20 septiembre, 2021

EN EL FRAGOR DE LA SANA E INDUBITABLE COMPETENCIA, GUADALAJARA, SIENDO TAN MARAVILLOSA, NO LUCE COMO AGUASCALIENTES.

ARRASTRE LENTO…¡Lero lero candelero!
No es una travesura lúdica el juego competitivo que tácitamente se ha establecido entre las dos ciudades, hermanas y vecinas, que se conceden la titularidad patrimonial de ser las más taurinas del país. Lástima que, por razones de lejanía territorial, y un tanto distante de las costumbres del centro occidente del país, Tlaxcala no participe en la simpática contienda por demás legítima y amistosa.

ARRASTRE LENTO…¡Lero lero candelero!
No es una travesura lúdica el juego competitivo que tácitamente se ha establecido entre las dos ciudades, hermanas y vecinas, que se conceden la titularidad patrimonial de ser las más taurinas del país. Lástima que, por razones de lejanía territorial, y un tanto distante de las costumbres del centro occidente del país, Tlaxcala no participe en la simpática contienda por demás legítima y amistosa.
En la amorosa rivalidad, que no por serla deja de ser un simple juego conceptual, y sin existir de por medio una declaración de odio entre ellas -¡qué va: todo lo contrario!- que está tácitamente establecida entre mi queridísima Guadalajara y la tierra que me vio nacer, mi linda Aguascalientes, hay un triunfador indiscutible. ¡Mi ciudad!
Así es. La zona geográfica que de agua tan sólo le queda el nombre, tiene colocados en el escalafón de matadores en activo a un considerable número de ellos; la cantidad disminuye en cuanto a novilleros; pero se triplica en el apartado de becerristas. Quede claro que entre éstos hay quienes, potencialmente, están capacitados para ocupar sitios de privilegio.
¿Cuántos matadores, novilleros y becerristas tiene Jalisco, en especial Guadalajara? ¡Muy pocos –”Lero lero candelero”- muy pocos!
Así las cosas, me queda claro, -inyección de orgullo- que en estos momentos es la congregación taurina de Guadalajara la que sigue escuchando los preludios que, habiéndose dejado escuchar hace tiempo en la tierra donde se realiza la mejor feria –en todos sentidos- de México, le sirven para estimular el desgastado oído que ansioso espera oír la gran orquestación que se está dilatando tanto que hasta hacer perder la esperanza de los tapatíos.
Cierto es que la afición que, asombrada y perpleja, toleró que le destruyeran la reliquia y monumento del viejo Progreso, cambió de modos y de estilos. Ahora, más frío, analítico y exigente, ese reducido grupo de personas cautivamente interesadas en el espectáculo del toreo, y que por su cultura, formación, sensibilidad y rigor es censor y termómetro nacional, y que en determinadas circunstancias pesa en los juicios de valor, abriga la esperanza de que algún novillero de su tierra rompa el cascarón de las tibiezas y se lance, como desesperado, impulsado por la vitalidad de una vocación decidida, a conquistar el mundo de la tauromaquia con la contundencia espectacular de lo extraordinario, de lo fenomenal, de lo revolucionario.
Es verdad que, por su historial, se lo merecen pese que esa misma afición, en mala hora guiada por imitadores de extremismos españoles que no son coherentes con la fiesta mexicana, convertida en rectora intolerante, un día empezó a exigir con la suficiencia del tirano, convirtiendo a los tendidos en un desagradable púlpito que acremente rechaza y critica la labor de los profesionales. A los foráneos nos da la impresión de que se pasaron de la raya.
Finalmente, celebrando a pesar de cualquier cosa que la plaza de Guadalajara sea una de las dos más importantes que tienen aún temporada de novilladas –claro, la otra es la de mi tierra señores- cabe aplaudir que esa afición, “tan difícil e incómoda para muchos”, esté ansiosa por enredarse en apasionado romance idílico con uno de esos muchachos, nativo o no de esa fértil comarca, que salen muy de tarde en tarde y que ahogado en su propio deseo, emergen gritando a pecho abierto “¡quiero ser figurón del toreo”!
¡Lero lero candelero!
Lo anterior no deja de ser, una simple y lúdica apreciación de quien está convencido de que Aguascalientes y Guadalajara forman el pilar constitutivo de la Fiesta en la desgastada provincia mexicana.

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