29 julio, 2021

EL MALETILLA DE SAN MARCOS: UNA EVOCACIÓN SUMERGIDA EN UN ESTADO DE ÁNIMO LASTIMOSO Y EMPOBRECIDO.

ARRASTRE LENTO… Tiempo a que no le cuento a los tres amables lectores de ésta columna, escrita más con entusiasmo que con cualquier otro ingrediente literario que le pudiera dar justificación al espacio, sobre la aventura coloquial que suelo correr con mi compadre en el merendero de costumbre.

ARRASTRE LENTO… Tiempo a que no le cuento a los tres amables lectores de ésta columna, escrita más con entusiasmo que con cualquier otro ingrediente literario que le pudiera dar justificación al espacio, sobre la aventura coloquial que suelo correr con mi compadre en el merendero de costumbre.
-¿Qué le parece la estatua del maletilla que, con aspecto venerable, es motivo de curiosidad en el jardín de San Marcos compadre?- pregunté con inquieta morbosidad.
La respuesta no se hizo esperar pues, cual depredador tras la presa, estaba agazapada para saltar sobre ella. –”La estatua en sí no me dice mayor cosa, aunque me parece válido lo que la muda figura de pretende decir”.
Libando con la indiscreta satisfacción que le caracteriza mi compadre me regresó el indagatorio: -“Mejor dígame usted compita, repuso mi ceremonioso compadre, por qué no tiene un aspecto victorioso; la verdad es que luce como el triste remedo de un torerillo afligido y sin esperanza. Si le ve la cara compadre, parece que está mirando no al toro que cita, sino la soledad de la llanura de un desierto y que, enlutado en ese matiz del bronce que nada tiene de alegre, va en pos de la redención”.
-O sea que no le gustó compadre, repuse.
-“No diría eso, sin embargo no creo que esa triste figurilla sea la mejor representación de una idea, de un sentimiento, de un significado, de una evocación en proyección, eso sí lo afirmo. Por lo poco que dice me parece un material metálico desperdiciado. Poco, o nada mejor dicho, dice de la alegría de los sueños, de la esperanza de las ilusiones, de la vitalidad y la alegría del arte del toreo”.
-Me da la impresión de ser demasiado severo, demasiado exigente compadre, le dije con el rubor del que no capta el sentido íntimo de las palabras.
-“La verdad es que cuando vi la estatua, dijo mi compadre besuqueando al hielo que retozonamente agitaba en su vaso, tuve la sensación de ver a alguien sumergido en un estado de ánimo lastimoso, empobrecido, y eso no me gustó. Hay de aquel que le vaya al toro con el ánimo destruido: para ser torero hay que tener la fortaleza de un roble, y la alegría del sol de primavera. Al menos ese gesto era indispensable en los antiguos maletillas que soñaban con la gloria”.
-“Lo cierto, remató mi compadre, es que, dado el origen de la idea evocativa, me hubiera gustado que la estatuilla hablara y dijera cuánto sufrieron los maletillas de antaño que, tolerando a golpe de paciencia y abnegación las inclemencias de un destino, se sobrepusieron virilmente a las críticas hirientes y a los juicios de singular liviandad y ligereza de los aficionados”.
Para mi fortuna terminó dándome coba: -“Creo que tiene razón compadre, me dijo, al escribir en su columna que al maletilla se le admiró por su capacidad para rebasar los efectos negativos de la hostilidad y el desprecio al grado de tornarlas, aquellas en un grado, estos en otro, en simpatía, admiración y respeto”.
Y la verdad es que estoy de acuerdo con mi compadre. Reconozco que el maletilla era venerable cuando terminaba su ciclo como héroe. “Por su comportamiento, me decía un matador de toros queridísimo en Aguascalientes, ya fallecido, el maletilla hace que venga galopante la rendición de los aficionados y enemigos”.

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