EN SOBERBIA AGONÍA DECLINA EL ORGULLO DE LOS AFICIONADOS QUE NO SE ANIMAN A TOREAR NI UNA BECERRA.

ARRASTRE LENTO… ¿Acaso es que se agotaron los héroes?
Existe todavía un sector de aficionados cuyas concepciones, tenues y diluidas en la atmósfera que anima hoy día a la Fiesta de toros, elevan al ejercicio del toreo a dimensiones coloquiales al parecer tan inmodestas que, tal vez por anacrónicas, parecen burdas y toscas visones de charlatanes.
Inundando al toreo de sangre –olvidando tajantemente el arte y la inspiración en que se sustenta todo producto del espíritu- estos aficionados conciben la vida de los toreros como un transitar por los viejos caminos del heroísmo, estado, por el martirio que supone, que es en paralelo aliento de vida profundamente religioso.
Me queda claro, una vez que pude medio mirar de frente el comportamiento –delatado en un contexto literario-, la formación y evolución de los aficionados a la antigua, que la angustia, vista como el resultado de enfrentar al peligro, era la fuente inagotable de la inspiración creativa.
Al pensar en ellos –en los aficionados con aires románticamente pasados de moda- reconozco que su interpretación del sentido de la lucha y desgarramiento personal de los toreros era el punto de partida del verdadero conocimiento del toreo.
Y a decir verdad, movido por el respeto que me merecen, me siento identificado con los aficionados viejos que se conducen religiosamente leales a sus ideas. ¡Caen las cabezas pero las ideas perduran! La idea del heroísmo de los toreros era el eje de la admiración de la comunidad taurina de antaño. Consecuentemente, como toda idea que lleva en sí misma más pujanza que el cerebro que la concibe, entiendo la idea de esos aficionados como un hecho histórico: los héroes vestidos de luces se despertaron en medio del vapor de la sangre hirviendo.
Alguna vez mi compadre -¡y dale que dale con mi compadre!- habló del toreo como una manifestación del espíritu, manifestación que, pese a la ambigüedad y subjetividad de la psicología en la que se realiza, mucho tiene de ciencia.
Atenido a tal consideración, afirmo con certeza que a la ciencia del toreo no se la conoce a plenitud viéndola, sino actuando en ella. Es absurdo colocare ante el toreo como frente a un espectáculo en que no tenemos sino ver creyendo conocerlo. Los que saben -un saber relativo- de toros, ayer hoy y mañana, son actores y no espectadores.
El toreo no es una simple interpretación burguesa, vista cómodamente en el asiento de la plaza -o ante la televisión-. El toreo toma su propia medida en la conciencia del aficionado según sus emociones, sentimientos, análisis y vivencias propias delante de las reses bravas.
Cuántos conceptos se han modificado a partir de la experiencia de torear no ya un novillo o un toro, sino simplemente una becerra. Es más, he visto aficionados que hasta realizando el toreo de salón la impericia, la ignorancia, y el sentimiento de pudor, los hace ver tan tímidos y torpes que, sintiéndose próximos al ridículo, dejan capotes y muletas para retornar a su posición de observadores.
arrastrelento@gmail.com

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