EL RUMOR VESPERTINO. ¡QUE HAN LLEGADO LOS TOROS! QUITABA A LA NOCHE LA QUIETUD DEL SILENCIO.

ARRASTRE LENTO… ¡Cuánto han cambiado las cosas!
En aquellos años el rumor se extendía por toda la ciudad. Recorría plazas, mercados, cantinas, -incluyendo los antros del pecaminoso mar cuyas olas rompían a un costado del templo del Sagrado Corazón- talleres, comercios, sacristías, confesionarios, peluquerías, droguerías y cuanto rincón público daba asilo a la convivencia. El rumor ponía señales de alerta y como pólvora hacía explosión. ¡Que ya están los toros del festival de mañana en la plaza!
Como en sueños vienen a mi mente los recuerdos de cuando era un niño. Hoy, hecho ya un viejo, con las zapatillas de torero que un día calcé arrinconadas en la ancianidad, y la montera olvidada en la senectud, recuerdo esos festivales que los que los vivimos como espectadores y actores no podremos olvidar.
Recuerdo con nostalgia no acabada cuando las noches, previas a la celebración de la rumbosa Feria de San Marcos, eran de una quietud cargada de silencio. A las noches la rasgaban el silbato del sereno policía, el pito de los talleres del ferrocarril, el perro ladrador, y más dulcemente el grillo triste que todavía no pactaba amoríos con el cantante Napoleón.
Sólo en esas noches fue posible que se ocultara ruborosa la íntima delicadeza de la ciudad que tradicionalmente ha tenido al toreo y al deshilado, cual propiedad suya, como aretes de finísima artesanía mexicana del paraíso provinciano.
Y recuerdo que el hondo silencio de las noches se alteraba, sin perderse el equilibrio armónico del pacífico entusiasmo con el orden, en hechos muy concretos. Estos ocurrían cuando el rumor de verbena se adelantaba en las noches de cómputo como un anticipo de fiesta.
La elección de la reina era todo un acontecimiento. La contabilidad transparente de los votos dejaba en claro que la trascendencia de la suma era muy importante para la sociedad que, partícipe y expectante, deseaba ver en la futura Reina de la Feria, Su Graciosa Majestad, la Reina de Primavera, y Su Corte de Honor, un modelo de belleza tan azul como el añil del cielo que cubre a la ciudad.
Pero había, lo recuerdo bien, un rumor que también le quitaba el silencio a la noche: era el rumor que pregonaba que habían llegado a la plaza San Marcos los ejemplares –finalmente no se sabía si eran toros, becerros, vacas viejas, bichos destartalados, o bien simples novillos con buenas hechuras, pero el rumor era verdadero- que se lidiarían en esos inolvidables festivales, a beneficio de las candidatas a reinas, en los que participaban tanto novilleros profesionales como aficionados.
¡Cuánto han cambiado las cosas!
Hoy la elección de la reina es otra cosa! Por mucho que quieran negarlo sus organizadores, es menos romántica, menos participativa en cuanto al rubro popular, menos penetrante en el imaginario de la sociedad. Y lo peor, ¡m e n o s t a u r i n a!
La Reina ya no camina sobre los capotes de los toreros. ¡Ya ni presume su mantón, ni luce su peineta!
¡Cuánto han cambiado las cosas!

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