1 agosto, 2021

EL TORERO LOS ES DOS HORAS EN LA PLAZA, Y VEINTIDÓS EN LA CALLE.

ARRASTRE LENTO… Dicen que lo dijo don Luis Mazzantini; “El torero dos horas en la plaza y veintidós en la calle”. Y lo que dicen que dijo el ilustre toreador lo recordé la noche lunera del jueves pasado. ¡Qué luna! Y ¡qué frase! Las dos iluminadas.

ARRASTRE LENTO… Dicen que lo dijo don Luis Mazzantini; “El torero dos horas en la plaza y veintidós en la calle”. Y lo que dicen que dijo el ilustre toreador lo recordé la noche lunera del jueves pasado. ¡Qué luna! Y ¡qué frase! Las dos iluminadas.
Tan iluminada era la noche que, absorto en la contemplación de Selene, vi mi sombra en el piso, quieta, inmóvil, y la creí pensativa pues hasta tenía la postura de meditación. Luego, desplazándome como quien va caminando hacia la luna, a mi sombra la veía a mi lado, y en momentos tras de mí.
Pensé en la inutilidad de mi sombra meditabunda, reflexiva, escurridiza, dando tumbos por encontrarse con la voz que le explicara qué es lo que viene anulando desde determinados ángulos la reaparición ¡del ángel! de los toreros en la calle.
En mi soliloquio quedó claro: ya los toreros no lo son en la calle.
Ya los toreros en la calle se confunden con cualquiera. Así las cosas, lo que dicen que dijo don Luis Mazzantini pareciera una simple evocación de los tiempos románticos de la Fiesta.
En esa noche lunera, la del jueves pasado, intenté como ejercicio del atletismo de la mente ver la sombra del cuerpo recortado de la actual Fiesta mexicana: la vi desconcertante hacia fuera, y desconcertada hacia adentro, ambigua y sorprendida, incomprensiblemente aturdida, enrollándose en sí misma para dejarme en suspenso e ir a extenderse a otra parte toda vez que su cuerpo es cada vez más difuso, impreciso, falta de perfiles carismáticos.
Cuánto extrañeza le causaría ver a don Luis Mazzantini a los toreros modernos confundidos con el resto de universo humano. A don Luis le resultaría deprimente darse cuenta de que, atenta a otras preocupaciones mundanas, la torería contemporánea ya no asume con excepcional orgullo su diferencia. Dónde quedó eso de que el torero dos horas en la plaza y veintidós…. ¡en la calle!
En ese agradable trance de reflexión -¡gracias luna viajera!- recordé mi juventud, lejana época en la que los toreros en la calle lucían un porte con algo de magia misteriosa, de inexplicable atractivo. No era necesario ver esa figura en el ruedo de la plaza para saber que era la de torero.
Y fue en esa época –”dorada”- cuando con riguroso empeño me aferraba a la literatura taurina. De ella pude extraer líneas que aún sirven para darle sentido a la teoría que considero invulnerable.
Alegrada la mente por el regio espectáculo de la luna llena recordé que el toreo, así lo considero, es subjetivo, menos su economía. Y recordé que el toreo es también pensamiento de veinticuatro horas; ¡de ahí los soñadores! Que es sentimiento de veinticuatro horas; ¡de ahí los caprichosos y volubles! Que es acción en quince minutos; ¡de ahí que el toro se mueva como un animal bien educado!
Pero como la vida ofrece otras expectativas, pues a los toreros les parece fácil ser toreros solamente por dos horas en la plaza. Las otras veintidós las dedican a cualquier otra cosa.
Lo cierto es que algo pasa que está pasando lo que pasa en la Fiesta.

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