5 agosto, 2021

EL GESTO SUBLIME DE LOS TOREROS DE OTRAS ÉPOCAS ES HOY ATRACTIVA REFERENCIA EXTRAVIADA.

ARRASTRE LENTO… Me gusta escuchar a los taurinos viejos. Vieja manía que hice mía hace ya bastantes ayeres. Su principio fue en el año de 1959, ó 1960, cuando encontré el modo de colarme a la plaza San Marcos para ver entrenar a quienes con regularidad asistían al coso a ponerse en forma. Los miraba abobado, y los escuchaba con el embaucamiento con el que escucha a los héroes de las novelas que se leen cuando se sueña.

ARRASTRE LENTO… Me gusta escuchar a los taurinos viejos. Vieja manía que hice mía hace ya bastantes ayeres. Su principio fue en el año de 1959, ó 1960, cuando encontré el modo de colarme a la plaza San Marcos para ver entrenar a quienes con regularidad asistían al coso a ponerse en forma. Los miraba abobado, y los escuchaba con el embaucamiento con el que escucha a los héroes de las novelas que se leen cuando se sueña.
Alfredo Prado “El Chop”, subalterno que murió de manera trágica en un accidente carretero, siendo él ya un adolescente que había dejado de pertenecer a la cuadrilla de niños toreros, célebre grupo de chiquillos que dirigió don Jesús Alonso, por curiosidad se fijó en mí. Suceso que, pasados los años, entre cachondas evocaciones me lo repetía: -“Compadre, que a mucha honra fui su compadre, cuando lo conocí lo miraba callado, sentado en las gradas, mirando con la enternecedora curiosidad de un chaval que, mirando fija y pensativamente a los toreros que entrenábamos, estaba lejos, lejos, muy lejos de ahí”.
-“Es más compadre, comentaba con burlona ligereza, hasta se podía leer en su frente de chiquillo las gustosas declaraciones que, alborotadas, pasaban por su mente. Me llamaba la atención la callada admiración con la que escuchaba todo lo que decíamos, y veía todo lo que hacíamos”.
Hoy sé que desde aquel entonces me gustó observar, pero más me gustó escuchar a los taurinos viejos, vieja manía que la hice mía como se hacen propios los sueños amorosos de las ilusiones y fantasías.
Reconozco que, como adicto a las antigüedades de la tauromaquia, entre las que sobresalen las de carácter humano, no puedo dejar de pasar por alto el papel viviente de los aficionados que tienen la orgullosa facultad de influir para forjar la nueva vida de la Fiesta mexicana con el maravilloso cincel de la palabra profundamente enamorada del romance y la poesía taurina.
Ayer, para mi fortuna y deleite, pude platicar con uno de esos aficionados veteranos que, ahora cubiertos con la añosa librea de la decrepitud orgánica, no vivirían en el anonimato si no se hubieran callado en el momento decisivo para tomar la palabra.
La charla ocurrió en su “cueva”, cálido rinconcito donde se adoran los trances luminosos del toreo con sabor a melancolía. Mientras él buscaba y buscaba los recuerdos que le hablaran al oído, y le gritaran al corazón, se encontró con una foto de chillantes perfiles viejos que, por acumulada su edad, hoy son verdaderas novedades. Era una fotografía de Alberto Balderas, “El Torero de México”, dando la vuelta al ruedo en el viejo coso “El Toreo” de La Condesa.
-“Se parece en lo físico, me dijo, toda proporción guardada, Juan Pablo Sánchez a éste torero”.
Mi amigo el aficionado viejo ya me había comentado lo que ayer me pareció una moraleja: “Hay recuerdos viejos de toreros que, tocados por la suave brisa de la novedad, perduran por encima de todas las repeticiones. Hay algo que, viendo a Juan Pablo Sánchez, me remite a lo que me imagino fue Alberto Balderas”.

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