazo a medio lomo: al tercio.
José María Manzanares, casi media desprendida y entera bajita en el segundo: petición de oreja y salida al tercio con gran fuerza. Al quinto le cortó una oreja después de matarlo de estocada entera en muy buen sitio. La autoridad le mandó un aviso pues el puntillero levantó al toro y luego tardó en volver a doblar.
Alejandro Talavante, varios pinchazos y entera bajita en el tercero: silencio. Al sexto lo mató de tres cuartos de estocada, caída y desprendida: al tercio.
En esta corrida número 13 Manzanares nos regaló otra tarde portentosa, totalmente distinta en cuanto a su toreo a la del día de “Arrojado”, con lo cual queda ampliamente demostrado que el cabalístico número trece es de buena suerte y no al revés. Claro, a menos que hable usted con Castella o Talavante, que si no lo eran deben ser ya unos triscadecafóbicos convencidos…
En este momento de su carrera, José Mari le encuentra lidia y le saca muletazos de gran clase a prácticamente lo que sea. El primero de su lote, un castaño feo y bizco, fue soso, punteaba y era débil. Pues ahí estuvo el torero, sin desperdiciar ni una embestida ni un instante de la faena, sin pausas innecesarias ni dudas superfluas. Todo lo que con la muleta en la mano derecha le hizo a este morlaco fue excelso, dadas las condiciones del animal. Y los naturales los dibujó con largo y limpio trazo. Un par de trincherazos y los cambios de mano por delante merecían a un Ruano Llopis para pintarlos. A mi parecer, al tirarse a matar por primera vez, el estoque resbaló sobre una banderilla o algo así, y por eso la espada no entró bien. Poco importa, esa salida al tercio con la gente entregada y feliz vale oro.
Lo épico vino en el quinto del festejo. Ese toro tenía cinco años cumplidos y se comportó como un adulto furioso en el último tercio. El de Jandilla, de nombre “Fragata”, había salido suelto un par de veces y parecía un tanto débil, pero a la hora buena vendió cara su vida, con un fondo de fiereza muy interesante y que no vemos -desgraciadamente- a menudo. Manzanares, ese torerazo que aunque nació en Alicante es ya sevillano, inició la faena con la franela en la zurda, mas el toro se defendió como los buenos en cada embestida. Pasando, eso sí, a gran velocidad, descompuesto y tirando tornillazos.
Después, con poder y aguante Manzanares lo toreó por la derecha, ¡qué prodigio! Alguna vez don Juan Belmonte le dijo a Federico M. Alcázar hablando de las cualidades de los buenos coletas: “La serenidad siempre, que es la conciencia del valor.” Pues ni más ni menos, y así comenzó a desengañar al toro y a ligar muletazos de gran emoción y temple por las tarascadas que “Fragata” no escatimaba. José Mari fue ahormando la embestida del toro, limándole lo áspero y sacándole ese fondo de casta buena, y de pronto surgía un molinete o un pase de pecho que eran el fantástico remate a una tanda de derechazos. De pronto, el torero volvió a pasarse la muleta a la mano de cobrar y el toro pasó con mayor nobleza y surgió el pase natural: ¡el logro más bello de la humanidad! La precoz maestría de Manzanares se había logrado imponer al toro encastado, fiero y emotivo. La estocada impecable puso punto final a la gran actuación del indiscutible y glorioso triunfador de la feria.
Anticlimáticamente habrá que decir algo de Castella, quien salió al tercio en cada uno de sus toros por razones que buen número de aficionados ignoran. Debe ser porque Sevilla le está muy agradecida a los taurinos franceses por la labor que han hecho a favor de la Fiesta. Digamos que Sebastián no estuvo mal, pero lo que hizo fue irremediablemente aburrido e inútil. Le echó valor al asunto, pero la gracia de su toreo cabría holgadamente en un pañuelo. Además, debe estar acostumbrado a habérselas con reses de seis metros de largo, ya que sus estocadas caen siempre más cerca de la palomilla que del morrillo.
Talavante no tuvo suerte alguna con su lote. En el último de la tarde, una cabra montesa de gran tamaño que era arisca y que a pesar de no buscar al diestro de Badajoz podía habérselo encontrado, Alejandro se arriesgó mucho a llevarse un cate fuerte. La gente agradeció unos naturales de gran valor y le aplaudió en el tercio antes de salir corriendo a dar, en los abrevaderos taurinos y en el recinto ferial, la buena nueva del segundo milagro consecutivo de Manzanares.

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