31 julio, 2021

¿EL TORERO MEXICANO SIGUE SUBORDINADO AL MANDO ESPAÑOL? ¿Y LA INDEPENDENCIA?

ARRASTRE LENTO… Lo viví ayer por la noche. La escenografía social, montada en el bastó escenario de la ciudad con folclórica efusividad, y constituida con caracteres de jubilosa celebración, mirándola por doquier, henchido el pecho, me remitía a la sensación de inocultable orgullo. ¡Viva México!

ARRASTRE LENTO… Lo viví ayer por la noche. La escenografía social, montada en el bastó escenario de la ciudad con folclórica efusividad, y constituida con caracteres de jubilosa celebración, mirándola por doquier, henchido el pecho, me remitía a la sensación de inocultable orgullo. ¡Viva México!
El ambiente era de fiesta. La ocasión, obligada por el protocolo, hizo necesario que la coreografía que sugiere y anima la exclamación de los vítores que se entonan como los himnos eufóricos de conquista intensificara mi sentimiento de identidad victoriosa. ¡Viva México!
Primero, coreado con estruendo por la clamorosa algarabía popular, se dejó escuchar desde el balcón central del recinto de la más alta jerarquía el “grito” vibrante ¡Viva México! Luego, puntual la letanía a su cita con el ritual, se evocó la memoria de los gloriosos mártires autores de la epopeya. El clímax, desbordado el entusiasmo colectivo, reapareció cuando el tañer de la solitaria campana con badajo populista recordó la sonora convocatoria de la de Dolores. Y fue el pestilente colorido de la pólvora en brillante y ruidosa pirotecnia la que avaló generosa el carácter simbólico de mi condición de independencia. ¡Viva México!
De regreso a casa, y con la errante luna de asesora, renuncié a ser reo de la pícara utilería con la que los historiadores modificando datos y realidades han colmado de fantasía nuestro pasado. ¿Desde cuándo? No lo sé, pero tiempo atrás la ruinosa sospecha de la mentira desdibuja la historia que me han inculcado.
¡Cruel lamento! También la ambigüedad y la mentira mal forman y deshacen lo que de noble y maravillosa tiene la manifestación que me heredaron quienes fueron repudiados por mis lejanos ancestros. Quién pudiera pensar que un día el clamor fue contundente: ¡mueran los gachupines!
La verdad es que pese a tanta tropelía y abuso cometido por los invasores –que no conquistadores- la memoria histórica me impide repudiarlos toda vez que, acaso como mítica compensación, me obsequiaron, para vivir con ella, la mágica y misteriosa revelación del toreo.
Lo cierto es que el idealismo romántico que padezco me habla de una supremacía torera de la cual, si bien no en orden de subordinación, pero sí de jerarquía en el escalafón de rangos, no nos hemos podido independizar. Por la devota filiación aborigen al toreo se descubre mi sangre española.
De regreso a casa, luego del jolgorio popular de cada 15 de septiembre, me quedó claro con qué intensidad me molestan las mentiras tanto en la historia como en el toreo.
Lo curioso del caso es que, cual moraleja, al calor de la vibrante idea dormida que teme salir a la superficie, me declaro enemigo irreductible a considerar héroe –ya sea mexicano o español- al niño que juega a los toros ante becerros y erales, circunstancia muy común en los alrededores de mi morada.
Hay ciertas menudencias folclóricas de la historia mexicana que me obligan a puntualizar mi posición toda vez que, como analogía, se desprenden de mis aventuradas divagaciones la realidad que al niño le caracteriza la inocencia, y le mueve la candorosa fantasía, en tanto que al joven, que son los que hoy mueven al mundo del toreo, le punza el iris del honor, y le mueve la apasionada ilusión. El primero es frágil, en tanto que al segundo le fortalece el brío natural No hay un punto de referencia comparativa entre uno y otro. Como tampoco lo hay, en el universo del toreo, entre españoles y mexicanos pese a que, comercialmente, y de hecho, los españoles –figuras- mandan con más poder que los mexicanos.
arrastrelento@gmail.com

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