24 julio, 2021

EL ETÉREO RESPLANDOR DEL TOREO NO LO CONCIBO ENGENDRADO EN MATRICES DE SEDA.

ARRASTRE LENTO… Busqué en el rincón, guardián de la memoria tangible, donde conservo cientos de recuerdos empastados. El lector imaginará que ahí es donde, herido por el dardo de la nostalgia, paso las horas inhalando los aromas del ayer con olor a melancolía. A pesar de creerme muy diestro en esos menesteres, no pude encontrar en los diarios y revistas el referente que pretendía.

ARRASTRE LENTO… Busqué en el rincón, guardián de la memoria tangible, donde conservo cientos de recuerdos empastados. El lector imaginará que ahí es donde, herido por el dardo de la nostalgia, paso las horas inhalando los aromas del ayer con olor a melancolía. A pesar de creerme muy diestro en esos menesteres, no pude encontrar en los diarios y revistas el referente que pretendía.
Y entre disparatadas exclamaciones, esas que, muy a la española, se expresan con aires de blasfemia, zaherí a la eternidad sembrada en la memoria que en la añosa y polvorienta papelería he podido retener.
Tal era mi enfado que el olor de los empaquetados recuerdos me parecían pútridos. Finalmente, cuando me resigné a no dar con los datos que con tanto afán buscaba, lamenté mis dolientes arrebatos tristes, como esas que ocasionan las plegarias no escuchadas.
¿Qué buscaba, qué quería encontrar?
No cualquier historia. No cualquier referente anecdótico. No. Mis afanes febriles se encaminaban a encontrar “grandes” historias de mujeres toreras en la Fiesta mexicana. Entre ácidos gruñidos di con respetables nombres de féminas que sin ritmo de continuidad han escrito páginas anecdóticas, y hasta de gran valía torera, en los anales del toreo mexicano. Me quedó claro que las toreras mexicanas esporádicamente, luego de padecer la vulgar explotación comercial a la que han sido sujetas, incendiaron sin llama el tema de conversación. Las ilustres diestras, como las abejas sobre el rosal, han ido y venido sin dejar huella. Renuncié a mi empeño. A final de cuentas –me dije-, y puesto que las matadoras no me interesan como actores centrales de la Fiesta, si bien hay grandes historias de ellas contadas, que sea otro el afortunado que las rescate.
¡El etéreo resplandor del arte del toreo no lo concibo engendrado en matrices de seda! Y en tanto no vea al universo desde otra perspectiva, creeré que el toreo es una actividad privativa de la más briosa masculinidad.
Y es que no concibo que…
No concibo que habiendo pasado las noches más íntimas, hermosas, tiernas, cálidas y apasionadas y ardientes por necesidad, noches e instantes en los que entendí lo que es la ternura y la delicadeza, noches e instantes en los que llegué a gustar de los juegos que he considerado como el límite del placer humano por espiritual y carnal con las benditas mujeres, ahora resulta que la femineidad les estorba a éstas tías que, pese a la nobleza y autenticidad de su ilusión torera, han perdido la dimensión de su lindura y delicadeza.
Por eso aclaro que, desde la trinchera machista en la que disparo pólvora de sueños en la guerra de la fantasía, no las entiendo. Por eso siento que las mujeres revestidas con el principesco atuendo de los diestros por antonomasia, imitando brusquedades, y compartiendo el espacio más brutal del espectáculo, el de verdugo, no les va con propiedad. En definitiva, no comparto su respetable proyecto, ni lo justifico a nombre del arte.
Busqué y busqué la poesía del toreo en la voz de las mujeres mexicanas, y ante mi desesperación no la encontré por ningún lado. En ningún lado encuentro la justificación, pese a lo buenas toreras que ha sido algunas damas ilustres, de emular el perfil bestiario del varón salvaje.

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